jueves, 31 de diciembre de 2009

El expreso de Odawara parece detenerse. Pero el viaje continúa

Hace unos años solía mandar por Navidad un email a toda la gente que consideraba importante deseándoles feliz Navidad y haciendo un balance del año que se iba. La Navidad era sólo una excusa para sentarme a escribir y poner en palabras muchas de las cosas que sentía y pensaba en aquellos momentos. No es que yo sea muy de celebraciones navideñas, prefiero un millón de veces un me acordé de ti que un me tuve que acordar de ti, pero weno, tengo que admitir que si no lo hacía entonces era poco probable que lo hiciera el resto del año. Weno, miento, creo que un año mandé la felicitación allá por junio o julio juas juas, y eso que según un amigo mío el año no empezaba hasta que yo mandaba la carta!
¿Que qué decir de este año? Pues no sé por donde empezar. ¿Empezar? Empezó mal. Y siguió peor. Creo que nunca en mi vida había experimentado un desfase mental y físico tan grande. Físicamente, donde tocara. Mentalmente, creo que estuve una temporada sin estar. Hasta que las buenas noticias empezaron a venir una detrás de otra: me dieron la Vulcanus, terminé la licenciatura (algo parecido al monasterio de El Escorial en este caso), terminé el máster de física aplicada, terminé el grado superior de acordeón, estuve todo un verano costreando (hacía ya 7 años que esto no sucedía), y sin comerlo ni beberlo ahora estoy viviendo en Japón. […]
Estos últimos 4 meses se me han pasado volando. Casi no me he dado cuenta, parece que fue ayer cuando aterricé en Narita. Y de repente ya es hoy. Hay que joderse. He recorrido tropecientos lugares, vivido otras tantas situaciones impredecibles, conocido a un montón de gente (a cada cual más interesante, más raro o más peculiar), me lo he pasado en clase como un niño pequeño (vaya mano que tuvieron a la hora de repartir las clases!! se juntó el hambre con las ganas de comer! cómo lo voy a echar de menos! qué risas!), he empezado a aprender japonés (vaya paciencia la de nuestras profesoras…), he olvidado lo que era dormir ocho horas o más (a pesar de que me quedo dormido en todos los trenes, sin que me roben, eso sí), casi se me ha olvidado respirar por momentos.
Son las primeras fiestas navideñas que voy a pasar fuera de casa. No echo de menos España, para qué voy a mentir. Necesito más tiempo para echarla de menos. No he tenido ningún bajón gordo desde que llegué, lo cual es wena señal. Añoro a ciertas personas, mi familia, mis amigos, la gente sana que llevo en el corazón (sí, tengo uno, aunque a veces parezca más soso que la mojama o más frío e inhóspito que un helado de cardos borriqueros). Pero como los llevo en mi corazoncito, van conmigo a todos los sitios. Aunque esté a diez mil kilómetros de distancia, sé a quién quiero, sé a quién respeto, sé para quién estoy. Aunque los caminos diverjan cada vez más y nos veamos cada vez menos. Nos hacemos mayores, sí! Aunque a muchos/as no les guste!
Y ahora, música. Que quiero brindar por las cosas que me han hecho sentir vivo durante este año.
Por el tiempo que he pasado con mi gente que me llena, por las conversaciones sin fin, por las miradas limpias y serenas.
Por la comida de mi padre (dedícate a la cocina, hostias!), el empeño sin fin de mi madre, por mi hermana (gracias!! ¡sabes que te quiero!), por mi tortuga Poti-Poti (¿qué habrá sido de ella? aaaaaahhhhhhh!!!!!!!!), por los ataques psicóticos de mi perra Chispa, por la alegría de mi perro Ron.
Por los domingos de Latina y las mañana de Francos Rodríguez, por los churros a las 5 de la madrugada en el bar más grasiento de Fuenla, por las cajas de cerveza desfilando una tras otra en Conde de Casal, por las pelis en el ático con el 2CV rojo al pie de la calle, por las horas muertas de palique en el laboratorio, por las idas y venidas a Villaverde, por el verano que me he dado con gente que conozco desde allá que empecé la carrera, por las comidas en el FresCo y las cervecicas en Moncloa en buena compañía, por las nuevas personas que he conocido en España y he dejado de ver de repente, por aquellos amigos que veo una vez al año y parece como si nada hubiera cambiado entre nosotros.
Por el avión en el que me subí allá por el 31 de agosto.
Porque estoy descubriendo un país fascinante, por las clases de japonés (¡¡¡¡irrepetibles!!!!), por las miles de conversaciones de todo tipo (profundas, absurdas, las mesas redondas de clase juas juas…), porque la Unión Europea me parece una torre de Babel muy coherente, por nuestras coordinadoras (te echaré de menos, sabía que en el fondo me amabas aunque fueras un poco rancia conmigo!!), por nuestras profesoras de japonés (un monumento! gracias! no escaparás, te iremos a visitar a Tailandia!!), por las risas que me he pegado, por todas las situaciones absolutamente absurdas que he vivido (…unas cuantas…y eso que en España ya era un especialista…), por los Roppongis, los Shibuyas, los Shinjukus, por las siestas en el tren, porque he conocido a gente valiosa que me aporta algo y con la que me gustaría seguir teniendo contacto, porque me gustaría haber conocido mas a algunos/as de los/las Vulcanus (hay que tener muchos factores en cuenta!!!).
Porque hoy es Nochevieja y no hay plan de ningún tipo concreto salvo la Tokyo Tower, ahí a lo random de que vamos.
Y porque el expreso de Odawara parece detenerse, pero el viaje continúa.
Y ahora que se acabó la música, hágase el silencio. Que voy a dar las gracias.


Gracias.
A todos aquellos por los que he brindado.


Y weno. Como por todos es sabido que creo en el efecto mariposa (paradójico, ¿no? que alguien que puede que viva de la ciencia crea en la ciencia…), pues he decidido que este año me comeré la uvas en Tokyo, por eso de cambiarle las condiciones iniciales al año. A la hora tokyota, no a la española. Que el cambio espacial y temporal ya es suficiente como para conjurar la suerte de todo este año que empieza. Y en enero, Osaka, señores. Al concierto de Muse.
Seamos felices.
Cooper.

martes, 29 de diciembre de 2009

El camino del mar del norte

La vida frenética que he llevado en Tokyo durante estos cuatro últimos meses toca a su fin. Ya se acabó el curso de japonés, con presentación en PowerPoint incluida (en japonés, por supuesto, tengo que decir que no entendí ni el 10% de lo que dijeron mis compañeros…, por cierto, a nuestro grupo le tocó exponer sobre manga y anime, yo hablé de Miyazaki, genio donde los haya). Ya hubo celebración en el Instituto Cervantes, con actuación acordeonil incluida, y fiesta posterior en Roppongi hasta horas intempestivas de la madrugada. Ese día ni pasé por casa. Después de sobar en casa ajena (por supuesto, me perdí intentando llegar), fui directamente a mi nuevo destino: el aeropuerto de Haneda. Siete personas. Un calendario de adviento. Un monovolumen alquilado. Ropa de nieve. Cansancio hasta en el aliento. Pero con todas las ganas. Pasaríamos allí el día de Nochebuena y Navidad. Destino: Hokkaido (北海道). Mi camino se cruzaba con el camino () del mar () del norte ().

La idea que llevábamos en mente era pasar 4 días haciendo turismo y luego otros 3 esquiando o haciendo snow, caso del servidor. Nada más aterrizar en el aeropuerto (nótese el avión Pikachu que pululaba por allí), recogimos las maletas y fuimos a coger el monovolumen que habíamos alquilado para el viaje (ocho plazas = siete personas + maletas y cachivaches).

Ese día teníamos que llegar a Furano antes de no sé qué hora, ya que sería donde hiciéramos noche. El albergue era muy acogedor, las habitaciones de tatami, cuadros y libros por los pasillos… Sin tener en cuenta el resort donde estuvimos esquiando, casi todos los albergues donde estuvimos tenían algo en común, estaban en medio de ningún sitio… o de casi ningún sitio… El buen hombre que regentaba el lugar vivía allí con su mujer y sus dos hijos pequeños (uno de ellos un bebé), y al día siguiente de levantarnos nos tenía preparado un desayuno que para qué, come de todo lo que puedas hasta que revientes. Me estoy empezando yo a hacer a los desayunos japoneses, que más bien parecen comidas… 

Nuestro siguiente destino era una zona de onsen dentro del parque nacional de Daizestusan, que ahora en invierno está cerrado al público para hiking y demás actividades deportivas. Por supuesto, no podía faltar la anécdota del primer día: nos llevamos una maleta que no era nuestra (no comments), y al rato de estar conduciendo nos llamó la buena mujer del albergue, que si podíamos devolverla la maleta a la dueña que estaría esperando en la estación de Furano… Parece que no soy el único que está en la parra… Por cierto, de camino al onsen descubrimos este gran lago helado…
 
Ya en el onsen, nos dedicamos a hacer lo que se hace en un onsen, bañarse en agua caliente y relajarse, que pa eso llevábamos varias horas de viaje. Pero aquí la coña es que había baños de agua caliente fuera del edificio, rodeado todo de nieve (mola probar a revolcarse en la nieve para luego meterse enseguida en el agua caliente). Alguien tuvo la sospechosa idea (no fui yo, por si alguien pregunta, que nos conocemos) de empezar a hacer fotos de todos en pelotas en el onsen… Esto se repitió en los siguientes onsen a los que fuimos en Hokkaido, vamos, que a estas alturas hay un book gay de Hokkaido rulando por algún sitio (si alguien está interesado/a se puede negociar el precio en función de la política de pixelado).

De aquí, a Abashiri que vamos, en la parte más al este de Hokkaido. Introdujimos el teléfono del albergue en el GPS (qué nivel Maribel) y cuando llegamos, nos indicaba un sitio en medio de un campo donde no había nada. Todo oscuro que te cagas, nevado, y sin un alma a la vista. Claro que el albergue estaba 100 metros más abajo, cosas de la sensibilidad del aparato… Aunque es mejor que casi morir arrollados por un autobús en un cruce, cosas de conducir por la izquierda… Puede que aun mejor que atascar un váter a base de truños colosales…
El día siguiente nos tomamos nuestro tiempo para visitar Abashiri. La idea era ir al museo de las gentes del norte (en referencia a los pobladores ainu que vivían aquí antes de que formara parte del territorio japonés allá por finales del siglo XIX), pero resulta que los lunes estaba cerrado… Así que nos dedicamos a pasear por la vera del mar y visitar el cabo Notoro.
 
Después de pasar un frío del carajo a la vera de los acantilados (no es que hiciera muchos grados bajo cero, pero hacía un viento…!), y como el museo ainu estaba cerrado, pues al final decidimos ir al museo del mar de Okhotsk. El caso es que la visita fue completita, fotos con las azafatas, entrevista de la tele local, experimento de cómo una toalla mojada se pose tiesa después de girarla a 15 grados bajo cero, contemplación de peces a cada cual más raro, vistas del valle desde lo alto del museo… 
 
Y a esto después, fuimos a ver un laguito mu cuco lleno de cisnes, patos y demás aves sin identificar… Algo ruidosos los bichos… 
 
Siguiente parada: Akan. Cena, instalación en el albergue, onsen, y un poco de música del servidor (¡no soy pianista!) para acabar la noche al calor de una estufa eléctrica y jugando a burro. Con explicación incluida para nuestro colega austriaco (es lo que tiene ser el único no español del grupo…). 
 
La idea era levantarse al día siguiente para ver amanecer (a las seis…) desde un rotemburo (un baño caliente natural), ya que intentamos hacer lo mismo anocheciendo pero llegamos con la hora un poco justa ya había anochecido para entonces. El rotemburo estaba a 68 grados, así que como que una vez en pelotas nadie consiguió meterse dentro… Aunque sí que quedan algunas fotos como ésta, con el rotemburo al pie, el lago al fondo flanqueado por las montañas nevadas y algo que se puede haber perdido en el horizonte de tan magnífica vista.
 
Lo mismo para el amanecer desde el lago… 
 
Después de esta experiencia tan ensoñadora, nos dirigimos hacia el parque nacional de Akan, donde pasaríamos el resto del día haciendo hiking entre montañas nevadas y utilizando raquetas de nieve. En buena hora… Yo que llevo la vida casi sin hacer deporte, casi me muero del esfuerzo!! Tengo que empezar a hacer deporte ya (esta frase me es algo familiar ahora que lo pienso…). 
 
Después de tan magno esfuerzo, un onsen era una recompensa ideal, con sus baños calientes, la sauna, el onsen exterior en medio de la nieve… vaya relax!! Pero todo esto ya en Obihiro, donde haríamos noche en una cabaña totalmente acogedora para al día siguiente dirigirnos a Noboribetsu, otro parque natural. Sería nuestro último día antes de salir escopetados a dejar el coche cerca del aeropuerto de Sapporo y dirigirnos hacia Rusutsu, donde habíamos reservado en el resort para esquiar durante tres días. 
 
He aquí las imágenes y los vídeos de Noboribetsu. Tengo que decir que el lugar me gustó mucho, con sus vapores de azufre manando de las entrañas de las tierra, salpicado todo de nieve. Me hubiera gustado quedarme allí más rato, aunque como llevábamos prisa porque teníamos que ir al aeropuerto, pues al final no pude disfrutar lo que me hubiera gustado. 
 
Y weno, una vez llegados a Rusutsu, la primera noche dormimos en un albergue del pueblo, y las dos restantes en el resort, ya que salía más barato de esta forma (en las noches de hotel estaba incluido el forfait del día, así que no nos salía rentable porque ese día no íbamos a esquiar…). 
 

Y a partir de entonces, el servidor snowboardeó los tres días, mi técnica es nula nulísima, aunque como sabía derrapar a la vez que zigzagueaba de un lado a otro, pues ahí que te iba lanzándome por pistas rojas y alguna que otra negra por equivocación (he aquí una prueba más de que estoy en la parra, pero es que era una pista nocturna y no veía nada, además iba sin gafas…). Creo que si mi madre hubiera visto las pendientes de las pistas me hubiera cortado las pelotas directamente. Pero weno, después de hacer el ganso estuve intentando pulir mi técnica en las pistas fáciles, casi conseguí aprender a girar y ponerme alternativamente de espaldas y de frente a la pendiente…! Eso sí, iba coleccionando agujetas en todos los sitios, sobre todo en los brazos de levantarme cuando me daba cebollazos intentando depurar mi técnica (parece mentira pero haciendo el ganso no me caía casi…).
Por cierto, a que mola el queso que me comí por Nochebuena? Sí, sí, era negro del todo, por dentro también…
 
Y he aquí las imágenes del océano Pacífico desde lo alto del monte Isola (pista roja por supuesto, y vaya pista…!). Y las vicisitudes de nuestra aventura en trineo del último día (sorry, hay vídeos muy buenos de este día pero todavía no están en mi poder… maldición…). 
 
Y weno, acabado el deporte, a Sapporo a pasar la última noche antes de volver a Tokyo. Sapporo es una ciudad grande, y también estaba nevada. Como todo Hokkaido durante el tiempo que estuvimos. A cenar a la calle del ramen (es una calle estrecha donde sólo hay restaurantes de ramen) y a tomar algo a un pub altamente recomendado por la Lonely (la Lonely es dios, alabad a la Lonely… juas juas juas). Es gracioso cómo la gente se puede picar jugando a los dardos jeje. 
 
Y weno, al día siguiente, al aeropuerto y de vuelta a Tokyo. Se puede comprobar que el cansancio hacía estragos… 
 
Y aquí se pone fin a nuestra aventura por tierras de Hokkaido. Cuanto más visito este país, más me enamoro de él. Esta larga semana de road trip y nieve ha sido muy enriquecedora. Y agotadora hasta la médula. Pero el viaje no termina aquí…