Hay gente que no puede callarse y escuchar el puto silencio. Que sufre de ansiedad severa si no pone música a todo lo que hace. Hay gente que necesita concentrarse para buscar el silencio. Que no se da cuenta que al fin y al cabo una dosis naturalmente calibrada es la diferencia entre describir un mundo sin hablar y hablar un universo sin decir nada. Hay gente cuyos silencios son el grito más cortante. Que te abre la venas en canal desde el momento en que murió el sonido. Hay gente a la que le da miedo el silencio. Porque es el terrible momento en el que se encuentra frente a frente, desarmada, con ella misma. Mi vida es música. Pero porque el silencio también es música.
Para subir al Fuji (富士山) utilizamos el sendero Subashiri (須走トレイル), que se encuentra a unos dos mil metros de altura (el monte Fuji mide 3776 metros), y al que llegamos en autobús desde la estación de Gotenba (御殿場). Se suele tardar entre seis y ocho horas, así que comenzamos a andar por la tarde, a eso de las ocho, con nuestros frontales última generación, para llegar hacia las tres y ver el amanecer a eso de las cuatro o cuatro y media (sip, en Japón amanece así de temprano, si no que se lo digan a las cortinas de mi habitación…).
El camino se acabó alargando más de lo previsto, más que nada porque aparte de las extensas paradas técnicas, también nos encontrábamos con gente aleatoria y nos íbamos retrasando, es lo que tiene el quedarse rajando mientras se descansa en las estaciones. Además, poco antes de llegar a la cima, cuando ya la aglomeración de gente es tal que tienes que esperar cola y estás literalmente parado, a mi casi me da un jamacuco porque me estaba helando de frío (mira que me habían dicho que me llevara ropa, y mira que me llevé cuatro capas, pero aún así acabé con las manos casi congeladas!! es que aparte de hacer frío hacía un viento del carajo), así que me tuve que parar un rato porque no me encontraba bien. Weno, también tuvo que ver que ese día no comiera casi nada…
Una vez arriba, la sensación de frío que llevaba en el cuerpo era tan fuerte que me acabé encerrando en uno de los refugios/restaurante que tienen por allí arriba. Y el mal cuerpo no se me pasó hasta que al final me metí un buen ramen entre pecho y espalda. Así que una vez hube contemplado cómo aparecía el sol entre la maraña de nubes, me volví a mi centro especial de operaciones hasta que empezó a calentar un poco más, mientras me amiga rugbera se mezclaba entre la gente y no paraba de subir y bajar a todos los sitios (vaya energía!!). Antes de tomar el camino de vuelta, un paseíto por el cráter, y un último paseo por las nubes.
Si bien para subir tampoco es necesaria una técnica maravillosa, el procedimiento para ir ladera abajo tampoco es tan obvio… el terreno volcánico es prácticamente arena de grano gordo, así que al final terminé practicando una especie de sandsurfing pero sin tabla… que voooooooyyyyy!!!! Queríamos llegar abajo para coger el primer autobús, pero lo acabamos perdiendo por diez minutos…así que tuvimos que esperar una hora a que viniera el siguiente.
El día se completó de una de las formas más locas que recuerdo desde que tengo memoria de marsopa. Dormir una hora hasta la estación de Gotenba. JR, Odakyu, llegar a casa. Ir al tajo. Aguantar moribundo y pegarme con diversas personas para conseguir entrar en mi laboratorio (mi jefe y su adjunto no estaban y se me había olvidado en casa la tarjeta que nos da acceso a las salas limpias). Volver a casa sin haber hecho nada productivo. Dormir cuatro horas. Levantarme, ducha, acicalamiento, Odakyu. Noche de despedida de mi amiga rugbera (al día siguiente por la mañana tenía que estar para coger el avión en Narita), Shinjuku, sake, shochu, juegos varios, cháchara, y apuesto que uno de los lugares más sórdidos y singulares de Tokyo. Hasta el día siguiente por la mañana.
La sensación más fantástica de la ascensión al monte Fuji de noche es que se puede escuchar el silencio, y eso a pesar de estar rodeado de gente. La posibilidad de oír el viento, de saborear las nubes, de oler la tierra volcánica, de ver a lo lejos los hilillos fantasmagóricos de luces en su camino a la cima, se me hicieron cosas pequeñas comparadas con la inmensidad del silencio. Lo de estar sentado en un pedrolo a la vera del camino delimitado, noche cerrada, comiéndome un sándwich, y contemplando cómo las casas se desperdigan a lo lejos en el valle, a miles de metros de distancia, es algo irrepetible. Es sentir que la montaña te desnuda, te despoja por un momento de todo lo accesorio; es latir solo ante el silencio de la noche, escuchar temeroso el silencio del alma, es la belleza de naipes de un mindundi sin rumbo cara a cara con la soledad. Es no poder casi respirar y respirar casi mejor que nunca.
Pero lo inigualable es compartir ese momento íntimo y privado, precioso, con una persona especial, a la que conoces desde tiempos inmemoriales. Gente valiosa, que sabe escuchar el silencio. Y que es de las que sabes que el tiempo le ha dado su lugar en tu vida.
Subir al Fuji es de esas experiencias para las que pocas palabras bastan, y cualquier palabra de más sobra. Porque es algo que hay que vivir, que sentir. Y porque cuando veo las fotos soy capaz de trasladarme a aquella ladera mágica, de una forma tan clara e inquietante que a veces tengo la impresión de notar alguna chinita en el zapato.

















El otro día llevé el chubasquero al entrenamiento... en el bolsillo adivina qué encontré: lava del fuji!
ResponderSuprimirMis uñas volvían a estar negras, echo de menos tu país nipón davido-shan.
Un placer haber recorrido esa aventura a tu lado.
RAMEN CALENTITOOOOOOOO!!!
Creo que lo más alto que he subido nunca (si exceptuamos que Segovia está a 1000 metros de altitud) es la semana pasada cuando subí al Preikestolen, que no es una montaña pero como si lo fuera.
ResponderSuprimirAbrazotes.
nooooooo me mueroooo muy bueno y más que soy fanático de las alturas muy buen post ya dentro de no mucho me daré una escapada por aquellos lados jeje Saludos Cooper!!
ResponderSuprimirsin embargo según la RAE: pues que sepas que no perdí las piedras del Fuji que me regalaste, ahí están encima de mi mesa... Yo también echo de menos Japón... Y como siempre, un placer.
ResponderSuprimirChristian: Ya vi tu entrada del Preikestolen, y el caso es que si algún día voy a Noruega me tendré que pasar por allí, al menos las vistas son preciosas.
馬丁: Pues es una experiencia muy bonita, por lo menos a mi me encantó. En cuanto a lo de subirlo, creo que sólo se puede en verano, el resto del año lo cierran, así que a lo mejor puede que todavía esté abierto!
Un abrazo a todos y gracias por comentar!!!