martes, 20 de julio de 2010

Hong Kong, una jungla urbana

Lo primero que me llamó la atención nada más aterrizar en Hong Kong (香港), aparte de la amalgama de luces que se dibujaba desde el avión, es que se volvían a ver kanjis por doquier en los carteles, que ya entre tanto alfabeto tailandés y camboyano empezaba yo a echarlos de menos! Aunque weno, eso no quiere decir que supiera leer lo que ponía en los letreros, ya que no todos los que se utilizan en China se utilizan en Japón, y también algunos cambian ligeramente, tanto en la grafía como en el significado. Y weno, ya me cuesta sudor y lágrimas leer en japonés como para leer en cantonés... Aterrizamos, recogimos las maletas, estampamos visado, cambiamos dinero, y fuimos de cabeza al Burger King. Efectivamente, comida sana donde la haya. Pero es que estábamos famélicos, así que había que dejar los sibaritismos a un lado, debíamos sacrificarnos y comernos una de esas hamburguesas que están deliciosas, pero que deben ser muy malas [entonar a lo Doctor Maligno] para la salud, tanto física como mental.
  
Lo segundo que me llamó la atención fue que al salir para coger el autobús no.21 que nos llevaría hasta el hostal, parecía que de repente hubiéramos aparecido en el centro de Londres. Todos los autobuses son como los que hay en Inglaterra, de ésos estrechos de dos plantas. Nota para desprevenidos (aka. nosotros): los conductores sólo aceptan los 33 dólares hongkonianos en monedicas, así que para los que lleven únicamente billetes, es recomendable pasar por la taquilla antes de estar esperando. Si no, es probable que cuando vayas a subir con las maletas, te saluden con un sólo aceptamos monedas, y veas cómo el autobús que deberías haber cogido se te escapa irremediablemente.
 
Como en tantos otros sitios, el aeropuerto está algo apartado del centro de Hong Kong, concretamente en la isla de Lantau (大嶼山). En autobús, se tarda más o menos una media hora en llegar a la zona de Kowloon (九龍), donde teníamos reservado el alojamiento. La noche ya había caído sobre la ciudad, así que el paseo se convirtió en un ir y venir de luces, ya fueran farolas que desfilaban en la autovía o rascacielos trufados de enjambres de luciérnagas. Lloviznaba un poco, un ejército de nubes disfrutaba tramando una invasión, presagio del tiempo que nos iba a hacer durante los dos días siguientes. Increíblemente, nos bajamos en la parada correcta, y tras perdernos un rato callejeando, finalmente encontramos el albergue en cuestión. Edificio Sincere House, séptimo piso.
 

El lugar resultó ser bastante decepcionante, por varias razones, aunque visto lo que nos gastamos, tampoco nos extrañó demasiado. Básicamente se trataba de un piso del que habían sacado cinco o seis habitaciones, todas ellas pequeñitas, el espacio justo para meter una litera ancha, más menos medio metro entre el borde de la cama y la pared, y un lavabo donde podías ducharte a la vez que estabas sentado en la taza (...la manguera de la ducha era un poco más larga que mi brazo). El recibidor y el salón eran la misma cosa. Había un pequeño sofá justo enfrente de la tele, y en perpendicular, una silla se encajaba bajo la mesa del ordenador. Un perro de raza escarbachocho escondido en su madriguera y una lavadora en la que se podía leer no usar bajo pena de multa completaban lo peculiar de la escena.
La tipa que nos atendió, camiseta blanca casi transparente del uso, pantalones cortos de tela de andar por casa, delgada, blanquísima de piel (tanto que las varices que lucía parecían tatuajes), era más rancia que un litro de leche abierto macerando un mes al sol en una terraza cualquiera. Nos atendió de una forma muy seca, no es de extrañar, ya que la interrumpimos en medio de una película de serie Z que debía ser interesante de la hostia. Como pudimos comprobar los otros dos días, ése era su estado habitual, merendándose el ordenador con la mirada, teniendo sexo casual con la pantalla, o haciendo ras que te tras e imaginándose al otro lado cual protagonista de dichas series cutroides. Sólo intenté comunicarme con ella una vez, y fue para decirle que el wifi no funcionaba. Casi me come. Yo le enseñaba el papel en el que me había escrito la contraseña y le decía que no funcionaba, y ella me miraba con cara de¿por qué me molestas? pareces tonto, te perdonaré la vida por esta vez, y me enseñaba otro papelito sobre una vitrina en la que estaba la contraseña, ahí está, ahí está, y se enfrascaba de nuevo en la tele. Analizando el papel, pude descubrir por qué no funcionaba la contraseña... La sutil diferencia entre una F y un 7 con rabito...
Después de habernos instalado, ducha correspondiente, nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores del barrio de Kowloon. Hong Kong es una metrópoli al fin y al cabo, rascacielos, tiendas, conbinis, consumismo, trabajo, gentío, anuncios, negocios... En la calle te venden todo lo vendible y por vender. Los puestos de comida callejera abundan, lo que hace que las aceras se impregnen de un olor a fritura, cerdo, queso rancio, caramelo, y un sinfín de aromas remezclados entre sí, imposibles de identificar individualmente. Coches, autobuses y gentes de colores se pierden entre semáforos, pasos de cebra, molestas obras y estaciones de metro. Al día siguiente habíamos quedado con el hongkonés abstemio, amigo del zebiriano, no teníamos nada planeado, pero ya improvisaríamos. Después de cenar algo rápido en un conbini, nos volvimos a nuestro amado hostal a dormir la mona, que entre tanto trajín ya teníamos cansancio acumulado.
 
El día siguiente amaneció gris y nublado, lloviznaba un poco, pero no como para tener que habernos comprado un paraguas. Habíamos quedado con el hongkonés abstemio en la estación más cercana a nuestra morada, Mong Kok, y allí nos encontramos con él, algo más tarde de la hora a la que habíamos quedado (por problemas de comunicación telefonil). Después de proponerle la ardua tarea de que nos hiciera de guía por Hong Kong, decidimos ir a ver el gran buda al aire libre que hay en la isla de Lantau, un poco a freir espárragos del centro de la ciudad. El buda Tian Tan se encuentra en lo alto de un monte, así que uno de los atractivos consiste en subir en teleférico. En el pase que nos pillamos, iban además incluidos unos autobuses para darnos un voltio por la isla, en la que además del buda, también hay un pueblito típicamente pescador.
 
Para admirar de cerca al buda Tian Tan hay que subir primero por una callecilla típica de pueblo europeo, en la que se podían ver expuestas varias cabinas de teleférico de diversos países, y luego se toman unas laaaaargas escaleras que te llevan justo a la base. Lo gris del día estaba macerado también con viento, así que allí en lo alto del monte, había cada ráfaga que como te descuidaras un poco podías salir volando con bastante facilidad.
 
Visto el buda, tomamos un autobús que nos llevó a un pueblito típico pescador también en la isla de Lantau. Al igual que en Camboya y Bangkok, los pilares de las casas a la vera del río, de madera, se hundían en el agua, creando un efecto peculiar de flotabilidad. El resto lo completaban mercadillos de pescados y mariscos, ya fueran frescos, desalados, ahumados, secados, o deshidratados.
 
Ya de vuelta para el centro de la ciudad, nos paramos a comer en un macrocentro comercial donde la zona del restaurante estaba dividida por movidas temáticas, comida china, japonesa, coreana, macaense… Yo quería comer algo hongkonés, así que me pedí lo que me recomendó el hongkonés abstemio, unos dim sum de gambas acompañados de fideos y acelgas con salsa…
 
El resto de la tarde estuvimos pateándonos Hong Kong de arriba a abajo. Primero fuimos a lo que llaman Lady’s Market, una calle con puestos ambulantes a los dos lados, arrefundados en lonas, y con todo tipo de falsificaciones a buen precio: ropa, electrónica, complementos, chorradas varias, juguetes, cuadros… Luego nos dejamos arrastrar hasta la bahía, a mi se me había metido entre ceja y ceja que quería una panorámica del puerto Victoria (se pueden encontrar algunas espectaculares por internet), pero desgraciadamente, la niebla había decidido cebarse con nosotros, así que apenas se pueden distinguir un par de letreros rojos iluminados en las fotos. Por último, recabamos en un parque salpicado de curiosas esculturas contemporáneas….
 
Hacia esas horas, el hambre había vuelto a llamar a la puerta de nuestros estómagos, así que paramos a cenar algo en una de las múltiples terrazas que se distribuían por las calles (por cierto, la San Miguel de Hong Kong es una marca filipina, que no española). De nada había servido que un rato antes nos hubiéramos metido entre pecho y espalda un tentempié, llevábamos todo el día andando, y nos supo a poco. Así que allí que nos sentamos, en la acera, comulgando con los tubos de escape de los coches que pasaban por detrás, mientras la mesa se iba rellenando con cervezas, unas verduras con carne, y una especie de gambas que bien podrían haber pasado por gambas al ajillo, de no ser porque no creo que en España te pongan palillos para comer… El tipo del restaurante, un poco mafias, tenía su punto gracioso…
 
Ya para rematar la noche y despedir al hongkonés abstemio, y después de dar un paseo para bajar la comida, nos fuimos a tomar unas birras a una zona de marcha de Hong Kong. El sitio estaba lleno de garitos, algunos de los cuales eran mazo de chic, pero al final nos decidimos por uno especializado en cervezas (no soy mucho de copazos, a no ser que vengan incluidos en una barra libre o en una fiesta en casa de alguien con botellas propias, que hay que joderse lo caros que son los cubatas, y ya se sabe que si son baratos es o que no van cargados o que es garrafón del de resaca diabólica). Conseguimos convencer al hongkonés abstemio que se tomara una, y efectivamente pudimos comprobar que no solía beber… Casi se cae por las escaleras cuando fuimos a despedirle (y no, no fue porque estuviera chispeando y el suelo estuviera resbaladizo)… Mejor no haber insistido en que se tomara otra!! Del resto de la noche, mejor no hablemos, que yo tengo una reputación que mantener…
 
El último día amaneció como todos los anteriores. Nublado. Tocaba ir a visitar la isla de Hong Kong (básicamente nos habíamos movido por el barrio de Kowloon, aparte de nuestra escapada a Lantau), así que nos dirigimos al puerto para coger uno de los barcos que cruza la bahía (tampoco hubo foto esta vez!). No hace falta decir que intenté salir a la cubierta, pero como habíamos pillado tickets de los baratos, pues no teníamos esa opción. Aún así, se podía sacar la cabeza por fuera, inclinándose por encima de la barandilla. Eso me bastó para sentir la brisa del mar zumbándome en los oídos, deleitándose en mi olfato. Al otro lado de la orilla, los rascacielos de Hong Kong se levantaban fantasmagóricos entre la neblina.
 
A diferencia de Kowloon, que para mi gusto tiene un sabor más caótico y auténtico, la isla de Hong Kong es una aglomeración de cemento y alquitrán, un suma y sigue de carreteras que entran y salen, rascacielos que compiten en diseño e ingeniería, y obras, obras, muchas obras (…algún día las tendrán que acabar!!). Dimos un voltio entre tanto edificio, pero al final acabamos yendo por la vera del puerto, parecía que tenía un imán que nos atraía, y efectivamente, es que hacía una brisilla que era agua de mayo para tanto calor achicharrante… Terminamos sentados en unos asientos en el puerto marítimo, contemplando a unos pescadores apostados en una barandilla, y durmiéndonos como marmotas al rato…
 
Después de nuestra improvisada siesta nos entró el hambre (parece que de tanto trajín se nos alteró el orden natural comida-siesta), así que andamos un rato hasta que encontramos un sitio en el que ponían ramen. Es bastante distinto a los que suele haber en Japón, el caldo de éste estaba agridulce, nada que ver con la soja o el miso, y además yo me lo pedí con dim sum flotantes salpicados de unas plantas parecidas a las acelgas. Rico rico, y con fundamento…
 
Para bajar la comida decidimos darnos un paseo hasta el funicular del Peak View. Una vez que se sube a lo alto, se tiene una vista espléndida de Hong Kong, con sus rascacielos, la bahía, y las luces que empiezan a cobrar vida a medida que se va acercando la noche. Pero desde que aterrizamos, las nubes no hicieron más que reírse de nosotros, concretamente de mis ganas de sacar una panorámica bonita de la ciudad. Mientras nos dábamos el paseo hasta el funicular, nos dejamos caer por un gran parque cercano (lo siento, no me acuerdo del nombre). Además de poder meterse en fuentes y contemplar la vida de un día cualquiera de sábado hongkonés, también pudimos visitar el aviario de Hong Kong. Realmente es un sitio que merece la pena, está lleno de pájaros de diversas partes del mundo, muchos de ellos asombrosamente llamativos, y además es gratis! Las que más gracia me hicieron fueron una especie de perdices que se dedicaban a subir y bajar una cuesta de forma casi automática y programada… Llegué a dudar de su inteligencia…
 
El viaje a la cumbre del monte ponía fin a nuestro día de turisteo por Hong Kong. Y también ponía fin a nuestras dos semanas de peripecias por el sudeste asiático. Éramos conscientes de que al día siguiente estaríamos en un avión en dirección a Tokyo. Así que decidimos despedirnos de la mejor manera posible. En un Burger King, por supuesto. Última cena antes de volver a nuestras respectivas vidas. A la mía, llena de momentos, vacía por momentos, y con un paréntesis físico y mental que estaba a punto de cerrarse en el tiempo. Yo tenía el vuelo a las ocho de la mañana (echando cálculos, había visto que si salíamos de Hong Kong a la misma hora llegaría a Narita bastante tarde, y tampoco quería jugármela a quedarme sin trenes hacia casa, así que al final pillé uno de los primeros vuelos), pero como estaba canino de cojones y no había autobuses tan temprano como para llegar a las seis al aeropuerto, pues al final me pillé el último autobús público y me quedé sobando, un ojo cerrado y otro abierto (no porque me rallara que me robaran, sino para asegurarme de que oiría la alarma de mi móvil), en uno de los bancos de la terminal.
 
Una escala, Beijing. Un aterrizaje, Narita. La Keisei, la Yamanote en hora punta. Mi querida Odakyu. Las diez. Llego a casa. Reventado. Las imágenes de quince días de vivencias se zumban de tortas en mi cabeza. Las sensaciones se agolpan en batiburrillo, las situaciones buscan sitio en sus correspondientes cajoncitos, intento rememorar olores, sabores, hacer un inventario de sonidos que puede que nunca oyera. Me tiro en internet hasta las tantas. Cierro los ojos, sueño. Todo se sucede, Bangkok y Ayutthaya, Siem Reap y Angkor Wat, Phuket y las islas, Hong Kong. Siento una avalancha de brisa en mi cara, desde la ventana de un tren, desde una bicicleta oxidada, apoyado en la barandilla de un barco, sentado en un tuk-tuk, perdiéndome en lo alto de una montaña. Y el sueño se acaba convirtiendo en sueño.
 

Hasta la próxima. Espero que no dentro de mucho.

4 formas de ver las cosas:

  1. PERO BUENO!!!!! MADRE MÍA!!!! QUE SUPER AVENTURAS!!!!! Cuando te veremos por aquí?? He estado muy ausente pero he vuelto por vacaciones...

    Cuando tienes estos viajes taaaan intensos necesitas mucho tiempo para asentar todos los recuerdos, pero al escribirlo y poner fotos no te olvidarás de ningún detalle, y las experiencias que parezcan más complicadas serán las mejores! ;) un besazo desde la cibelina!!

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  2. Felicitaciones por la nueva interfaz del blog realmente quedó barbara ;) , las opciones de los nuevos diseños se ven bastante interesantes.
    Y comenzando por el tema principal Hong Kong por lo que vi en las fotos fué tal como lo había imaginado UNA JUNGLA DE CEMENTO!! o como bien dices una "Jungla Urbana" . Lamento mucho por la atención brindada del hotel, son de esas personas que de tan cansadas de estar por atender que necesitan también ser atendidas (en todo sentido).
    El viaje fué bastante largo y sin lugar a duda creo que en esos 15 días han vivido lo que cualquiera de nosotros viviríamos en casi una vida entera jaja ya estoy viejo, me alegro mucho que gasten dinero a matar saliendo por todos lados ya que estos viajes son los recuerdos que más quedan grabados en la retina de nuestro corazón.
    Un saludo enorme hasta pronto!!!

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  3. Como siempre un placer volver a leer tus entradas.

    Un abrazo

    Pd: Me gusta el cambio de estilo del blog

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  4. mariane: Juas juas, pues volveré ya en septiembre, ya he visto que has retomado el blog por vacaciones jeje. Ya, una forma de no olvidar los detalles es pararse a ver las fotos y escribir lo que se te pasa por la cabeza. Pero qué te voy a contar...! Un besazo desde la otra parte del mundo!

    馬丁: Muchas gracias! Si te digo la verdad, no me acababa de decidir por el cambio, quería ponerle un fondo propio, pero como me tengo que pegar con el html, pues al final decidí utilizar la nueva opción de Blogger jeje. Y sí, Hong Kong es una jungla de cemento! Y la tía del hotel era muy rancia, yo creo que sí necesitaba ser atendida... Tú todavía eres joven, así que no me digas que estás mu mayor pa darte algún viaje así! Lo que pasa es que luego a uno se le queda la cuenta bancaria tiritando (lo digo por experiencia!!!).

    Fortuna y Gloria: Muchas gracias! Aunque a veces me gustaría ser algo más constante escribiendo...! Lo del cambio del estilo es algo que me ha traído de cabeza, pero weno, al final me tuve que decidir por algo.

    Un abrazo a todos y gracias por comentar!!!

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