Hace unos años solía mandar por Navidad un email a toda la gente que consideraba importante deseándoles feliz Navidad y haciendo un balance del año que se iba. La Navidad era sólo una excusa para sentarme a escribir y poner en palabras muchas de las cosas que sentía y pensaba en aquellos momentos. No es que yo sea muy de celebraciones navideñas, prefiero un millón de veces un me acordé de ti que un me tuve que acordar de ti, pero weno, tengo que admitir que si no lo hacía entonces era poco probable que lo hiciera el resto del año. Weno, miento, creo que un año mandé la felicitación allá por junio o julio juas juas, y eso que según un amigo mío el año no empezaba hasta que yo mandaba la carta!
¿Que qué decir de este año? Pues no sé por donde empezar. ¿Empezar? Empezó mal. Y siguió peor. Creo que nunca en mi vida había experimentado un desfase mental y físico tan grande. Físicamente, donde tocara. Mentalmente, creo que estuve una temporada sin estar. Hasta que las buenas noticias empezaron a venir una detrás de otra: me dieron la Vulcanus, terminé la licenciatura (algo parecido al monasterio de El Escorial en este caso), terminé el máster de física aplicada, terminé el grado superior de acordeón, estuve todo un verano costreando (hacía ya 7 años que esto no sucedía), y sin comerlo ni beberlo ahora estoy viviendo en Japón. […]
Estos últimos 4 meses se me han pasado volando. Casi no me he dado cuenta, parece que fue ayer cuando aterricé en Narita. Y de repente ya es hoy. Hay que joderse. He recorrido tropecientos lugares, vivido otras tantas situaciones impredecibles, conocido a un montón de gente (a cada cual más interesante, más raro o más peculiar), me lo he pasado en clase como un niño pequeño (vaya mano que tuvieron a la hora de repartir las clases!! se juntó el hambre con las ganas de comer! cómo lo voy a echar de menos! qué risas!), he empezado a aprender japonés (vaya paciencia la de nuestras profesoras…), he olvidado lo que era dormir ocho horas o más (a pesar de que me quedo dormido en todos los trenes, sin que me roben, eso sí), casi se me ha olvidado respirar por momentos.
Son las primeras fiestas navideñas que voy a pasar fuera de casa. No echo de menos España, para qué voy a mentir. Necesito más tiempo para echarla de menos. No he tenido ningún bajón gordo desde que llegué, lo cual es wena señal. Añoro a ciertas personas, mi familia, mis amigos, la gente sana que llevo en el corazón (sí, tengo uno, aunque a veces parezca más soso que la mojama o más frío e inhóspito que un helado de cardos borriqueros). Pero como los llevo en mi corazoncito, van conmigo a todos los sitios. Aunque esté a diez mil kilómetros de distancia, sé a quién quiero, sé a quién respeto, sé para quién estoy. Aunque los caminos diverjan cada vez más y nos veamos cada vez menos. Nos hacemos mayores, sí! Aunque a muchos/as no les guste!
Y ahora, música. Que quiero brindar por las cosas que me han hecho sentir vivo durante este año.
Por el tiempo que he pasado con mi gente que me llena, por las conversaciones sin fin, por las miradas limpias y serenas.
Por la comida de mi padre (dedícate a la cocina, hostias!), el empeño sin fin de mi madre, por mi hermana (gracias!! ¡sabes que te quiero!), por mi tortuga Poti-Poti (¿qué habrá sido de ella? aaaaaahhhhhhh!!!!!!!!), por los ataques psicóticos de mi perra Chispa, por la alegría de mi perro Ron.
Por los domingos de Latina y las mañana de Francos Rodríguez, por los churros a las 5 de la madrugada en el bar más grasiento de Fuenla, por las cajas de cerveza desfilando una tras otra en Conde de Casal, por las pelis en el ático con el 2CV rojo al pie de la calle, por las horas muertas de palique en el laboratorio, por las idas y venidas a Villaverde, por el verano que me he dado con gente que conozco desde allá que empecé la carrera, por las comidas en el FresCo y las cervecicas en Moncloa en buena compañía, por las nuevas personas que he conocido en España y he dejado de ver de repente, por aquellos amigos que veo una vez al año y parece como si nada hubiera cambiado entre nosotros.
Por el avión en el que me subí allá por el 31 de agosto.
Porque estoy descubriendo un país fascinante, por las clases de japonés (¡¡¡¡irrepetibles!!!!), por las miles de conversaciones de todo tipo (profundas, absurdas, las mesas redondas de clase juas juas…), porque la Unión Europea me parece una torre de Babel muy coherente, por nuestras coordinadoras (te echaré de menos, sabía que en el fondo me amabas aunque fueras un poco rancia conmigo!!), por nuestras profesoras de japonés (un monumento! gracias! no escaparás, te iremos a visitar a Tailandia!!), por las risas que me he pegado, por todas las situaciones absolutamente absurdas que he vivido (…unas cuantas…y eso que en España ya era un especialista…), por los Roppongis, los Shibuyas, los Shinjukus, por las siestas en el tren, porque he conocido a gente valiosa que me aporta algo y con la que me gustaría seguir teniendo contacto, porque me gustaría haber conocido mas a algunos/as de los/las Vulcanus (hay que tener muchos factores en cuenta!!!).
Porque hoy es Nochevieja y no hay plan de ningún tipo concreto salvo la Tokyo Tower, ahí a lo random de que vamos.
Y porque el expreso de Odawara parece detenerse, pero el viaje continúa.
Y ahora que se acabó la música, hágase el silencio. Que voy a dar las gracias.
Gracias.
A todos aquellos por los que he brindado.
Y weno. Como por todos es sabido que creo en el efecto mariposa (paradójico, ¿no? que alguien que puede que viva de la ciencia crea en la ciencia…), pues he decidido que este año me comeré la uvas en Tokyo, por eso de cambiarle las condiciones iniciales al año. A la hora tokyota, no a la española. Que el cambio espacial y temporal ya es suficiente como para conjurar la suerte de todo este año que empieza. Y en enero, Osaka, señores. Al concierto de Muse.
Seamos felices.
Cooper.