jueves, 23 de septiembre de 2010

No mires, no oigas, no hables. Sólo baila.

El día amaneció perezoso, mezclado con los vestigios de la noche anterior. Quería llevar a mi amigo informático [con máster en vuvuzela] y su novia politóloga a una izakaya típica cerca de casa. El problema es que en las izakayas suelen tener los menús únicamente en japonés (y mi nivel de lectura de kanjis no da para tanto), así que como ya veía que me tenía que empezar a ir despidiendo de mucha gente, quedé para cenar una última vez con mi salvador del hospital. Sabía que la cena iba a estar a la altura de aquella otra, unos cuantos meses atrás, y efectivamente no defraudó. Esta vez seríamos seis, sitio distinto (no quedaba hueco para un sexteto en el lugar que estuvimos la otra vez), se entra por la puerta principal, se sale por la parte de atrás, se cruza un callejón oscuro, se entra a la otra parte de la izakaya; carteles en japonés, platos de lo más exótico (cocodrilo, ballena, pelotas de wasabi, uvas de mar, saltamontes, caracoles marinos…), palique hasta altas horas, risas, clases de castellano combinadas con lecciones magistrales de lengua nipona, yo me lo como todo pero no me digáis lo que es, me lo he pasado genial, si algún día venís a España no os olvidéis y dadme un toque. Mi primera despedida.

Como decía, el día amaneció perezoso, mezclado con las fugaces cervezas en jarras de litro de la noche anterior. El plan del finde era tight-schedule, más menos unos seiscientos kilómetros, cuatro trayectos en tren. En la hoja de ruta, Mobara (茂原) y Nikko (日光). La primera ciudad, así a botepronto, no es nada conocida, no aparece en las guías de turismo, y es más, no tiene nada en lo que sobresalga especialmente para diferenciarla de otras tantas aglomeraciones niponas. El aliciente era otro. Ese finde se celebraba el Tanabata Matsuri (七夕祭り), y mi amiga rumana que vive allí bailaba el Awa Odori (阿波踊り). La ocasión para que mis amigos pudieran vivir de cerca un festival típico japonés. Y weno, sobre Nikko poco hay que decir. El reconocimiento por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad es una carta de presentación más que suficiente.

Habíamos quedado a eso de las cinco de la tarde en Mobara, así que entre que nos levantamos tarde y que el trayecto desde AikoIshida dura unas tres horas, pues al final decidimos que sería más inteligente comer directamente en Mobara. En la mochila, ropa para cambiarse, pues dormiríamos en Kuki (久喜), en casa del mostoleño, que queda de camino a Nikko y así nos ahorrábamos tener que volver a casa. Según llegamos, hambrientos perdidos, nos sentimos irremediablemente atraídos por un sitio de ramen a la salida de la estación. Y es que el ramen es un vicio, debería estar prohibido a nivel mundial, no sé cómo se pudo llegar a inventar algo tan adictivo, y eso que muchos japoneses lo consideran comida basura de la peor clase, a la altura nutritiva del MacDonald’s. Yo mientras no sea un Kentucky (sólo he ido a uno y casi vomito después de ver el espectáculo de pollo crujiente nadando en grasa sospechosa, aquello era una acto inmoralmente obsceno), prefiero considerarlos todos como comida de emergencia. Pero no al ramen, que es un manjar en sí mismo.


En aquel sitio pequeño, custodiado por tres barras y dos señoras encofiadas, desfilaron tres ramen con carnaza. El calor húmedo del exterior se mezclaba con los vapores del caldo caliente, y me puse a supurar como un pollo de ésos que dan vueltas en un horno. Para vencer el sopor que nos estaba entrando, tuvimos que huir de aquel lugar y comenzar a callejear por las calles de Mobara. En cualquier sitio al que se ocurriera mirar, de lado a lado de las calles o bien enganchados y amarrados a postes y árboles, colgaban unas especies de morondongos de papel con mogollón de tiras que se agitaban al viento. Enfilamos por donde parecía que estaba más decorado, ya que supusimos que allí estaría la fiesta en la que bailaba mi amiga rumana. Después de más de media hora de paseo y palique llegamos al final de la calle, siempre acompañados por una multitud de gente, puestos de comida típica y juegos de feria, decoraciones coloridas y variopintas, música que provenía de por aquí y por allí, escenarios donde los protagonistas eran niños pequeños que se movían a ritmo de baile moderno, kakigoris (かき氷) de sabores exóticos y chocobananas (チョコバナナ) con ositos de galleta…



























El Awa Odori es un baile típico de Tokushima (徳島), en Shikoku (四国). Y después de haber llegado hasta el final de la calle, me pareció muy raro no haber visto nada parecido a nadie bailando el Awa Odori, ya que los trajes son bastante singulares y totalmente reconocibles. Le preguntamos a un policía si podía echarnos un cable, y fue tan amable de ofrecernos un mapa en el que estaba señalado el lugar donde iban a bailar, amos, justo al otro lado de la estación. Así que hala, otros cuarenta minutos de vuelta, en fin, yo también podía haber preguntado desde el principio… El caso es que cuando llegamos mi amiga rumana ya había empezado su actuación, pero tuvimos la suerte de que los diversos grupos que bailaban el Awa Odori (cada uno perteneciente a una empresa distinta) se iban turnando a la vez que desfilaban por las cuatro calles adyacentes a un cruce. Así que después de juntarnos con GuiGui [palique asegurado + teñido horroroso reciente], mi amiga polaca que no tolera el frío, el italiano del piercing en el cuello y la chica estonia (creo que no se me olvida nadie), nos apostamos en una de las calles, al comienzo de la intersección, y sólo tuvimos que esperar a que mi amiga rumana hiciera su aparición estelar.


















La verdad es que cuando apareció ya había anochecido bastante, así que fue imposible hacer un vídeo en condiciones. Pero weno, quedan algunas imágenes para el recuerdo, como yo intentando imitar la pose sevillanesca que hay que adoptar en algún momento del baile. Mi amiga iba a la cabeza de la comitiva, con otras dos japonesas, las tres vestían un happi (法被) e iban haciendo movimientos con un paipai al tiempo que entonaban un yatosa, yatosa, si no me acuerdo mal (son palabras que no tienen ningún tipo de significado). Detrás, el resto, ellas vestidas con los kimonos tradicionales del Awa Odori y ellos con sus farolillos de locos. La pena es que según acabó la actuación nos tuvimos que ir, pues si no perderíamos uno de los últimos trenes para Kuki. Así que tuvimos que abandonar a mi amiga rumana y dejarla que siguiera recorriendo sin parar las calles de Mobara con aquel colorido séquito.







Llegaríamos a Kuki casi a la una de la mañana, aunque casi no llegamos. Y no porque no hubiéramos cogido el tren a tiempo, sino porque la línea en la que íbamos a montar había sufrido un incidente (bonito eufemismo), ya que es una de las más baratas para suicidarse (en Japón le pasan la factura de los retrasos a tu familia). Así que al final tuvimos que cambiar todo el itinerario sobre la marcha. Mi amigo mostoleño estaba de farra en Tokyo, pero nos había dejado las llaves así que no tuvimos ningún problema para entrar en casa y caer desplomados por el cansancio en el tatami de la habitación de invitados.

Para que el día siguiente cundiera, nos teníamos que levantar bastante temprano, si no me acuerdo mal, creo que desde que el mostoleño me llamó al móvil para que le abriera la puerta hasta que salimos en dirección a la estación habría pasado sólo media hora. Tomamos el tren de la línea Tobu en dirección a Nikko, tren harto curioso ya que de los seis vagones que tiene, sólo los dos últimos van a Nikko (en alguna parada los separan de los cuatro primeros, que van a otro sitio). Porque ya casi llevo viviendo un año en Japón, y aunque no sepa leer kanjis muy bien, a uno se le pone la mosca detrás de la oreja cuando ve que empiezan a aparecer frases inesperadas de corrido en las pantallas de la estación, justo debajo del destino al que te diriges.

Era la tercera vez que me dejaba caer por Nikko. La primera de ellas, debido a que fuimos a ver las cataratas, no nos dio tiempo. La segunda, un experimento fallido de trekking (nevaba y hacía un viento que te cagas). Así que me dije, la próxima vez voy a ver los templos sí o sí, así que aprovecharé y reservaré la ocasión para cuando vaya con alguien importante. Así que según llegamos, mi amigo informático [con máster en vuvuzela], su novia politóloga y el engendro de indecisión que se encarga de este blog nos encaminamos calle arriba por la avenida principal hasta que llegamos al complejo de templos de Nikko.


















Básicamente, en el sitio se pueden encontrar dos santuarios sintoístas (Futarasan, 二荒山 y Toshogu, 東照宮) y un templo budista (Rinnoji, 輪王寺), con toda su parafernalia decorativa. La mejor forma de visitar todo es sacándose un pase que cuesta mil yenes, y que da acceso a las tres construcciones y a otro par de edificios adyacentes (…está prohibido sacar fotos en el templo budista). Luego, en general, para acceder a otros lugares hay que pagar unos 200 yenes por cada o algo así (por ejemplo para ir al nemuri neko (眠り猫), una miniestatua de un gato que se supone que es superreal), pero yo creo que lo esencial ya queda cubierto con el pase. El complejo es grande del carajo y cada torii, templo, santuario, sala, estatua, escalera, pagoda, pilón, altar o árbol parecen estar colocados aposta, creando una estampa acogedora y ensoñadora en medio del bosque. Weno, ni que decir tiene que está hasta arriba de turistas…





























































Una de las mayores atracciones de Nikko son los tres monos sabios, mizaru (見ざる), iwazaru (言わざる) y kikazaru (聞かざる), grabados en madera, y que se encuentran según se cruza el torii de entrada al Toshogu. Uno de ellos se tapa los ojos, el otro los oídos, y el otro la boca, de ahí la coña de sus nombres, ya que el sufijo zaru es una forma de negación en japonés antiguo, pero además la palabra saru (サル) también significa mono. Las interpretaciones de la imagen de los tres macacos son varias [wikipedia es Dios!!! alabemos todos a la wikipedia!!!], así que yo daré la mía, que sería algo como el que se niega a ver que no quiere decir lo que no le gustaría escuchar se acabará volviendo un mono de madera.



























Llegados a este punto de la narración, tengo que admitir que tengo un lapsus temporal en el orden de los acontecimientos. Pero weno, mirando en los archivos las fechas en las que se hicieron las fotos, he deducido que después de visitar los templos nos fuimos a fagocitar. Para no romper con la tradición, nos dejamos caer por el sitio aquel lleno de fotos y mensajes (mogollón en castellano) en el que estuve la primera vez que fui a Nikko. Seguía por ahí mi meishi, achinchetada, así como mi primer carnete de la universidad. Aprovecharé el blog para darle una triste noticia al mostoleño, efectivamente, el condón que dejó de regalo ya no está [nota mental: intentar no imaginar lo que la amable anciana dueña del restaurante hizo con él]. Y nada, la comida estupenda, con ataque de risa incluido. Resulta que en la pared contra la que estaba apoyada nuestra mesa había una nota escrita en catalán y firmada por la familia Romero, que decía que habían ido a aquel sitio engañados, que la comida era una basura, y que algo le había pasado a la nena [como no tengo ni jota de catalán, siempre me pareció un pasote pensar que a la hija le había dado por vomitar sobre los demás comensales de forma descontrolada]. Desde esa nota salía una flechita que te llevaba a otra nota, firmada por la familia Tomillo (ojo a la sutileza), en la que decía que no era la primera vez que los Romero se quejaban sin venir a cuento, y que por eso eran conocidos en muchos lugares de la tierra (también daba una explicación de lo que le había pasado a la niña pero no me acuerdo). Luego también tuvimos otra anécdota al levantarnos de la mesa (servidor está en la parra), pero no me acuerdo muy bien de los detalles, así que ruego que alguno de los allí presentes rememore esa parte de la historia…

Ya para acabar de rematar el día en Nikko, mapa de la oficina de turismo en mano, nos fuimos por un camino siguiendo la vera del río. Había que cruzar un par de puentes, y luego la vía se metía más por caminos de tierra, siempre con el río de acompañante perpetuo. Por allí, estatuillas vestidas con gorritos y baberos (dicen que las colocaban las madres en honor a los niños muertos, pero tengo que admitir que la primera vez que los vi me recordaron a los ertzainas), presas que parecían de la segunda guerra mundial, bichos, árboles, agua que corre río abajo.





















Lo último antes de coger el tren de vuelta a AikoIshida fue comernos un helado. Al mismo tiempo empezaba a diluviar. Pero sólo fue una de esas cortas tormentas de verano. Montamos en el tren. Durante el trayecto, lo más llamativo, bajarse en la estación de Mamada (間々田) para sacarle una foto al cartel. El resto, cansancio. Casa. Ducha. Futón o cama. Sueño.



El lunes me levanté como todas las mañanas para ir a la empresa. Pero resulta que cuando fui a coger la bici del aparcadero, me di cuenta de que no estaba…!! Amos, que me la había olvidado el viernes después de la izakaya, estacionada al lado del Kentucky (terror y pavoooooorrrr!!!) de la estación de Aikoishida. Volví a ver si por algún casual seguía por allí, pero no hubo suerte... Pregunté en la comisaría más cercana, a 100 metros, pero me dijeron que la comisaría responsable del área donde yo había perdido la bici se encontraba a freír espárragos (es lo que tiene vivir en el límite de dos pueblos…!). Así que nada, al final la di por perdida. Si se la llevó la policía, acabaría en el depósito donde van recogiendo las bicis abandonadas de la calle. Si me la robó alguien aprovechando que no tenía candado, seguramente se acabó piñando contra algún vehículo, atropelló a algún peatón descuidado o terminó estampado en una farola o demás mobiliario urbano, espero que nada grave. Es lo que pasa cuando se roba una bici que no tiene ni frenos ni luces.

5 formas de ver las cosas:

  1. Un gran finde el de este post. Me lo pasé genial. Saluda a tu amiga rumana de nuestra parte (en las fotos de ese día no parece la misma que en persona).

    Cuando cuento lo de los saltamontes en España me miran raro, pero al final no es para tanto...

    Si mal no recuerdo, la anécdota del final de la comida fue que cuando los demás todavía estábamos terminando de comer, se acercó la dueña del local (la anciana amigable) a preguntarnos algo y tu te levantaste y te fuiste a pagar para irte, haciéndonos a los demás levantarnos con la comida en la boca y seguirte. Lástima que esto impidiera que hiciésemos la parodia de la familia Orégano jejeje.

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  2. Cooper! vaya fotos, la verdad es que suelen ser dificiles de superar en cada entrada, pero la del puente rojo sobre el rio...me chifla. Es ése el puente que sólo puede cruzar el emperador?? Es que cuando fuimos de visita, haciendo el planning de ciudades a visitar, recuerdo que en la web donde mirabamos (viajeajapon.com) hablaban de algo así, y me sonaba que era Nikko...pero claro, de esto hace ya 5 meses y puedo estar metiendo la pata, jeje.
    Lo que más me gusta de las fotos es que las miras y ya reflejan tranquilidad, son como un bálsamo, y eso que solo las estoy viendo...me imagino allí y flipo. Como la tranquilidad que daban los jardines del palacio de Kyoto...increibles.
    Un saludo y gracias por comentarme, se agradecen mucho vuestros comentarios!
    :)

    Un saludo!

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  3. Me han hecho gracia las estatuillas de los niños porque es cierto que parecen ertzainas o bertzolaris (no sé si lo he escrito bien) jajaja.

    Besos

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  4. Señor Framil, yo ya no puedo decir más cosas agradables sobre usted, se me hana cabado los adjetivos para describirlo...

    Y es que fue un finde fantástico, como todo el tiempo que pasamos juntos en Japón, risas y más risas, caminatas interminables, vistas impresionantes que tardaremos en volver a ver...

    ¿Sabes que te digo? Que la gente se lave la boca para hablar del Ramen...Jaime y yo lo echamos tanto de menos!! A veces estamos por la noche en el sofá con hambre y lo único en lo que podemos pensar es en un plato de Ramen con carnaza...delicioso!! Y si eso es comida basura...qué venga Dios y lo vea!!

    Pues nada, a ver cuando celebramos al final mi cumple...

    Un biquiño ;-)

    Lucía.

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  5. Jaime: Saludaré a mi amiga rumana jeje! Y lo de los saltamontes es lo que yo digo, al final es como comer pipas... No podría haber resumido mejor lo que pasó al levantarnos de la mesa, pero ya sabes que debo tener alguna sinapsis que no funciona bien entre dos neuronas particulares (sumado a que estoy en la parra jeje)... :-)

    Ayrton: Muchas gracias! Pues si te digo la verdad lo del emperador no tengo ni idea...!! Una de las cosas que quería haberme comprado en Japón era una cámara, porque la que tengo es una patata, pero al final el presupuesto no me daba...

    Christian: jeje, y que lo digas! anda que no me reí yo la primera vez que los vi, si es que el parecido es asombroso!

    Lucía: Ay, yo tampoco sé qué decirte después de tanto piropo...! Muchísimas gracias!! Y weno, parece que Japón me va quedando incluso a mi más y más lejos. Totalmente de acuerdo con lo del ramen. Nos vemos para tu cumple. Un beso grande!

    Besos y abrazos, y muchas gracias por vuestros comentarios!!!

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