Aunque esta historia comenzó como suelen comenzar la mayoría de mis aventuras por Japón, léase, embutido en un autobús nocturno, esta vez un detalle hacía que fuera diferente a las demás. El día de antes acababa de aterrizar en Narita mi amiga rugbera que estuvo de Erasmus en Grenoble, y hacía ya unos cuantos días que mi amigo informático [con máster en vuvuzela] y su novia politóloga se estaban pateando Japón. Coincidía con un fin de semana largo de tres días, el lunes era fiesta nacional, así que había que planear algo. En la hoja de ruta, Nara (奈良), Nagoya (名古屋) y Shirakawa-go (白川郷).
Cuando uno está canino de cojones, como servidor, siempre acaba cocinándose alguna forma de apuntarse a todo, maximizando el rendimiento del poco dinero que tiene en la cuenta. Entre las Soluciones Cooper S. A., se encuentra la opción de pedir dinero a amigos y parientes, por supuesto a devolver en algún momento, pero es la que menos utilizo, más que nada porque lo de tener de deber dinero a conocidos es algo que me estresa bastante. Por el contrario, mi plan de ahorro se enfoca más bien a movidas cotidianas, léase, localizar y arrasar con las ofertas del súper [ver sección de congelados], ir en bici al curro (por cierto, ya no tengo bici, el otro día la dejé aparcada en la calle y cuando volví no estaba!!! a ver si me acerco a la comisaría a preguntar…), suprimir la cerveza y caprichos afines, hacer una proyección de los gastos hasta nueva paga… Weno, que esto venía a que hace un mes encontré una página donde había autobuses súper baratos, que ya me hubiera gustado descubrir bastante antes, lo que me habría ahorrado!! Lo que pasa es que ya se sabe, si cuesta tan poco muy cómodo no debe de ser, y efectivamente, no lo era. Pero tanto mi amiga rugbera que estuvo de Erasmus en Grenoble como yo, en un acto de determinación mística sin precedentes, optamos por la vía barata. Y acabamos llegando a nuestro primer destino, Nara.
La idea era juntarnos en Nara con nuestro amigo informático [con máster en vuvuzela] y su novia politóloga, que venían de visitar Kyoto (京都). Habíamos quedado a eso de las siete (o las ocho) de la mañana con mi amigo el murciano, majo donde los haya, que tuvo el detalle de dejarnos el piso para pasar la noche. Como el autobús se retrasó bastante más de lo normal, al final acabamos llegando a las nueve a Nara, tiempo de saludar a mi colega y despedirlo, pues tenía que atender otros quehaceres de suma importancia en Kyoto [farra, playa]. Y a eso de las diez terminamos recogiendo al resto de la tropa en la estación, se dejan las maletas en el piso franco, algo ligerito para desayunar (hora española jeje), y a patearse la ciudad de Nara.
Básicamente, la zona turística de Nara se puede ver en un día. Tanto los santuarios como los templos importantes están situados en el Parque de Nara (奈良公園), al que se puede ir andando en diez minutos desde el piso de mi amigo murciano. Lo curioso del parque, que recibe a los visitantes con un gran torii rojo, es que está lleno de ciervos, ya sea paseando o descansando a la sombra de las grandes extensiones arboladas. Sí, así dicho pueden parecer animales muy afables, bonitos, supercursis, amos, toda una monada, pero tengo que admitir que son bestias bastante más toscas que las de Miyajima (宮島), pues que sólo se acercan a ti si les vas a dar algo de comer, nada de dejarse tocar. Y si no tienes nada, ya se apañan para merendarse cualquier panfleto que lleves en la mano, o la manga de una chaqueta de verano, si se tercia. Aún así, la novia politóloga de mi amigo informático seguía empeñada en intimar con todos ellos, sabiendo que podía peligrar su integridad física…
La primera parada fue el templo Todaiji (東大寺), morada de una de las estatuas de buda más grandes del mundo, o como las llaman los japoneses, un daibutsu (大仏). El edificio en el que está situada la estatua también tiene fama de ser la mayor construcción de madera de la tierra. Tras atravesar el torii de la entrada, con sus correspondientes dos guardianes (uno con la boca abierta y otro con la boca cerrada), se pagan los 500 yenes del billete y se andan unos pocos metros hasta desembocar en una explanada. El templo se levanta solemne en el centro de tan pintoresca postal, y a los lados del camino embaldosado que conduce hasta la entrada, se dibujan un par de zonas verdes que destilan silencio y tranquilidad, aún cuando el lugar esté infestado de turistas. Sí, yo también soy un turista, pero cuando voy a lugares sagrados, siempre me los intento imaginar vacíos de gente, sitios donde me gustaría pasar un rato a solas con mi soledad, mirar a un punto fijo durante veinte minutos, escuchar cómo crujen las maderas, y oír cómo las ideas se retuercen en mi cabeza. El daibutsu es impresionante, más que nada por sus dimensiones. Pero aparte, también salpican el interior del edificio otras cuatro estatuas más modestas. La gracia del templo, es que hay un pilar agujereado al lado de una de estas estatuas. Supuestamente, el tamaño de la abertura es idéntico al de uno de los agujeros de la nariz del buda, yo le eché un vistazo para ver si podía colarme por el hueco, pero amos, que ni rebozado en unto. Por el contrario, mi amiga rugbera acabó convirtiéndose en todo un moco de buda, siendo la única de nuestro grupo que lo consiguió.
Después de maravillarnos con el daibutsu, nos dedicamos a recorrer el parque de Nara de una forma un tanto aleatoria, visitando los templos y santuarios que se cruzaban en nuestro camino. Ni que decir tiene que no me acuerdo del nombre de los sitios, salvo del Kofukuji (興福寺), el último templo que visitamos. Junto con el buda gigante, es otro de los lugares más frecuentados en Nara. La característica que lo diferencia de los demás es que luce una pagoda de cinco pisos. A estas alturas, mi cámara murió por sobredosis de fotos.
Después de maravillarnos con el daibutsu, nos dedicamos a recorrer el parque de Nara de una forma un tanto aleatoria, visitando los templos y santuarios que se cruzaban en nuestro camino. Ni que decir tiene que no me acuerdo del nombre de los sitios, salvo del Kofukuji (興福寺), el último templo que visitamos. Junto con el buda gigante, es otro de los lugares más frecuentados en Nara. La característica que lo diferencia de los demás es que luce una pagoda de cinco pisos. A estas alturas, mi cámara murió por sobredosis de fotos.
Después de tanto paseo, ya estábamos famélicos (serían ya casi las cuatro de la tarde), nos pusimos a dar vueltas a ver si encontrábamos un sitio en el que comer algo. Y weno, ya se sabe qué pasa con este tipo de decisiones, ¿no? Enga a andar y a andar, y al final, acabas caminando más de una hora por la ciudad vieja de Nara para fichar algún sitio apetecible. Después de agregar varios a la lista, nos decidimos por uno en el que había varios menús, con su correspondiente plato principal, sopita de miso, arroz y aperitivos. Y qué bien que nos sentó, porque yo ya estaba a punto de desfallecer…! Acto seguido, al piso que nos había cedido momentáneamente mi amigo el murciano, descansar un rato, y rematar la faena del día en un onsen. Aparte de aquel rotemburo inabordable de Hokkaido, este onsen ha sido el más caliente en el que me he podido meter, al final parecía una peonza que iba y venía, alternando entre la piscina de agua fría y las zonas de agua caliente (demás bañeras, sauna). De cenar, visto lo matados que estábamos, un helado. Y a dormir hasta el día siguiente. Eso sí, la noche se convirtió en un rememorar de anécdotas de antaño, una conversación de lado a lado del futón, mezclada a medias con mi cansancio y ganas de dormir, y es que, aunque nuestras vidas diverjan y cada cual se construya su propio mundo y dé forma a sus más íntimas ilusiones, dieciséis años de amistad en una noche dan para mucho…
Al día siguiente nos levantamos pronto. Habíamos quedado en Nagoya (名古屋) con una amiga japonesa de mi amiga rugbera, así que como mi amigo informático y su novia tenían en JR Pass, se fueron en una línea de la Japan Railways, pero como los otros dos no lo teníamos (mi amiga porque lo validaría la semana siguiente y yo porque al tener la visa no me lo puedo sacar), pues nos fuimos en una línea privada, que nos salía más barato. Un par de horas más tarde nos reencontraríamos, y allí, debajo del reloj dorado de la estación de Nagoya, nos juntamos con las amigas japonesas que también habían estado de estancia en Grenoble. Entre que metíamos todos los trastos en una taquilla para ir más ligeros, nos dieron las once y pico. ¿Qué hay para ver en Nagoya? Respuesta de las niponas, nada (tengo que admitir que no eran las primeras que me lo decían). Lo único interesante que se presentaba sería ir a ver el castillo de Nagoya, que como la mayoría de los castillos de Japón, está reconstruido. Así que nos recomendaron ir a Inuyama (犬山), literalmente, la montaña perro, que está como a media hora en tren.
La primera impresión que me llevé del pueblo fue la de un sitio abandonado por el tiempo. Pero depués de pasear durante un rato, tengo que admitir que la parte vieja de Inuyama tiene un encanto especial (weno, eso sin contar la marea enmarañada de cables que surcan los cielos, algo muy japonés a lo que termino de acostumbrarme…), con sus callejuelas salpicadas de casitas bajas de madera oscura en las que venden y revenden todo tipo de cosas más o menos útiles. Por un momento me pareció haber vuelto a las calles de Kitakata, menos bulliciosas pero con un toque igualmente singular. La principal atracción del pueblo es su castillo (sí, ya sé que Nagoya también tiene uno…), y lo es porque es uno de los pocos en Japón que aún conserva su estructura y sus cimientos originales del siglo XV. Incluso nos encontramos por nuestro camino con un samurai de los de antes que tuvo a bien hacerse una foto...
Antes de llegar al castillo hay un templo sintoísta flanqueado a la entrada por los típicos toriis, que en este caso eran de un rojo algo más tirando a granate que los que suelen verse por otros lugares. Tras pasar por debajo de una retahíla de toriis, se llega a la explanada en la que se levanta el castillo. Una vez dentro, para mi sorpresa, estaba hasta las tetas de gente. Y weno, el procedimiento es el mismo que en la mayoría de los castillos japoneses, te descalzas, y vas subiendo los pisos siguiendo el recorrido, que suele ser en círculos. Y lo que te puedes encontrar dentro también es predecible: maquetas, historias de batallas y señores en paneles repartidos por las paredes, trajes de samurai en vitrinas… Aunque en este caso dos cosas le daban un toque algo más personal, la primera era una habitación en el centro en la que había fotografías de todos los castillos de Japón, y la segunda era que las escaleras de subida, de madera, eran estrechísimas y empinadísimas, de modo que muchas veces era más eficiente dejar que la gente bajara o subiera antes que intentar hacer de la escalera una vía de doble sentido. Desde las terrazas de arriba, el río.
Nos estábamos empezando a morir de hambre, así que después de visitar el castillo nos volvimos para Nagoya, donde aprovechamos para degustar uno de los platos típicos, el kishimen (きしめん). Weno, realmente el kishimen no es una comida típica en sí, sino que es como una tercera especie de pasta después de la soba y el udón. Si la primera son los fideos finitos y el segundo son los fideos gordos, lo único que faltaba dentro de toda esta macedonia pastil eran los fideos aplastaos. Amos, que el kishimen es parecido a los tallarines. Y por muy raro que parezca, sólo se come en Nagoya, y no se encuentra fácilmente en otros sitios… Pudimos comprobar que a mi amiga rugbera que estuvo de Erasmus en Grenoble todavía le faltaban unos días de práctica en el manejo de los palillos [nota aclaratoria: se considera que se ha alcanzado el nivel profesional como usuario de hashi cuando se es capaz de partir una hamburguesa, mientras que el nivel profesional con mención de honor se concede cuando el porcentaje de intentos con éxito en un nagashi somen es del 80% o superior]. Después de comer dimos una vuelta sin rumbo por Nagoya, edificios superaltos, arquitectura urbana, fotos chorras… hasta que nos dio la hora de coger el autobús con el que iríamos hasta el pueblo en el que pasaríamos la noche.
Antes de llegar al castillo hay un templo sintoísta flanqueado a la entrada por los típicos toriis, que en este caso eran de un rojo algo más tirando a granate que los que suelen verse por otros lugares. Tras pasar por debajo de una retahíla de toriis, se llega a la explanada en la que se levanta el castillo. Una vez dentro, para mi sorpresa, estaba hasta las tetas de gente. Y weno, el procedimiento es el mismo que en la mayoría de los castillos japoneses, te descalzas, y vas subiendo los pisos siguiendo el recorrido, que suele ser en círculos. Y lo que te puedes encontrar dentro también es predecible: maquetas, historias de batallas y señores en paneles repartidos por las paredes, trajes de samurai en vitrinas… Aunque en este caso dos cosas le daban un toque algo más personal, la primera era una habitación en el centro en la que había fotografías de todos los castillos de Japón, y la segunda era que las escaleras de subida, de madera, eran estrechísimas y empinadísimas, de modo que muchas veces era más eficiente dejar que la gente bajara o subiera antes que intentar hacer de la escalera una vía de doble sentido. Desde las terrazas de arriba, el río.
Nos estábamos empezando a morir de hambre, así que después de visitar el castillo nos volvimos para Nagoya, donde aprovechamos para degustar uno de los platos típicos, el kishimen (きしめん). Weno, realmente el kishimen no es una comida típica en sí, sino que es como una tercera especie de pasta después de la soba y el udón. Si la primera son los fideos finitos y el segundo son los fideos gordos, lo único que faltaba dentro de toda esta macedonia pastil eran los fideos aplastaos. Amos, que el kishimen es parecido a los tallarines. Y por muy raro que parezca, sólo se come en Nagoya, y no se encuentra fácilmente en otros sitios… Pudimos comprobar que a mi amiga rugbera que estuvo de Erasmus en Grenoble todavía le faltaban unos días de práctica en el manejo de los palillos [nota aclaratoria: se considera que se ha alcanzado el nivel profesional como usuario de hashi cuando se es capaz de partir una hamburguesa, mientras que el nivel profesional con mención de honor se concede cuando el porcentaje de intentos con éxito en un nagashi somen es del 80% o superior]. Después de comer dimos una vuelta sin rumbo por Nagoya, edificios superaltos, arquitectura urbana, fotos chorras… hasta que nos dio la hora de coger el autobús con el que iríamos hasta el pueblo en el que pasaríamos la noche.
Dos horas y media más tarde, acompañados de una oscuridad casi total (a las siete de la tarde!), nos bajábamos en la estación de Takayama (高山). Lo que más me llamó la atención de aquella villa fue el olor suave a madera. Weno, realmente es algo bastante difícil de describir, porque no sabría muy bien decir a qué olía, era algo dulce pero sin llegar a taladrarte el cerebro (a mi algunos perfumes me han llegado a dejar atontado), y al mismo tiempo era refrescante, como una colonia Nenuco. Y lo impregnaba absolutamente todo. Creo que es la primera vez que un aroma me produce tal efecto (aparte del olor a tierra mojada después de una tormenta), ya que creo lo más común cuando visitas un sitio es dejarte maravillar por la vista y el oído (este último en menor medida…). Una vez que hubimos encontrado el hostal donde nos alojaríamos, estuvimos esperando a mi amigo japonés que se va a ir a estudiar un máster a Francia, ya que habíamos quedado con él en Takayama. Ducha, cena en una taberna, y a dormir en la habitación comunal que nos habían dado. Weno, teniendo en cuenta que era una habitación de ocho y nosotros éramos cinco, lo del concepto de comuna no sería muy aplicable que digamos…
El día siguiente amaneció soleado. Dentro del programa de visitas que habíamos cocinado, tocaba ir a ver el pueblo típico de Shirakawago (白川郷). Mi amigo japonés que se va a ir a estudiar un máster a Francia había alquilado un coche para venir desde Tokyo (los demás no teníamos el carné internacional), así que ese fue nuestro medio de transporte hasta que volvimos, ya por la noche, a Kanagawa. La gracia que tiene el pueblito de Shirakawago, aparte de ser patrimonio mundial de la Unesco, es que las casas son totalmente pintorescas y tradicionales, y si se le suman los arrozales que las flanquean y el valle en el que se encuentran, parece que se aterriza en un lugar en el que el tiempo se detuvo hace varios siglos (de no ser por las manadas de autobuses turísticos a la entrada del pueblo). Sólo hay que dejarse caer por entre los caserones, que más bien parecen graneros, contemplar cómo los inmensos manojos de paja se amontonan ordenadamente en los tejados (tienen esa forma y consistencia para aguantar el peso de la nieve en invierno y drenarla hacia fuera), beber agua casi congelada que baja en canalizaciones de la montaña, y que la vista se pierda en esa combinación de marrón leña y verde césped.
Incluso puedes subirte a lo alto de una colina cercana y contemplar cómo el pueblo se distribuye tímidamente por el valle…
Incluso puedes subirte a lo alto de una colina cercana y contemplar cómo el pueblo se distribuye tímidamente por el valle…
O bien visitar una de las casas por dentro, previo pago de unos trescientos yenes (lógicamente, se trata de propiedades privadas donde realmente vive gente…). En las paredes suelen verse pósters que dan cuenta del proceso de construcción de los tejados, es algo impresionante ver a casi sesenta personas subidas a un tejado…
O bien pasearse por los alrededores de un templo…
Ya después de tanto voltio, decidimos volvernos a Takayama a comer, y el destino nos atrajo irremediablemente hacia un local de ramen…
Ya después de tanto voltio, decidimos volvernos a Takayama a comer, y el destino nos atrajo irremediablemente hacia un local de ramen…
Y weno, el resto de la tarde, matamos el tiempo de una forma un poco aleatoria. Con la solana que hacía y la comida caliente que nos acabábamos de meter para el cuerpo, parece que el cansancio nos atacó sin piedad, así que lo único que hicimos fue ir a visitar un templo que se encontraba cerca de donde habíamos aparcado, y luego fuimos a un par de ashiyu (足湯), sitios con agua caliente donde puedes ir a remojar los pies. Todo esto sazonado con consejos sobre qué visitar en Kyoto y Hiroshima, degustaciones de la fanta moo-moo white (con sabor a yogur), descubrimiento de marcas exóticas de tabaco, y conversaciones variopintas para decidir los sitios a los que nos daba tiempo a ir.
Como teníamos que devolver el coche alquilado antes de las doce de la noche, nos pusimos en marcha a eso de las cinco y media de la tarde. Mi amiga rugbera que estuvo de Erasmus en Grenoble había quedado con una de sus amigas japonesas de Nagoya (que también estuvo viviendo en Grenoble), así que nos despedimos de ella enfrente de la estación de tren, ya que ella pillaría el mismo autobús que habíamos cogido para venir desde Nagoya, y el resto arrancamos en dirección a Tokyo. Pero una llamada a los veinte minutos nos hizo dar marcha atrás de nuevo, oye, ¿estáis mu lejos para dar la vuelta? es que se me han olvidado todos los cargadores en el maletero del coche. Así que ná, a volver a Takayama a prestar socorro y a reiniciar nuestra vuelta, esta vez ya sí, de corrido hasta Kanagawa.
Como teníamos que devolver el coche alquilado antes de las doce de la noche, nos pusimos en marcha a eso de las cinco y media de la tarde. Mi amiga rugbera que estuvo de Erasmus en Grenoble había quedado con una de sus amigas japonesas de Nagoya (que también estuvo viviendo en Grenoble), así que nos despedimos de ella enfrente de la estación de tren, ya que ella pillaría el mismo autobús que habíamos cogido para venir desde Nagoya, y el resto arrancamos en dirección a Tokyo. Pero una llamada a los veinte minutos nos hizo dar marcha atrás de nuevo, oye, ¿estáis mu lejos para dar la vuelta? es que se me han olvidado todos los cargadores en el maletero del coche. Así que ná, a volver a Takayama a prestar socorro y a reiniciar nuestra vuelta, esta vez ya sí, de corrido hasta Kanagawa.
Del viaje de vuelta, me acuerdo perfectamente de dos cosas. La primera es que la carretera a través de la prefectura de Gifu (岐阜) es mala de cojones. Vale que sea una vía de montaña, pero los túneles eran muy estrechos, con unas humedades del copón, y con fisuras del tamaño de la falla de San Andrés de las que brotaba agua de una forma bastante alarmante, haciendo que la carretera estuviera empapada cuando ni siquiera estaba lloviendo (¡¡sólo estaba empapada dentro de los túneles!!). La segunda es que por primera vez desde que estuve en Japón, me acabé enfadando con alguien que no fuera yo mismo. Yo iba de copiloto y mi amigo japonés que se va a ir a estudiar un máster a Francia iba conduciendo. Pues resulta que cuando ya casi habíamos llegado a Tokyo, la conversación comenzó a degenerar hasta tal punto que nos acabamos enfadando, y a estas alturas, todavía no puedo decir cuál fue el detonante porque no tengo ni idea, pero al final la situación en la parte delantera se volvió un poco tensa…
Pero tengo que admitir que esto último es lo realmente interesante y enriquecedor de conocer otras culturas. A raíz de ese momento me di cuenta de que tenía que intentar ver el mundo a través de unos ojos que no eran míos o me perdería los detalles más genuinos de la cultura japonesa, y que si no, mi estancia en Japón se terminaría habiendo pasado únicamente de puntillas por este maravilloso país.
Tres días de garbeo se traducen en cansancio. Y en estos casos, una cama o un futón son los mejores compañeros de travesía.



De la amiga de los ciervillos: Vaya post más chulo!! no encuentro mejor manera de relatar lo que vivimos aquellos días, con toques de humor y realidades variopintas.
ResponderSuprimirCierto es que los ciervos de la isla eran más majos que los de Nagoya, pero yo tengo que quererlos a todos, es algo que me sale de dentro.
Hemos pasado unos ratos estupendos juntos, gracias por ser como eres.
Un biquiño.
Lu.
Relato muy fiel y divertido de nuestras desventuras en aquel finde largo inolvidable.
ResponderSuprimirGracias a nuestro amigo japonés por hacer de chófer y por soportar nuestra retahíla de preguntas sobre folclore y cultura japoneses. También me gustaría agradecer desde aquí a nuestro casero en Nara por su hospitalidad.
¡¡¡Shirakawa-gooooooooo!!!
Lu: Lo de los ciervos hay que admitirlo, que vale que los de Miyajima estuvieran medio pelaos y comieran papel, pero al menos dejaban que la gente se acercara! Inolvidable el rato pasado en vuestra compañía. Un beso grande!
ResponderSuprimirJaime: Pues no sabes lo que me está costando últimamente acordarme de muchos detalles de nuestras travesías!! Si es que ya me estoy volviendo mu mayor. Daré los recados a los interesados de tu parte.
¡¡¡Shirakawa-gooooooooo!!!