lunes, 24 de diciembre de 2012

Ya

Este blog se terminó.

Me siguen quedando muchas cosas que decir y por decir, pero ya no encajan en este espacio. Han sido más de tres años de aventuras y desventuras, frituras mentales, pensamientos inconexos y risas de incertidumbre. Y también viajes a lugares, a gentes y a mí mismo.

El blog y todos sus contenidos seguirán pululando por la red para disfrute del que tenga a bien colarse entre sus frases de plástico. Sólo pido que de utilizarse cualquiera de ellos se cite debidamente (si alguien tiene alguna duda al respecto que me envíe un mail).

Lo dicho, que esto se acaba. Muchas gracias a todos los que me habéis leído y comentado, sacado una sonrisa o una lágrima, seguiré pasándome por vuestros blogs de vez en cuando, aunque sólo sea para decir hola tímidamente y descubrir otros blogs de pasada.

No puedo terminar este post sin desear a todo el mundo felices fiestas y próspero año nuevo, ya se sabe que el año no empieza oficialmente hasta mi felicitación de navidad. Este año me ciño al calendario, pero que no sirva de precedente.

Cuídense, y que les vaya bonito.
Cooper.

PS. El que quiera encontrarme ya sabe cómo hacerlo. Y si no siempre puede seguir el camino de baldosas amarillas.


domingo, 7 de octubre de 2012

En suspens



Llevo un tiempo ya dándole vueltas a dejar el blog en barbecho durante una temporada. No es que no tenga nada que decir, sino más bien todo lo contrario. Me he vuelto a mudar a un sitio al que da gusto volver todos los días, he hecho bungy desde el Harbour Bridge cámara en mano, me he disfrazado de Amy Winehouse (ahora sólo me queda hacerlo de Alex DeLarge), he hecho la declaración de la renta por primera vez en mi vida en un país que no es el mío, he corregido una ristra de setecientos exámenes, me han confirmado mi estatus de doctorando después del examen de primer año, mi hermana y su novio gabacho han estado viviendo aquí durante un mes para hacer un cursillo de inglés… Será por anécdotas en mi vida, especialmente las que no cuento en el blog y de las que mis más allegados son fans acérrimos [cof, cof…]!
Mirándolo objetivamente, uno de los pilares sobre los que se sustenta este blog son las entradas de viajes. No soy una agencia, ni la Lonely Planet, ni un cúmulo de sabiduría en cuanto a países exóticos, pero siempre he creído que a alguien podrían interesarle los lugares que he visitado más allá del filtro con que los narro, más allá de que pudieran pararse a saborear la historia más que los datos o las fotos. Aparte de los viajes a Coromandel y al Norte, ambos memorables y en compañía de grandes, desde que no doy señales blogueras he estado en Vanuatu con mi hermana y su novio gabacho, hemos visto una orca, delfines, tortugas y peces voladores desde una barquichuela con la que salimos a mar abierto, hemos comido en el mercado de Port Vila, nos hemos cruzado el outback australiano en una tartana que se ha quedado sin batería, sin aceite, a la que le costaba arrancar diez minutos hasta que se calentaba, y que soportó 4300km de ruta, polvo, arena, lluvia y vendavales, contra todo pronóstico. Incluso quedándose encasquetada en un arenal y atravesando un remolino de polvo. Hemos subido a Uluru y respirado su sacralidad, en una suerte de voyeurismo morboso cual ladrones de bombones de una caja para regalar; hemos navegado por las gargantas del río Katherine en canoa, con sus playas de desove para cocodrilos y sus trampas para capturar a los ejemplares peligrosos; hemos visto cocodrilos en los billabongs, emus metiendo la cabeza en el maletero de nuestra tullida furgoneta, wallabies con crías en el marsupio, aguas termales en las que moteros fornicaban de noche sin el más mínimo rubor, plantas rodadoras cruzando salvajemente la carretera, trailers de cincuenta metros en una vía de carril para cada sentido, canteras de ópalo, pueblos aborígenes en medio de ningún sitio, carreteras de polvo con carteles de no fuel for 500km
Y bueno, la razón tras para dejar mi vida cibernética temporalmente no es otra que mi tesis, que va camino de desbordarse en todas las direcciones posibles. Muchas veces cuando me entra el estrés es porque estoy demasiado disperso. En este caso es todo lo contrario, estoy demasiado centrado. 

Me tiré casi un año encauzando mi tesis, montando desde el cero más absoluto un tema amplio del carajo y del que no había precendentes en el grupo de investigación ni en la facultad, montándome películas con los experimentos para intentar predecir mínimamente los resultados, haciendo y caracterizando un arsenal de muestras, analizando datos y pegándome con todo tipo de máquinas, burrocracia y falta de presupuesto. De entre todo este batiburrillo, y tras descartar varias posibilidades que aunque interesantes para un ingeniero de materiales quedaban fuera de ámbito, decidí basar mi tesis en dos líneas independientes pero que se unifican bajo un mismo objetivo. Yo creía que con esta decisión había conseguido simplificar y enfocar el asunto, pero ha sido ponerse a hacer experimentos (observaciones diría yo…) más detallados y que todo se desbordara de nuevo, con la salvedad de que ya no puedo dejar nada más por el camino. Me niego. Ya he sacado las cartas y ahora voy a jugar, independientemente del resultado. Si algo me quedó claro de Japón, aparte de la impresión de que me consideran lerdo por mis planteamientos experimentales hasta que aparezco por el despacho con resultados que me conceden carta blanca, es que nunca hay que subestimar las ideas por ridículas, simplonas y estúpidas que parezcan. La respuesta a una hipótesis puede estar tan lejos como un paseo hasta el lavabo.  
Lidio con cinco supervisores a la vez, habrá unas veinte personas relacionadas directa o indirectamente con mi tesis, doy clases en la facultad y en una escuela de idiomas, de vez en cuando me gusta tener vida social y dedicarle tiempo a mis amigos (aunque sólo sea en forma de postal), también me gusta follar y sentirme deseado pese a tener la impresión de que ya he follado con todo lo que merece ser follado en este pueblo. Soy consciente de que abarco demasiado y de que intento apretar con la misma fuerza siempre, así que cuando veo que no puedo hacer algo con la precisión que me exijo o dedicarle el tiempo que a mí me gustaría, simplemente lo dejo en standby. Y es lo que pasa en este momento. Me estoy empachando intelectualmente y mis neuronas ya no dan abasto para saciarme ni para ser coherentes con el planteamiento de este blog. Quizá debiera empezar a tomar estimulantes, quién sabe.
Así que por ahora habrá que conformarse con dejar este espacio en suspenso, itinerante de objetivos, vagando sobre una delgada línea. Lo que aquí cuento es un trocito de mi vida puesto en palabras. Lo hago porque así me acuerdo de las cosas y las revivo con una sonrisa. Pero las palabras han decidido volver a su dueño. Siempre quedarán las fotos. Y cuando no quede nada material, quedará la memoria. E incluso después, la huella que se haya podido dejar en otros. Y finalmente, nada.
Me despido con la extrañeza que me da ser consciente de que cada vez que vuelvo a Auckland tengo la impresión de volver a casa. Gracias por la vidilla que le imprimís al blog todos los que me seguís, leéis y comentáis ya sea en público o en privado.
Disfruten y que les vaya bonito. Y hasta pronto.

sábado, 30 de junio de 2012

El blog más lindo que conozco

El genial bloguero Christian Ingebrethsen de Muros de nubes ha tenido el lindo detalle de pasarme este meme, cuyas bases estipulan la obligatoriedad de contestar a nueve preguntas y luego pasárselo a otros doce blogueros. Me siento muy halagado viniendo de alguien tan íntegro como él, y aunque el único contacto que hemos tenido desde siempre ha sido a través de este mundillo virtual, siento un cariño especial hacia él después de casi tres años de aventuras (juer cómo pasa el tiempo!). Ahí va el interrogatorio:
¿Estás en pareja?
Tal y como reza mi estado de FB, estoy en una relación complicada conmigo mismo, y por el momento ni se da la posibilidad ni hay un caldo de cultivo para un trío estable.
¿Desearías vivir en otro lado?
Sí, siempre.
¿Crees en Dios?
No, gracias a Dios.
¿Tienes tatuajes?
No, pero llevo cuatro piercings y me estoy planteando hacerme alguno más, aunque todavía me tengo que decidir por el sitio. Me haré un kirituhi cuando mi estancia en NZ esté tocando a su fin.
¿Limpiaste tu pieza?
No. Casi no entro en mi cuarto porque hace un frío del carajo ahora en invierno, así que básicamente lo utilizo sólo para dormir. Y me negué a comprarme un pupitre para no ir acumulando mierda encima.
¿Heriste a alguien alguna vez?
Sí, a más de una persona. Pero consciente y premeditadamente sólo a dos (no físicamente!), y en uno de los casos me vi empujado porque ninguno de los implicados tuvo las narices de hacerlo. Si me viera hoy día en la misma situación, no lo haría. La perspectiva de los años vividos.
¿Piensas que nadie te entiende?
A veces no me entiendo ni yo, así que sería muy cándido suponer que los demás lo hacen. Me entienden los que tienen que hacerlo y cuando necesito que me entiendan, y con eso basta.
¿Eres feliz?
Estoy en ello. Para mí ser feliz es realizarse a distintos niveles, y creo que eso no deja de hacerse a lo largo de la vida.
¿Tienes muchos amigos?
No. Conozco a mucha gente, puedo salir de farra con multitudes, puedo tener amantes a tutiplén, incluso hacer favores a gente que ni me va ni me viene. Para mí los amigos son personas que se han ganado ciertos derechos sobre mí que el resto no tiene, ya sea porque me han marcado a nivel sentimental, intelectual, moral o porque simplemente hacen que los eche de menos allá donde voy. Básicamente son las rocas que resisten el paso del tiempo cuando al resto de chinarros se los ha llevado la corriente.
Y bueno, ciñéndome a las bases enumeraré a los doce agraciados. Valga más mi agradecimiento por lo que me aportan en este mundo virtual que la responsabilidad de tener que cargar con un muerto del calibre de un meme (éste no, pero hay algunos que tela ¬¬).
Empezaremos por mandarlo de vuelta a Donosti, para que Christian lo recoja al vuelo cual bumerang que vuelve del hemisferio sur.
A sin embargo, por razones obvias. Y sin embargo…
A Martabl, por compartir sus viajes y su optimismo alrededor del mundo.
A David, porque la poesía es el alimento del alma.
A Carolina, porque por mucho que viaje y cambie de residencia hay corazones de los que nunca se irá.
A Superdi, porque sus diseños son la monda (doy fe de ello!), y ahora además se ha atrevido con los postres.
A Nacho, porque aunque ande un poco desaparecido se le sigue echando de menos (y a sus maravillosas fotos!) por estos lares.
A Juampe, porque sus historias sobre la vida universitaria hacen que recuerde las mías con una mezcla de nostalgia y alegría, y porque su pasión por el baloncesto me sigue pareciendo admirable por mucho que pase el tiempo.
A ebri, porque los sushis unen más de lo que podría esperarse, y por introducirme al concepto de pasarse de cafés.
A Jorge A., porque me parece un tío con la cabeza muy bien amueblada, capaz de desgranar textos muy sugerentes y currados, que da gusto leer.
Al gato, porque ya se le echa de menos por este mundillo virtual (a ver si pilla una ola y la surfea hasta playas neozelandesas!).
Y finalmente a Luna, porque además de hacer que se me caiga la baba cada vez que leo sus entradas, intelectualmente me parece una fuera de serie.
Algún día caerá la siguiente actualización, espero que dentro de no mucho…

lunes, 18 de junio de 2012

El rostro de las iniciales sin nombre

Una vez a la semana, a elegir entre lunes, miércoles, viernes o sábado, se repite la misma historia. J viene a casa, hilvanamos dos medias frases, y nos enrollamos camino de mi habitación. Lo único que nos delata es el reguero de prendas de ropa que serpentean por el salón, probablemente un par de deportivas al lado de la puerta, una sudadera sobre el sofá, una camisa en la puerta del baño, o unos boxers marca nisu a los pies de mi cama. Una vez ahí, la cosa fluye voluptuosa hasta que terminamos exhaustos tendidos en la cama. Se viste, me recomienda algún restaurante en el barrio, y se pira. Lo del restaurante fue idea mía. En sus palabras, yo sólo quiero pasar un buen rato, entendiendo por buen rato que yo termine en la cama con las piernas abiertas y tú haciendo tu trabajo. Tal cual. Y uno, que no es de piedra y más cuando la proposición viene de alguien de buen ver, pues se deja llevar por bajas pasiones, de ésas que quedan entre la cintura y el suelo.
Supongo que me hace gracia. Y más cuando me dedica perlas por mensaje como gracias por el orgasmo del otro día, fue tan intenso! Y además después de nuestro encuentro estuve mucho más flexible que de costumbre en clase de yoga, quién iba a decir que que me follaran aumentara mi rendimiento! No sé si tomármelo como un cumplido por ser un hacha en la cama o como un síntoma de que me estoy convirtiendo en un putón demasiado profesional. Ambas cosas me turban, y especialmente si me hacen sentir como la recompensa de uno de esos órdagos que se juegan a la desesperada, cuando hace ya tiempo que no se tiene mano ni para la chica. Éste no es el caso afortunadamente, pero el mundo está lleno de tíos que están más buenos y zuscan mejor que yo, así que siempre me molesta ese moscardón acerca de la razón real que lleva a mis amantes a querer repetir. De todos modos, también debo admitir que me encanta tener en la cama a alguien que pierda los papeles [¿a quién no?], es una sensación de poder difícilmente reproducible en otras situaciones cotidianas, aunque sólo se prolongue lo que dura un orgasmo. Yo no suelo perderlos, y las personas que han conseguido que los perdiera se pueden contar con la mitad de los dedos de una mano.
A priori J tiene todos los ingredientes para que yo intentara algo más que un polvo semanal, pero habiéndome dejado las cosas claras desde el primer día, mi racionalidad me impide dar ningún paso en otra dirección que no sea la de bájate los pantalones y ponte de cara a la pared. Yo creo que le está poniendo los cuernos a su pareja conmigo, ya se sabe, una canita al aire no hace daño a nadie. Y bueno, yo no moví la primera ficha, así que me paso todo su bagaje por el vertedero de mi ética. La comedura de tarro no debe ser del que ronda, sino del que adopta una actitud cobarde, egoísta y comodona, buscando fuera de la relación lo que no encuentra dentro, pero procurándose de un lugar cálido y conocido al que volver después. Así de simple. Es curioso porque al principio no estaba seguro ni de que se llamara J, ni de que fuera canadiense ni de que se dedicara a la fisioterapia. Bien podría llamarse realmente M, K, W, o G. O D. Pero no podría importarme lo más mínimo.
Generalmente mi vida intenta ser un equilibrio entre mi faceta profesional (aunque esté estudiando considero que la investigación es un trabajo como cualquier otro, y así lo creen en países serios, vista la pasta que invierten en ciencia), mi faceta musical (tristemente abandonada, comatosamente en estricto modo de latencia/supervivencia) y mi faceta personal. Intenta. Supongo que tener a alguien gimiendo en mi cama como si se fuera a terminar el mundo mantiene a raya mis ganas de sentirme solo, reduciendo mi vida sentimental al tiempo que transcurre entre un beso robado en el umbral de una puerta y el ruido de un condón usado al estrellarse en el fondo de una papelera. Pero nadie merece más de mi tiempo por ahora.
Y así, tal y como entra por la puerta, J se pira. Sin siquiera mirar hacia atrás. Como mucho me llegará un mensaje al rato, u otro a la semana para que volvamos a fornicar como conejos de pradera. Lo extraño es que cuando dejemos de vernos no echaré de menos nada; es lo que tienen las iniciales sin nombre. Son propiedad de rostros difuminados sin personas. De los que yo también formo parte en ocasiones.

lunes, 28 de mayo de 2012

El desierto de los tártaros (Il deserto dei tartari)

Alguna vez tenía que ser la primera que no tardara siglo y medio en leerme un libro, y en este caso le ha tocado a El desierto de los tártaros de Dino Buzzati. No es que me haya vuelto especialmente eficaz devorando literatura, ni que el libro me haya absorbido tanto como para hacerme un traje con sus páginas, ni que haya tenido un acceso de tiempo libre a costa de mi vida libertina. Simplemente he descubierto que puedo leer mientras camino sin estamparme contra farolas y demás mobiliario urbano y sin que me atropellen carritos de bebés, así que los 55 minutos que dura la caminata entre mi casa y la facultad los empleo a partir de ahora en bucear en mi lista de libros por leer, que se va dilatando a base de sabias recomendaciones y regalos inesperados [cof, cof]. Ya me estoy yendo por los cerros de Úbeda, que yo he venido aquí a hablar de mi libro, a la mierda!!!!
El desierto de los tártaros es la narración de una espera, la del teniente Giovanni Drogo. Destinado en la Fortaleza Bastiani, un lugar incrustado entre desfiladeros y con vistas a un gigantesco desierto batido por la neblina, a tiro de pájaro de la frontera con el país del norte donde moran los tártaros, los días de Giovanni se desgastan entre cambios de guardia, llegada de nuevos colegas, expediciones al Nuevo Reducto, viajes aleatorios a la ciudad, y la tierna fe tozuda en una guerra venidera, recompensa a su dedicación y tiempo invertidos. A nivel estilístico no ha terminado de entusiasmarme (no sé si la traducción tendrá algo que ver ¬¬), lo más complicado sea quizá el abundante vocabulario castrense referido a fortificaciones, terminé pillando un plano para enterarme de dónde quedan los glacis, los baluartes, los fosos, los revellines, y toda la parafernalia técnica, porque si no me hacía un lío tremendo.
Si bien el cómo está escrito no me ha llamado especialmente la atención, el qué está escrito me ha parecido la rehostia, todo un ejercicio de sincera lucidez contemporánea, de una clarividencia que me ha dejado tiritando. El libro se articula en torno a la espera, cuyo sustento primordial es una esperanza férrea en una guerra vaga y difusa, razón primera y última de la existencia de Drogo. Pero esa espera también se alimenta de sus ilusiones de juventud y de su tiempo. Esto último es lo que más escalofríos me provoca [ay, mi amigo el tiempo!]. El aplatanamiento progresivo de la cotidianidad, la adictiva monotonía de la vida previsible, el descaste del contacto social, el sentirse inútil haciendo algo teóricamente útil.
Y lo más grave aún, la postergación indefinida de la toma de decisiones. Porque no es que Drogo no tenga otra opción, es que la asunción de que en algún momento la guerra ocurrirá sumada a su síndrome institucional lo convierten en mártir por comodidad: una vez el sentido de su vida tejido en base a factores externos, cualquier esfuerzo por buscar una directriz fuera de esas cuatro paredes mentales que le asfixian está condenado a una negación razonada seguida de un aplazamiento en el tiempo. En otras palabras, y como Alaska, mira la vida pasar. Y no hace casi nada para dejar de ser un mero espectador.
[…] La conversación con el general, abajo, en la ciudad, le había dejado pocas esperanzas de traslado y carrera brillante, pero Giovanni comprendía también que no podría pasar toda la vida entre los muros de la Fortaleza. Tarde o temprano, algo habría de decidir. Después los hábitos lo embarcaban de nuevo en el ritmo habitual y Drogo dejaba de pensar en los otros, en los compañeros que habían huido a tiempo, en los viejos amigos que se hacían ricos y famosos, se consolaba con la vista de los oficiales que vivían como él, en el mismo exilio, sin pensar que podrían ser los débiles o los vencidos, el último ejemplo a seguir.
De día en día, Drogo aplazaba la decisión, se sentía, por lo demás, aún joven: tan sólo veinticinco años. Sin embargo, aquella ansiedad sutil lo perseguía sin descanso y, […]
El libro es muy gris y deprimente. Como si a punto de morir alguien te preguntara ¿qué has hecho en tu vida que te haya hecho feliz? y tú sólo pudieras contestar nada, en un alarde mediocridad. ¿Pero lo intentaste? ; No, algo me lo impedía. Pocas formas tan rastreras hay de cortarle la lengua al deseo como no decidirse nunca a tomar una decisión. Si hay algo que he aprendido es que nunca es tarde para agarrar la vida por los cuernos, y tengo en mi familia uno de los mejores ejemplos, mi abuela. Con los hijos criadísimos, los nietos creciendo al ritmo que las golosinas dejaban de costar una peseta para costar cinco, los biznietos llamando a la puerta, mis abuelos se separaron. Se habían casado en un momento en que las parejas eran para toda la vida porque sí, y cuando ya parecía que no les quedaba más por hacer que dedicarse a disfrutar, se encontraron con que tenían que empezar de nuevo. El caso es que a raíz de echarse novio mi abuela estuvo una temporada en que apenas se la veía el pelo entre viaje y viaje. Cooper, estoy viviendo mi juventud ahora con setenta años, recuerdo que me soltó un buen día mientras yo me terminaba una ensalada de tomate. Y esa frase se me quedó grabada.
Siempre digo que todos tenemos nuestra cinética, pero que mientras queden agallas para lanzarse a pelear con la vida queda la posibilidad de darle otra vuelta de tuerca. La única pega es que cuanto más posponemos esa batalla más probable es que nos encontremos como Max en En la ciudad sin límites, postrado en la cama de un hospital y buceando entre intervalos de cordura con la intención de dar sentido [atención spoiler!], en su último aliento, a toda una vida.
Próximo libro, Nieve roja sobre Frontera, de Santiago González Sacristán.
Y en breve, dos relatos de viajes, que ya tienen su versión alternativa para los que quieran ir abriendo boca: a la península de Coromandel y al lejano Norte. Y también puede que alguna noticia sobre mi vida, que ya toca, ¿no?

martes, 27 de marzo de 2012

Cuando duele que otros continúen caminando


Ha pasado ya un año y once días desde que aterricé en Auckland. La verdad es que no me hubiera dado cuenta a nos ser por algunos mails que me recuerdan que tengo que entregar la memoria de primer año del doctorado y mensajes que me dicen que se me termina el contrato del móvil. Mi jefa está en Japón así que vamos a tener que retrasar la entrega hasta mediados de abril. Y me voy a hacer otro contrato más barato prepago, que ya he visto que no gasto tanto en llamadas como había supuesto en un principio. Cruzo los dedos para que no me tenga que volver a mudar por lo menos durante un rato largo.
Llevaba dándole vueltas a cómo carajo celebrar que hace un año que me estoy kiwizando, en plan una entrada resumen sobre NZ o algo así, pero entonces he pensado que en breve también hará casi tres años que echó a andar este blog (aunque el formato de entrada kilométrica no sea muy blog), y por entonces también será mi cumpleaños. Demasiadas cosas que celebrar sin ninguna justificación en sí mismas, salvo quizá mi cumple, ese día en el que pasaré a estar más cerca de la treintena que del cuarto de siglo. El del año pasado fue el cumpleaños más solitario que recuerdo, a no ser por la ingente cantidad de mensajes en el Facebook (si no fuera por el spam que en él hago de este blog y por la música que voy colgando aleatoriamente, ya estaría cerrado) y los correos electrónicos. Creo que me hice unas tostas de salmón para celebrarlo, cosa de ceñirse al presupuesto.
Ha pasado un año. Debería alegrarme, trepar por las paredes, forrar Auckland con la buena nueva, hacer piruetas y saltos mortales mientras entono la Traviata. Pero estoy de un apático de la hostia como para bloquear interferencias y hacer de este post una oda a mi guaycidad [para ejemplos de esto último, consúltese el historial del blog]. Creo que es una de esas épocas en las que me sobredemando, y justo ha coincidido con el aniversario de mi aterrizaje en Nueva Zelanda. Llevo tres semanas casi viviendo en la facultad, findes incluidos (paso aquí más tiempo que el que pasaba estudiando en mis tiempos lozanos), me alimento de sushi del barato a diario, es lo que tiene aunar economía y comida mínimamente sana (todavía no sé por qué no me han hecho cliente preferente y me siguen cobrando el wasabi extra), salgo del laboratorio de turno cuando ya ha anochecido, ceno o malceno de camino a casa, puede que incluso me haga de cenar si me veo con ganas o si no es muy tarde, cosa de no morirse, que además sería de muy mala educación. Y los días que tengo clases de español o en la uni (aparte de los laboratorios y las tutorías, también estoy dando mecánica cuántica y electromagnetismo a la misma chiquilla a la que daba clases el año pasado), la consistencia de mi cerebro al final del día hace que pudiera servir de lubricante de forja.
En fin. Demasiada información acumulada a lo largo del día, el ravioli recalentado, y la imposibilidad de entrar en standby. A veces no me quedan ganas ni de follar. Me da la impresión de que me estoy quedando anticuado ante tanta avalancha y que por primera vez no soy capaz de seguirle el ritmo a mi propia vida y al mismo tiempo hilarla como a mí me gustaría, desbrozando cada hebra para retrenzarla con esmero de cerrajero. He dejado de leer la prensa a diario, las noticias son la misma bazofia de siempre, la casta me provoca cada vez más náuseas, más apatía, y el nivel de subnormalidad de los comentaristas en webs de periódicos raya el éxtasis oligofrénico. La tele es un simple aparato que se caracteriza por robarle espacio al salón, y prefiero el chisporroteo del aceite en la sartén a la compañía de cualquier serie online en el ordenador. Hace mil años que no chateo (le tengo una fobia especial), y salvo que haya alguna excusa de peso, el Skype sólo se utiliza para ocasiones puntuales. Del FB me estoy desintoxicando (he redirigido todas las notificaciones para que me lleguen al correo de gmail y así sólo tener que abrirlo para contestar a correos), es algo así como un patio de vecinas elevado a la enésima potencia, donde todos comentan la vida de todos, seas amigüito o ligue de fin de semana, te importe un truño la vida ajena o no. Dices cuatro tonterías y quedas bien, y te parece que estás más cerca de de quien te separa una pantalla llena de líquido, puede que varias horas, incluso miles de kilómetros. Generas un me gusta en un frenesí de tic de dedo, cotilleas las fotos mientras la envidia [del tipo que sea] te repta por el alma, pero en ningún momento te preguntas si esa persona que aparece sonriente y ataviada de multitudes tiene los ojos tristes, las manos vacías de caricias, o la boca seca a raíz del vinarro de la sangría. Está con mucha gente, sonríe [¿sonríe?] y parece estárselo pasando en grande. Y si estoy intentando usar cada vez menos el FB, se entenderá porqué mi Google+ es la virginidad informativa, y que no quiera ni oír hablar de Twitter (y más teniendo en cuenta de que soy de los que se leen hasta la última coma). Aunque por mucho que mi mundo se descontrole la música siempre tendrá cabida. Nunca hay que rechazar a los buenos amantes.
Si hay una frase que odio especialmente es no tengo tiempo. Pero en este caso lo que más me jode es que no tengo tiempo ni para pensar, ni siquiera para terminar de decidirme por el yogur. Es lo típico, dinero VS tiempo. Las clases que doy me están permitiendo vivir un poco más holgadamente pero a costa de renunciar a mi tiempo, a mis ganas de pasarme las tardes tocando el acordeón, de aprender a cocinar algo más que salchichas con patatas, de dar rienda suelta a varios proyectos aparcados. Pero una tesis no es un trabajo, no vale desconectar tras ocho horas. Ya me gustaría a mí ser un simple mercenario, pero supongo que tuve una adolescencia lo suficientemente feliz como para justificar el tener que preocuparme de estas insignificantes zarandajas. Admito que se vivía muy bien en la tranquilidad de casa de papá y mamá, sin pagar alquiler ni luz ni agua, con la comida en la mesa a la hora del parte y la ropa sucia que desaparecía por arte de magia del cesto y reaparecía planchada en su cajón correspondiente.
Estoy aprendiendo a disfrutar de mi soledad, quizá demasiado. Soy consciente de que tal grado de celo puede ser dañino a largo plazo, pero me la pela. De joven, la gente que comía sola en los restaurantes me parecía un angustiante ejemplo de incapacidad social. Hoy yo soy uno de ellos. Pero si hay algo que tengo claro es que no voy a compartir mi tiempo ni moldearlo al antojo de cualquiera sólo por el mero hecho de no estar solo. Ni voy a dejar de darme el paseo hasta Queen St, of course. Necesito una justificación menos pueril, y eso que se puede conocer a gente maja de formas muy aleatorias. La fina línea de todas las decisiones serias, conocida amiga. ¿Soy un amargado? Probablemente. Y además no estoy de humor para soplapolleces ni para intentar caerle bien a nadie. Como dicen en mi peli favorita, ríe, y el mundo entero se reirá contigo; llora, y llorarás solo. Afortunadamente he comprobado que la vida no es así de radical, aunque muchas veces tienda asintóticamente al dicho. Y en estos momentos me sobran todos los que se ríen y no lloran. Trasnochado de mí mismo me hallo, qué le vamos a facer.
Supongo que a estas alturas alguien ya se habrá preguntado el porqué del título de la entrada. Suena gordo, ¿eh? Que algo que hace feliz a una persona cause dolor a otra. Y además los seppuku en público siempre dan morbo, aunque éste no sea el caso.
Hace poco que tuve un affair algo más largo que lo que viene siendo habitual, y que terminó de forma un poco abrupta porque acabé revolcándome en cama ajena. Y lo triste es que lo hice porque sabía que si no me iba a terminar acomodando a una presencia de la que no estaba enamorado. No niego que al final siempre se coge cariño, pero cuando las expectaciones de ambas partes divergen irremediablemente, no hay futuro más allá del día a día. Estoy hasta la minona de dejar las cosas claras desde el principio y que aun así se acaben ilusionando por mí en un tiempo récord. Me harta que quieran salir conmigo al tercer día de habernos conocido; primero dedícame tiempo y luego atrévete a ponerme precio. Soy una persona real a descubrir, no una idea imaginaria proyectada. Me turba comprobar cómo los es que eres muy majo mezclados con me gusta tu simpleza se pueden convertir en la excusa perfecta para hacer de mí el blanco de relaciones potenciales. Que no sea borde no quiere decir que vaya a cambiar de opinión más fácilmente, al igual que que me coma un pastel no significa que tenga hambre. Creo que mi vida sería más fácil siendo un hijoputa, pero no me sale natural. Y lo del te quieren, pues déjate querer, no va conmigo. A la mierda.
No creo en el amor a primera vista, aunque sí que crea en la atracción a primera vista. O la pasión, depende de quien opine. Para mí el amor es algo frágil que germina, se gesta, eclosiona, y se transforma con el tiempo. Cualquier exaltación romántica de amor de manual me parece una payasada digna de libros de autoayuda, a la que reacciono con espantada y sombrero de copa. Y que sólo me hace gracia en su vertiente cómica. Sí, he sentido hormiguitas en el estómago, sí, he maldecido al mundo porque un sms llegara media hora más tarde de lo que yo quería, sí, se me ha puesto la sonrisa boba yendo de la mano por la calle, y sí, he estado enamorado. Y no, no pretendo reeditar nada anterior. Pero sí volver a encontrar esas rarezas compatibles de las que sabiamente habla valenciana contable a la que le gusta el hiking, esa complicidad recíproca sin la cual no me puedo sentir atado a nadie, por mucho que el que esté pilladísimo sea yo. No me voy a convertir en Gollum para no dejar escapar un anillo.
Al fin y al cabo el amor es como una droga de las duras. Y punto. Llegar a casa y poder contar tus batallitas, despotricar contra tu jefe y reírte de las maldades que vomitas sobre alguien que no tragas, irte a acostar y sentir un cuerpo cálido entre las sábanas, mecido por una respiración igual de cálida, descubrir que te observan cuando te desperezas por la mañana, saber con una mirada la respuesta a una pregunta que no te ha dado tiempo ni a formular. Supongo que tener cierto recelo a la vida en soledad es algo esperable en el ser humano, al fin y al cabo somos animales sociales. Miedo a no volver a hablarte con un familiar, a no tener nada que hacer con tu tiempo libre, a no poder coger el teléfono y llamar a quien sea para contarle tus penas, o a no tener con quién reírte ni de quién enamorarte. Pedacitos de esas cosas que se supone nos hacen un poco más felices. A no ser que seamos unos psicópatas…
Un par de semanas después nos volvimos a encontrar en la calle, en el cruce del puente de Grafton, justo en la esquina con Symonds. Auckland es un puto pueblo. En ningún momento nuestras miradas se llegaron a cruzar pero sé que nos vimos porque ninguno fue capaz de levantar la mirada del asfalto: bien fuera por el dolor del amor perdido o por la tensión de estar en medio de una cita [estoy en este mundo porque tiene que haber de todo…]. Y en ese momento, durante diez segundos, tal vez un par de minutos, como cuando sube la bilis después de una cogorza y el sabor amargo retumba en el paladar, me vino al alma todo lo que sentí cuando veía a mi ex paseándose por la facultad con su nuevo churri, justo después de haber cortado conmigo. Esa hiel en los huesos, ese punzón que atraviesa la autoestima, ese dolor insoportable de ver que la persona que sigues queriendo está rehaciendo su vida y camina al lado de alguien que no eres tú. Fue como un ¿te acuerdas de tu miseria, bastardo? pues alguien está pasando por lo mismo gracias a ti. Y así, tal y como vino, se fue. No pude evitar sentir cierta empatía y asumir que la había cagado aun habiendo sido cristalino desde el principio. Y pensé que quizá Stanislavski sabía bien de lo que se hablaba, aunque los métodos que utilizan sus sectarios seguidores me sigan pareciendo una colección de mamarrachadas gratuitas.
En fin, que esto se termina por hoy. Todavía me queda mucho que hacer por Nueva Zelanda. Hace poco que me apunté a esgrima. Las variaciones Goldberg siguen teniendo su sitio prominente en mis planes a largo plazo. Tengo que montar todavía un par de puzzles, aprender a jugar al rugby, a surfear, y a chapurrear un poco de maorí. Ah, y terminar la tesis. Por lo pronto ya me ponen el latte en la cafetería sin que tenga que pedirlo. Ventajas de los clientes habituales.
Un abrazo,
Cooper.

martes, 28 de febrero de 2012

Retales del Sur

Lo bueno de la Universidad de Auckland es que durante las vacaciones de verano la chapan, así que este año, entre el 23 de diciembre y el 4 de enero, salvo que fueras parte del personal de seguridad o mantenimiento, mejor buscarse una buena excusa para utilizar las instalaciones (en especial los laboratorios). Mi jefa me desaconsejó por completo asomarme por allí. Bien. Vacaciones forzosas. Muy bien. Y si además coincide con la visita de mi padre a Nueva Zelanda, mejor que mejor. Estupendo.
Si soy sincero, nunca había tenido muchas expectativas sobre que mi padre viniera a visitar Nueva Zelanda. Él es un espécimen de otra generación, aquella nacida a finales de la España de posguerra, ésa en la que la Guardia Civil y los estraperlistas iban de la mano, y nada más cumplir la mayoría emigró a Europa para intentar ganarse la vida un poco más decentemente. En su caso, Suiza. Y por lo que parece, el destino de muchos españoles también a día de hoy, supongo que quizá desde otra perspectiva. La pérdida del terruño entonces y ahora no es directamente comparable: la necesidad y la decepción son hilos conductores con matices distintos, no se siente el mismo frío cuando te soplan en la nuca. Pero al final acaban demostrando lo que ya sabemos. Que los políticos no son más un rebaño de miopes que se autocomplacen en su propia sapiencia, carne de habladuría de patio y púlpito, egoísmo razonado con ecos de esfuerzo colectivo, flujos de caja disfrazados de altruismo. Es un gran error que el poder siquiera considere perderle el miedo a la ciudadanía, pero en esas estamos…
En fin, que las relaciones familiares son siempre complicadas. Y no por la probabilidad de terminar a palos o regurgitando lindezas, sino por la delicadeza con la que hay que hilar las cuotas de poder para que todos los miembros encuentren su espacio. No creo que deba ser una relación de igual a igual ni creo que eso sea sano, siempre debería haber una jerarquía implícita, aunque móvil y elástica como para irse adaptando al paso de los años. Supongo que debería tener hijos para poder opinar, pero para mí la finalidad última de ser padre es educar [que no adoctrinar] a los hijos para que puedan tomar decisiones y volar libres algún día.
Bueno, ya está. Con dos párrafos de salida de tiesto hay bastante para la entrada. Tío, que sí, que lo del viaje va en serio, me ha dicho que mire billetes para irse en diciembre, me decía mi hermana por Skype, en serio, ¡no jodas!, al final va a ser que se anima y todo. Sí, un salto generacional de treinta años nos separa, y mi padre es un señor de costumbres. Y un viaje de veinte mil kilómetros no es lo mismo que tomarse un café en un bar de parroquianos. Así que por eso fue toda una sorpresa tenerle de repente por aquí. Sabía que tiene narices para venirse solo y a un país del que no habla el idioma, pero no estaba seguro de si le quedaban ganas.
Como siempre que planeo un viaje, me gusta dejar un alto porcentaje del asunto a la aleatoriedad. Ni tengo dinero para contratar un todo incluido [ni creo que me lo gastara en ello si lo tuviera] ni me gusta tener sólo media hora para ir a cagar en una estación de servicio. Valoro disponer de mi tiempo incluso si me tengo que quedar sin visitar algunos lugares. Sí, soy fan del do it yourself, aunque para montar muebles del Ikea preferiría tener a alguien al lado que me hiciera de intérprete. Así que un par de días después de haber aterrizado, mi padre se vio con otro billete de avión en la mano, un coche alquilado, y la primera noche de hostal reservada en el YMCA de Christchurch. Y un nos vamos dos semanas a la Isla Sur.
Aterrizamos en Christchurch ya de noche, el cielo nublado con amenaza de lluvia. El autobús nos dejó casi delante del YMCA, sólo íbamos tres pasajeros así que tuvimos derecho a paradas personalizadas. Christchurch es una ciudad fantasma. Tal cual. Se encoge uno un poquito entre tanto silencio, parece que la vida anda resguardada para que no la molesten con más desgracias. Ni un puto McDonalds o cualquier otra franquicia cucaracha [de las que se reproducen y son capaces de sobrevivir a ataques nucleares] en los alrededores del YMCA, ni después de casi una hora de paseo para buscar algún bocado; hasta le preguntamos a alguien si conocía algún sitio donde comer, pero nos mandó un poco lejos y ya llevábamos un rato caminando... Para los que no lo sepan, Christchurch lleva sufriendo terremotos constantemente desde hace año y medio, momento en el que una falla dormida decidió despertarse de repente. El más destructivo se produjo en febrero del año pasado, dejando 185 muertos y una buena parte de la ciudad derruida, especialmente la manzana central, alrededor de cuyos edificios medio demolidos se desenrollan mohínas las vallas de protección…


La idea de hospedarnos en el YMCA era porque quedaba cerca de la empresa de alquiler de coches, así que a la mañana siguiente caminamos con nuestros bártulos hasta el taller, que quedaba en una especie de polígono industrial. Había alquilado un ranchera equipado para poder dormir en la parte de atrás en caso de recabar en algún camping [vida de camping, yuju!], llevábamos un par de colchones de espuma en el maletero, sólo hacía falta doblar los sillones de la parte trasera hacia delante, colocar la tablas de madera para que hicieran de soporte, correr las cortinillas, y echarse a dormir. La verdad es que desde afuera parecía una caja de zapatos, pero una vez dentro se dormía muy bien. La primera vez que montamos el chiringuito lo volvimos a colocar todo como estaba, pero ya la segunda vez lo dejamos tal cual, en plan coche-cama. Que tener que hacer y deshacer una cama doble para que nadie se sentara en los asientos traseros no tiene mucho sentido… Además de los colchones el coche también traía todo tipo de utensilios en aras de nuestra supervivencia: cocina de gas, cubiertos, cepillo de fregar, espumadera, cargador (por si recalábamos en algún camping con toma de corriente), mosquitera, y una especie de toldo que se colocaba sobre el maletero abierto y que nunca llegamos a usar (la idea era que fuera una especie de prolongación del ranchera… tenía una cremallera, daba la impresión de tienda de campaña que de repente se transforma en coche…). Sólo nos faltaron sillas para llegar a los campings y hacer un feel like a sir en toda regla. Más incluso que fardando de caravana lol
Después de un año en Japón y de nueve meses en NZ, uno se acostumbra rápido a conducir por la izquierda. Pero después de llevar más de ocho años con carné de conducir [ay, qué joven era yo entonces, qué piel más tersa!], no termina uno de acostumbrarse a tener de copiloto a su padre. En varias ocasiones tuve que invitarle a que abandonara el coche y fuera andando si no apreciaba mi forma de conducir. Y es que parecía ser presa de un frenesí apocalíptico por el simple hecho de que íbamos por la izquierda. Ya de entrada se negó a coger el coche en todo el viaje no fuera a ser que de vuelta a Europa le diera por conducir por el carril contrario. Al principio casi me mata de un par de sustos, pero con el transcurso de los días conseguí que pasara a engrosar mi estadística de gente que duerme mientras yo conduzco. Todavía no conozco a nadie que no haya caído presa del sueño mientras yo iba al volante jeje… Me jugué la vida para sacarle una foto mientras iba recostado con la boca abierta, pero lógicamente, y so pena de ajusticiamiento familiar, no la colgaré en el blog.
Como la tesis me persigue [en ocaciones veo tesissss!!!], aproveché que aterrizamos en Christchurch para ir a visitar una empresa cuyas instalaciones me podrían servir en mi propósito de hacerme con el control mundial. Como llegamos allí un sábado noche y el domingo obviamente el taller iba a estar chapado, aprovechamos para ir a dar una vuelta por Akaroa, un pueblito monérrimo, muy français, a unos ochenta kilómetros de Christchurch. Lo interesante de conducir por Nueva Zelanda es el desfile continuo de paisajes de todo tipo. En la Isla Sur son tan fluctuantes que a veces tenía la impresión de estar cambiando de continente sin salir de la carretera…  
Akaroa es conocido por varias cosas. A saber, fue el único asentamiento francés en Nueva Zelanda, lo que hace que algunas calles sigan teniendo nombre gabacho y que la bandera tricolor se asome a una de cada tres fachadas. Además tiene un negocio boyante de cultivo de perlas de paua, una especie de caracol de mar con una concha nacarada de tonos verdeazulados y violáceos. Y por último, por la bahía suelen pulular delfines de cabeza blanca, con lo que también es sede de empresas recreativas que te llevan en barco a ver a los delfines,  incluso te dan la posibilidad chapotear entre ellos. Era el principio de nuestro viaje, así que no era plan gastarse toda la pasta en tentaciones, que si sumamos perlas y nado con delfines a todo lo que queríamos hacer después [bungy, glaciares, ballenas…], el presupuesto menguaría demasiado rápido.
Para descansar del paseo en coche nos tomamos una birra a la vera de la bahía y luego nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo, siguiendo el paseo marítimo. Ya de nuevo en el coche, barra de pan y embutidos en mano conseguimos matar el gusanillo, mientras en el parque un artista bastante simpático se afanaba por sorprender y encandilar con malabares a una treintena de niños y niñadultos que asistían al espectáculo. Debí caerle en gracia al buen hombre, tú no pareces de aquí, ¿de dónde eres?, voz entrecortada por el esfuerzo, micrófono a punto de sepultarse bajo una sábana de babas, soy de España; Hola Mr. Spanish! Que estás, ¿de vacaciones? ¿Te gusta Akaroa? Creo que yo entraría en su descripción de hombre fornido e innegablemente atractivo [me propuso que me bajara los pantalones para contribuir al show] porque me utilizó, junto con otros tres reclutas, para el número del monociclo. Fue muy gracioso porque en un momento de la actuación, justo cuando se iba a subir al monociclo poniendo en peligro su integridad física (y parte de la nuestra), un camión de bomberos aparcó justo a la vera del parquecillo y Santa Claus bajó de entre las mangueras. Y el 90% de los chiquillos salieron escopetados a ver si conseguían algún regalo, caramelo, o lo que fuere que Papá Noel tuviera a bien darles. Mi padre se lo estaba pasando pipa.





















Antes de volver a Christchurch nos dimos una vuelta por la península de Banks, ya que aparte de la bahía de Akaroa también hay otras mucho más perdidas en el silencio, como por ejemplo Pigeon Bay. Creo que ahí nos cruzamos con tres personas. Hacía yo más ruido pelando un plátano que todo lo que pudiera emitir sonido en aquel lugar.













En el camino de vuelta a Christchurch intentamos buscar algún camping o albergue en el que quedarnos, pero para cuando quisimos darnos cuenta ya había anochecido y estábamos casi enfilando por Lincoln Rd. Así que al final nos quedamos en una especie de holiday park, te dan la posibilidad de aparcar por ahí tu caravana o coche y dormir donde buenamente puedas (tienda de campaña, dentro del coche…), o tienes la opción de los bungalows prefabricados, que teniendo en cuenta la relación calidad/precio suelen estar bastante bien. Esa noche optamos por el bungalow, que entre el chispeo y el frescor que hacía tiraba más dormir en cama y con mantas… Aunque aguantar ronquidos iba a tener que aguantarlos de todas formas…  
A la mañana siguiente me pasé por la empresa con intención de dejar allí mis muestras, pero después de discutir pros, contras, tiempo y dinero, decidí que las condiciones no eran las óptimas. Sí. A la caja de muestras le tocó viajar catorce días a medio camino entre la guantera y algún hueco debajo del asiento del copiloto. Y bueno, aquí empieza la aventura. Mapa en una mano, folleto de los campings del DoC en la otra, gafas de sol molonas [verdad universal], y carretera y manta.
La primera parada fue el lago Tekapo, y no, por aquellos lares no se dedican a castrar a gente. Lo llamativo de este apacible lugar es el intenso color turquesa de sus aguas, parece que alguien se ha dedicado a fumigarlo con colorante. Después de hacernos las fotos de rigor nos dimos un paseo por la vera del lago, incluso nos dejamos caer por un bosquecillo que se encontraba en uno de los laterales, de camino al vallado final que impedía seguir bordeando el lago. También nos topamos con un pajarillo cuya actitud me pareció bastante curiosa. Y es que según avanzábamos por una las zonas secas oímos piar a varias crías, que pararon de hacerlo cuando estuvimos lo bastante cerca del nido (nunca llegamos a encontrarlo). Ahí es cuando apareció el pajarillo en cuestión y se puso a gorjear y a dar saltitos cerca de nosotros, como instándonos a que le siguiéramos. En vez de hacerle caso nos movimos justo en dirección contraria, y ahí fue cuando el bicho comenzó a ponerse violento. Creo que cuanto más cerca estábamos del nido más y más insistentemente gorjeaba y más deprisa se movía. Incluso llegó un momento que echó a volar en círculos alrededor de nosotros. Fue como un déjà-vu de Los pájaros, salvo que sólo había uno y era poco más grande que un gorrión.
















Después de comer en una de las zonas de camping fuimos a terminar la tarde en beauté, remojándonos cual vulgares setas en unas piscinas de agua caliente, con opción a sauna y baño turco. Con demasiado cloro para mi gusto. Me da que estoy muy mal acostumbrado a los onsen…
Pasamos esa noche en camping del monte Cook (o en Aoraki, como le dicen los maoríes), rodeados de caravanas, y fue la primera vez que montamos todo el chiringuito para poder dormir en nuestro flamante ranchera. Dimos una vuelta por el pueblito por si les quedaba alojamiento pero como llegamos relativamente tarde todo estaba cerrado, el alma de la aldea se había ido a contar ovejitas. Con una linterna y bastante maña conseguimos hacer la cama e instalarnos, cena frugal de por medio. Aunque durante la noche hizo bastante fresquete lo que más me impidió dormir fue, ronquidos aparte, que no estaba acostumbrado todavía a las tablas de madera. Pero merece la pena levantarse por la mañana y ver cómo una majestuosa montaña nevada te da los buenos días.








Los campings del DoC funcionan todos igual. Coges un sobre del punto de información, rellenas tus datos, los del coche, metes el dinero (varía entre 4 y 6 dólares por barba) junto con el justificante, cierras el sobre, y al buzón. Como prueba de que has pagado tienes que colocar una etiqueta con el mismo número del justificante en cualquier sitio visible del coche. Con eso también se evita que el encargado del camping, en plena ronda de reconocimiento de las siete de la mañana [efectivamente], te golpee en el cristal para recordarte tu morosidad y racaneo. Aparte de, probablemente, despertarte.
Para empezar calentando motores hicimos una caminata de una media hora [la Glencoe Walk] hasta un mirador desde el cual se veía el glaciar Hooker [lol], con el monte Cook al fondo. Que mi progenitor estaba un poco oxidado y había que desengrasar la maquinaria. Y pues bueno, ya que habíamos visto el glaciar desde las alturas pensamos que sería buena idea acercarnos hasta el lago Hooker y observarlo un poco más de cerca. En palabras, otra caminata de una tres horas entre piedras, pasarelas de madera desplegadas entre la maleza, y puentes colgantes sobre ríos bravos. Tuvimos que emplearnos a fondo con la crema solar pero mereció la pena haberse dado el voltio hasta el lago.



















Esa noche dormimos en un campamento del DoC a la orilla del lago Wanaka. La verdad es que según el folleto parecía que el camping se encontraba cerca del pueblo de Wanaka, pero luego resulta que estaba a tomar por el najas y tuvimos que desviarnos bastante de nuestra ruta. El lugar tenía encanto, y en cuanto llegamos me fui a pasear por la playa. Alguien se había divertido colocando troncos en forma de hogueras, incluso podrían llegar a ser tipis en una historia inventada de indios y vaqueros.











En este camping, y por primera vez en mi vida, probé una ducha solar. La verdad es que es un invento bastante chulo, básicamente se trata de una bolsa en la que la mitad de su superficie tiene un material negro, térmicamente absorbente, de modo que lo único que hay que hacer es dejar la bolsa al sol durante todo el día, por ejemplo en la parte de atrás del coche. Ya por la noche se cuelga el invento de cualquier sitio un poco alto y se disfruta del agua calentita mientras sopla la brisa. El único problema es ése, encontrar un sitio un poco elevado para colgar la ducha, ya que si no el agua no circula por la alcachofa. La gravedad, que es muy perra. El otro problema, que además se convirtió en la tónica de todos los campings de la
Isla Sur, son las sandflies. Ya hablé de ellas en alguna otra ocasión pero después de este viaje puedo confirmar que estas moscas negras son la personificación del diablo. Si Satán existe toma como forma estas bestias. Lo peor era intentar que no se colaran dentro del coche para que no nos picaran mientras dormíamos. Sólo con ver la colección que había en las ventanas al amanecer hacía que se me estremeciera el escroto.
Ya de buena mañana, huevos con beicon conversan sobre Kant en nuestra panza, y de camino a Wanaka. Es un pueblito muy relajado, a la vera del lago homónimo, con una playica que daban ganas de tumbarse a dorarse cual sofrito generoso. Mi padre se bucló delante de un café así que yo, después de haberme tomado el mío [el día empieza oficialmente con el primer café, independientemente de la hora] me fui a dar un paseo bordeando la playa. Me pareció muy original una iniciativa que tuvieron para dar la bienvenida al año dos mil y que consistió en hacer un camino de dos mil baldosas paralelo a la calle principal, y en donde cada una de ellas estaba rotulada con los acontecimientos más importantes de ese año. Muchas de ellas estaban vacías, especialmente las dedicadas a la edad media (no así las relativas a Grecia y Roma! Incluso en 1492 mencionaban la unificación de las coronas Castilla y Aragón…), mientras que a partir del descubrimiento de Nueva Zelanda las losas se atiborraban de datos. Si no me equivoco, por una módica donación te puedes dedicar a completar las baldosas que todavía están vírgenes de hechos históricos.




Nuestro objetivo era dormir lo más cerca posible de Milford Sound (o Piopiotahi, como le dicen los maoríes). Queenstown nos quedaba de camino pero como ya habíamos reservado el albergue para dormir ahí en Nochebuena sólo nos paramos en Arrowtown, después de haber tomado la carretera con más curvas y más señales de prohibido ir a más de 10 km/h que he visto en mi vida. Por cierto, todas las carreteras por las que condujimos en la Isla Sur (salvo en Christchurch) son de carril único para cada sentido y limitadas a 100 km/h, y además conviven sin ningún problema con tramos tan esquizofrénicos como el anterior. Y la mayoría de los puentes son de un solo sentido…



Arrowtown es un pueblo muy cuco, con una calle peatonal central llena de tiendas de recuerdos y bares y restaurantes. Nos sentamos en una cervecería en la que fabricaban su propia cerveza artesanalmente, y que además estaba súper buena (me quise tomar la de más alta graduación pero al estar en una barrica estaría del tiempo, y no sé yo cómo me iba a sentar una cerveza calentorra de alto contenido alcohólico…). El sitio reseñable en Arrowtown, el antiguo barrio chino, está relacionado con la fiebre del oro que se desató en la región de Otago a finales del siglo XIX. Todavía se conservan las chozas en las que sobrevivían los mineros chinos; lo han acicalado un poco añadiendo unos cartelitos informativos acerca de lo que era su día a día en el trabajo y en la pequeña comunidad, así como su relación con los nativos del pueblo, que los trataban como basura.




Milford Sound se encuentra en el parque natural de Fiordland. La única carretera que lo atraviesa, Milford Rd, serpentea entre parajes que son una pasada, y que hace que la conducción se vaya deteniendo cada pocos metros, los necesarios para bajarse del coche a sacar fotos de las maravillas naturales que van desfilando por el camino.












Pasamos la noche en el camping del lago Gunn, luchando de nuevo contra las sandflies, esta vez acompañados por un par de latas de judías. Mi técnica para meterme en el coche, cerrar las puertas, y reorganizar todos los bártulos desde dentro para poder dormir (mover asientos, cambiar mochilas…) ya estaba bastante depurada. Incluso por fin descubrimos cómo se usaba la mosquitera. La cantidad de bichos que coleccionábamos al otro lado de la puerta cada mañana hubiera dado para cocinarlos como si fueran migas. En cuanto al atardecer y al amanecer en el lago Gunn, qué decir de ello que no digan las imágenes…




Milford no queda muy lejos de donde habíamos pasado la noche. Levantarse a las siete de la mañana para salir a las ocho tiene la ventaja de poder transitar por el Homer tunnel cuando el semáforo de la entrada está todavía apagado. Y es que parece que el túnel fue excavado a base de pico y pala, lo que sumado a la tenuidad de la iluminación interior hace que se tenga la impresión de entrar en una mina en la que apenas caben dos carriles.  



Milford Sound es el fiordo más famoso del parque de Fiordland, y el lugar más visitado de Nueva Zelanda. Compañías náuticas recorren el fiordo de arriba a abajo, con cruceros más o menos equipados. También se pueden practicar deportes acuáticos como el kayaking, e incluso te dan la opción de probar un pack que combina ambos. O eventos un poco más rocambolescos (por la combinación intrínseca de tiempo/dinero) como cruceros nocturnos o vuelos panorámicos. Nosotros hicimos un crucero de dos horas con la compañía que tenía los ferries más pequeñines, pero que en contrapartida era la única en salir casi a mar abierto. El café venía con el billete. Y las vistas son preciosas, especialmente si se mezclan con ráfagas de aire salino azotándote la cara. Hasta contrataron los del ferry a unas focas muy simpáticas para que nos saludaran en nuestro camino de vuelta al embarcadero.
































Para ir desde Milford Sound hasta Te Anau sólo hay una carretera, que tuvimos que desandar para llegar al comienzo del Routeburn track, justo después de salir del Homer tunnel. La caminata dura de dos a tres días así que no íbamos a tener tiempo de hacerla ni de coña, pero la ida y vuelta hasta el Key summit puede hacerse en unas tres horas, cuestas empinadas mediante. Nos merendamos un bocata en la cima. Mi padre no terminó de creerse que hubiera conseguido subir hasta allí arriba en tan poco tiempo…















Después de una parada técnica para repostar en Te Anau (gasolina, café o cerveza, lo que le tocara a cada uno), enfilamos de golpe los 250 kilómetros que quedaban hasta nuestro próximo destino: el pueblito de Kinloch, a la orilla del lago Wakatipu, justo en la otra salida del Routeburn. No es que la caminata en sí sea de 250 kilómetros (a más de ochenta kilómetros andados por día me parece un poco exagerado…) sino que la carretera da una vuelta impresionante. Sería algo así como ir de Madrid a Getafe pasando por Talavera. Cuando por fin llegamos al camping yo estaba tan muerto que me dio un bajón de tensión y terminé tumbado en un banco con las piernas en el aire mientras me comía mi manzana. El caso es que hay como cuatro kilómetros de grava antes de llegar a tan recóndito y plácido escondite, y a medida que avanzábamos sin llegar a ningún sitio íbamos creyendo que nos habíamos equivocado de camino, más aún al ver que estaba anocheciendo y no había ninguna luz encendida por los alrededores. Pero no, ahí estaba Kinloch, con sus casitas de madera dormitando entre árboles y con vistas al lago. Eso sí que es vida tranquila y lo demás son tolonterías.








Nuestro siguiente destino sería Queenstown, así que también aprovechamos para visitar Glenorchy, que quedaba de camino. Es un pueblín un poco más grande que Kinloch pero igual de encantador, con varias empresas que te dan paseos por el lago en lancha motora. A precio módico, of course. Ahí cayeron unos huevos con beicon, que yo todavía estaba débil del día anterior [cocinando excusas para pedir cosas caras].  












Llegamos a Queenstown al albergue que habíamos reservado con la intención de hacer el check-in.
- Hola, soy Cooper, habíamos reservado una habitación para esta noche.
- Sí, un momento, ¿cómo dice que se llama?
- Cooper.
[…]
- Ehhhh… Aquí me dice que tienen ustedes reservado para mañana…
- ¿Para mañana? Qué raro…
- Sí, mañana 24 de diciembre – cling!
Si hay alguna cara que se te quede cuando te dan a entender que no tienes ni idea de en qué puto día vives, ésa fue la que tuvo que quedárseme. El caso es que mi padre también estaba en la parra y creía que ya era nochebuena, y con esa felicidad intrínseca nos presentamos en la recepción del albergue. Al final reservamos otra noche más, que no teníamos ni la cabeza ni las ganas de andarnos con chuminadas. Nochebuena es sólo un día, y merece la pena pasarla tranquilamente en el sitio que sea.
Comparado con la mayoría de los sitios en los que habíamos estado, Queenstown se puede considerar una ciudad. Su situación privilegiada cerca del lago Wakatipu y de las montañas donde están las estaciones de esquí hace de ella una ciudad mayormente turística. Además está especializada en todo tipo de deportes de aventura: puenting (tienen uno de 134 metros!), jetboating, salto en paracaídas, canyoning, swinging, rafting… El resto del día hicimos vida contemplativa, que consiste en pasear por las calles y entrar en las tiendas para dejarse ver, y finalmente sentarse en las terrazas de los pubs a disfrutar del buen tiempo.












Tenía curiosidad por hacer el puenting de 134 metros pero visto lo que costaba, que mi visita al glaciar tenía preferencia en el esquema de cosas [ya hice puenting], que mi padre iba a pasarse la mitad del día solo, y que cada vez que se lo decía me miraba con cara seria y me soltaba un no me gustaría que hicieras eso con una jeta que parecía querer decir me vas a matar del disgusto, pues al final decidí que mejor nos íbamos a dar un voltio por el Skippers Canyon, donde además podíamos pasar un rato divertido recorriendo el río Shotover en lancha motora. Tengo que admitir que lo que más inclinó la balanza en la elección de la garganta fue que hubiera una cláusula en el contrato de alquiler del coche por la cual éste no estaba asegurado ni en el Skippers Canyon ni en 90 Mile Beach. Y luego vas y te enteras por intenné de que Skippers Road es una de las diez carreteras más peligrosas del mundo.
Lo dicho, que el día de nochebuena salimos tempranito del albergue, donde nos pasó a recoger el minibús que iría recolectando a más pasajeros que se apuntarían a la aventura (una familia inglesa y un grupo de jubilados singapurenses). Visitar el cañón es muy recomendable, aparte de por el vértigo que da ir en furgoneta por una carretera de tierra de un solo carril, sin guardarraíles y con una caída de más de cien metros casi en vertical, porque el paisaje es otro personaje más (al igual que en muchos lugares de NZ).  Llegamos al río tras media hora de trayecto, es lo que tiene circular a 20 km/h. El paseo en lancha fue muy divertido, el conductor iba remontando el río a toda velocidad, pasando muy cerca de las paredes rocosas y haciendo giros de 360º. Los singapurenses se lo debían estar pasando bomba, a juzgar por las ganas con las que gritaban jeje. Después del paseíllo nos llevaron a ver el Skippers Bridge, un puente colgante que se eleva a unos cien metros del lecho del río.























A pesar de que mi padre tenía la esperanza de que saldríamos de aquel lugar por otra carretera mágica, a poder ser un poco menos peligrosa, lo cierto es que Skippers Road es la única vía de entrada y salida al cañón. Mi padre terminó sentado en el asiento del copiloto y agarrándose a uno de los asideros del sillón. Lo que no entiendo es que si tanto se perturbaba por las alturas, por qué coño va el muy mamón y se sienta para tener vista panorámica… Y eso que a veces parecía que el minibús rodaba en el aire, sobre todo cuando giraba en las cornisas, y más cuando al mismo tiempo tenía que ingeniárselas para encajar en paralelo con otro coche…





Y bueno, como ya habían sido demasiadas emociones para ser nochebuena, el resto del día lo pasamos haciendo vida de terraza. Además había mercadillo, que siempre ayuda a matar el rato. Nuestra cena familiar fue a base de hamburguesa en el Ferg Burger, que se ha labrado su fama bien merecidamente. Vaya pedazo de manjares que nos metimos para el cuerpo, y si no que le pregunten a mi padre, que con eso de que es él el que cocina en casa no suele gustar de fagocitar en otros lugares. Y como no hay nochebuena sin fiesta que se precie nos hicimos un tour por los pubs de la ciudad, desgranando pintas en cada uno de ellos. Supongo que una de las muchas cosas que los kiwis heredaron de los británicos fue la necesidad de beber por el mero hecho de emborracharse, o si no no me explico que un tipo, por su simple deseo de fardar delante de una tía a la que llevaba tirando los trastos desde hacía rato, se bajara los pantalones y se quedara con la minga al aire delante de todo el local (o la poronga, como le dicen en Argentina... no sé por qué pero esta palabra me hace mucha gracia), como diciéndole a la pobre muchacha ésta es mi mercancía, por si puede terminar de convencerte. Lo que se dice de poner la polla encima de la mesa, tal cual. Mi padre y yo asistíamos a esta absurda a insólita escena desde nuestra mesa, no sabiendo si estallar en carcajadas o sacar un bazuka. Al menos le puso el punto divertido a la noche.














La siguiente parada de nuestro viaje eran los glaciares. Siguiendo con la tónica, conducir por la costa oeste es como haber cambiado de continente de nuevo. Yo me había emperrado en hacer la excursión al glaciar con el helicóptero, ésa que te deja en la mitad del glaciar y luego te llevan a dar un voltio de tres horas por el hielo. Pero después de ver el precio se me quitaron las ganas, y finalmente opté por algo intermedio: una excursión por el glaciar de ocho horas. Obviamente para la hora a la que llegamos a Franz Josef y por el día que era [navidad] ninguna empresa iba a abrir sus puertas para poner a nuestra disposición un guía, así que nos tocó esperar hasta el día siguiente por la mañana, que era cuando salían las excursiones. Así que nos alojamos en un holiday park que había por allí cerca, y que además tenía una piscina de agua caliente en la que dejarse cocer con la impunidad más española.







Incluso esperando hasta el día siguiente la empresa no nos aseguraba que pudiéramos subir al glaciar, y además intenté reservar por internet y en su web no quedaban plazas para ninguna de las excursiones. No obstante, y como en verano la afluencia al lugar es masiva y saben que hay gente que se presenta con una mano delante y otra detrás [menda], si ven que la demanda es suficiente suelen abrir otro grupo que sale con una hora de diferencia. Mi padre no era muy partidario de subirse al glaciar, además te hacían firmar movidas de que no tenías lesiones, que estabas en buena forma, que tu dieta era saludable, que tenías ropa caliente y que cagabas blando. Ya se sabe, cosa de no tener que correr con los gastos de una posible evacuación. Así que mi padre se quedó costreando en el pueblo mientras yo me lo pasaba como un enano trepando por el glaciar.
Seríamos como unos cuarenta en la excursión, nos dividieron en dos grupos de veinte para que fuéramos más dóciles y manejables. Un autobús nos llevó hasta la morrena terminal del glaciar (básicamente, tierra y piedras), y fuimos caminando por un bosquecillo contiguo y luego por la morrena en sí hasta llegar a la base de la lengua de hielo, donde había varios carteles que avisaban, a golpe de titular malrollista de periódico, de la peligrosidad de proseguir el camino sin contar con un guía cualificado para tal cometido. Una vez que llegamos a la zona donde comenzaba la excursión por el hielo el grupo se volvió a dividir en dos, a nosotros nos tocó un guía británico muy simpático, tostadísmo por el sol, to wenorro, y tartamudo. Nos enseñó a ponernos los crampones y a andar con ellos, y también nos dio unas nociones básicas de seguridad en plan no salirse del camino sin antes consultarlo con él, agarrarse a las cuerdas para las subidas más difíciles, o seguir sus indicaciones en todo momento. El buen hombre iba armado de un pico para ir excavando escaleras que ayudaran a moverse entre tanto saliente blanco.













La excursión fue un pasote. Trepar por una lengua de hielo que sabes que está en movimiento y en donde cualquier paso en falso puede terminar muy mal es toda una experiencia. Las grietas gigantes que parecen no tener fondo, los tonos azulados del hielo, la brisilla fría que sopla y te deja congelada la pituitaria, las subidas casi imposibles, el poder beber el agua que brota de las entrañas del glaciar…



































Terminada mi aventura me fui a remojar a unas piscinas de agua caliente para las que la entrada venía incluida con la excursión. Aunque están muy bien no son ni de lejos un onsen. Uno, que con la edad se ha vuelto inane sibarita. Mi padre me echó la peta por regocijarme demasiado en mi tiempo: el pobre se había aburrido un poco durante el día. Aparte de ir a ver a los kiwis (son como unas gallinitas, según sus palabras) y mover el coche de sitio [lol], el resto del día lo había pasado deambulando por Franz Josef. Pero es que yo estaba matao y necesitaba sentirme cual perezoso colgado de un árbol… Esa noche la pasamos en el camping del lago Ianthe, luchando de nuevo por sobrevivir entre sandflies. Pero como siempre, acompañados de amaneceres y atardeceres que bien merecían el garbeo.







En nuestro camino al parque nacional de Arthur’s Pass pasamos por Hokitika, un pueblo bastante curioso situado en plena costa oeste, centrado en la recolecta y pulido del jade. Aprovechamos para tomarnos el café de rigor y darnos una vuelta por la playa, que estaba llena de troncos y en donde no se veía un alma en varios kilómetros. Y de nuevo, la impresión de estar cambiando de continente: la vegetación decidió que se vestiría de tropical y de repente todo fueron palmeras, helechos y tojos [¿tropical?].





Al igual que sucede con el Routeburn track las caminatas interesantes en los alrededores de Arthur’s Pass duran varios días, así que después de preguntar en el punto de información nos fuimos a visitar una catarata que quedaría a hora y media ida y vuelta, no sin antes comprobar con asombro cómo un kea [loro verde] intentaba comerse el limpiaparabrisas.  El bosque por el que discurría el trayecto no era gran cosa en sí salvo quizá por la ingente cantidad de escaleras que había que subir y bajar (se me quedó un culo más prieto que un redondo de ternera), pero lo bueno era que te podías refrescar del calor en cualquiera de los riachuelos que te ibas encontrando.
















Pasamos aquella noche en un camping perdido a medio camino entre Rangiora y Oxford (tan difícil de encontrar que nos metimos en una finca privada por error…), muy apacible y tranquilo. Había un río en el que poder bañarse, y la mayoría de los campistas eran familias con niños pequeños que habían ido a pasar el día al campo. Por el camino compramos un filete que nos metimos para el cuerpo aquella noche, sentados en la hierba.




El día siguiente fue para mí el día más decepcionante de todo el viaje. Comenzó bien, en una cafetería de Rangiora, atendidos por un camarero de lo más amable y atento. Kaikoura, un pueblito turístico situado en la costa Pacífica (sip! ya nos movimos de océano!) era el destino del día. El sitio es famoso por los avistamientos de ballenas, y multitud de empresas se dedican al negocio ya sea por mar o por aire. El resto lo complementan diversas actividades náuticas a gusto del consumidor. Lo de las ballenas habría sido toda una aventura, pero como a estas alturas del viaje no estábamos para seguir gastando mucho decidimos que para aprovechar el buen día iríamos a la playa. A mí me apetecía mucho ya que sólo he estado un día en la playa desde que llegué a NZ. Y ese fue el error. Porque aunque Kaikoura esté enfrente del mar, las playas que tiene son lamentables, ya sea la que llaman playa de arena [¡¡!!] o las playas de piedras. Y para colmo me intenté bañar en una de estas últimas y casi me congelo después de estar diez minutos dentro [cuestión personal]… Si a eso le sumamos que dimos un voltio bastante grande hasta que encontrar alojamiento, entonces se puede entender el porqué de mi decepción. Bueno, por lo menos nos lo tomamos con filosofía y fuimos a hacer la compra con intención de prepararnos una buena cena: tostas de salmón con filetes de cordero.

La última parada del viaje antes de volver a Christchurch fue en Hanmer Springs. Si tengo que ser sincero no estaba inicialmente dentro de nuestros planes pero un mensaje aleatorio de mi amigo el argentino hippie che, qué hacés, qué es de tu vida?, hacía tiempo que no hablábamos, mi padre y yo estamos justo de viaje por la Isla Sur, sabía que él estaba viviendo en la Isla Sur pero creía que en otro lugar (sí, lo sé, estoy en la parra), qué bárbaro, yo estoy viviendo en Hanmer, venite para acá unos días. Así que como Hanmer queda entre Kaikoura y Christchurch, el último día lo pasamos allí, con mi amigo el argentino hippie y su hermana, también hippie, y todos sus compañeros de piso.
La carretera desde Kaikoura es parte de la ruta escénica del Alpine Pacific Triangle, y sólo su peculiaridad (está llena de curvas rodeadas de vegetación y apenas tiene sitio para dos carriles) hace que merezca la pena dejarse caer por ella. Hanmer es un pueblito mu cuco, casi perdido en mitad de un bosque, y que basa la mayor parte de su actividad turística en los balnearios, aunque también se pueden hacer excursiones por los bosques y senderos aledaños.





Mi amigo el argentino hippie no volvería a casa hasta por la tarde así que aprovechamos la mañana para comer algo por ahí y hacer tiempo. Se había puesto a llover, y ya dos semanas de sol y buen tiempo habían sido demasiado (extrañamente sólo llovió el primer y los dos últimos días que estuvimos por allí, mientras que el resto del tiempo hizo un calor qué tetorras). Nos reencontramos ya por la tarde. Lo que quedaba del día lo pasamos de cháchara, contándonos batallitas sobre la vida en Hanmer y la vida en Auckland, filosofando, politiqueando, desgranando planes de futuro, cenando comida india, bebiendo lo que hiciera falta, incluso fumando si se terciaba. Y que todo se extendiera hasta bien entrada la madrugada, sentados en el banco del porche, iluminados únicamente por la luz que provenía del interior del salón. Mientras, la lluvia caía insistentemente y hacía que las hojas de los arbustos relucieran con la cadencia con la que las agitaba el viento. Entrañable momento.
El último día en Christchurch no tuvo nada de especial. De camino desde Hanmer nos cayó una tromba de agua, reservamos una habitación en el YMCA, ordenamos y limpiamos un poco el coche, lo devolvimos, cenamos en una especie de pub irlandés que estaba muy bien (cerca de Oxford Terrace), hicimos cálculos para saber a qué hora teníamos que levantarnos y dónde teníamos que coger el autobús para ir al aeropuerto, y nos fuimos a dormir. Nada destacable. Salvo quizá, como la primera vez, ese ambiente de luto contenido que invade la ciudad, especialmente en los alrededores de la nueva estación central de autobuses.

Volvimos a Auckland el día de Nochevieja con la intención de comprar todos los ingredientes para la cena de fin de año. El chino proveería. Cocinaría mi padre, lo que en el 95% de las ocasiones se traduce en éxito (he vivido demasiado tiempo juntos…). Para completar aforo, la valenciana contable a la que le gusta el hiking, el kiwi ingeniero oriundo de Christchurch, el enfermero filipino y su amiga la filipina enfermera, y mi compi de piso. La fiesta que nos pegamos después de comernos las uvas a toda velocidad (vaya cuenta atrás más acelerada!!) fue memorable. Aquí es donde comenzó a fraguarse la amistad de mi padre con mi compañero de piso, incluso se llegaron a hacer tan amigos [esto es verídico ¬¬] que se iban por ahí de cañas mientras yo estaba currando en la uni y en la academia. Ver para creer. ¿Qué cómo se comunicaban? En una mezcla de inglés, francés, alemán y lengua de signos. Todo un primor digno de alabanza. Amos, el que no quiere comunicarse es porque no le da la gana.
Y weno, como viene siendo habitual últimamente en el blog, aquí va una de fotos peculiares:
Por si queríamos leer en el YMCA:

Matrícula cachonda de Nueva Zelanda (creo que voy a tener que abrirle apartado propio en breve lol):

Indicación en Te Anau donde parece que se olvidaron la R:

Bareto en Queenstown en el que te obligan a mear con la tele puesta:

Retrato gráfico de las picaduras de sandflies:

Entrada e interior de los aseos del Puzzling World de Wanaka:


Bichote que nos acompañó durante la cena en Franz Josef:

Dos semanas, 3300 kilómetros. Un padre y un hijo que sobreviven a un viaje sin querer matarse mutuamente. Una isla llena de lagos, de vegetación, de pueblitos que invitan a dejar las preocupaciones en casa, de lugares que le sugieren al tiempo darse tiempo. Un país, Nueva Zelanda, que parece consciente de que a pesar de no tener un patrimonio cultural como Europa tiene un rico patrimonio natural por el que debe velar. Y que para los visitantes es como descubrir un cofre repleto de diamantes flotando en un lugar perdido del océano. Puede ser tentador quedarse con las joyas o se puede optar por maravillarse de pura contemplación, pero al final las personas van y vienen, y la tierra es lo que permanece.
O como dirían los maoríes, whatungarongaro te tangata toitū te whenua.