viernes, 15 de octubre de 2010

Luces de Nebuta, infiernos de azufre, sabores del Norte

Sin duda, un viaje memorable. Otro de los puntos álgidos de esta Vulcanus. Tres días, Aomori (青森), la península de Shimokita (下北半島), Hakodate (函館). Mi amiga rugbera que estuvo de Erasmus en Grenoble, GuiGui, su amigo el conductor temerario [pasé mucho miedoooo], y yo mismo. Todo comenzó en un autobús nocturno con destino Aomori…
 
Aomori es una pequeña ciudad justo en el extremo de la isla de Honshu (本州), casi antes de cruzar hacia Hokkaido (北海道). La primera impresión nada más bajar del autobús fue que en aquel sitio no había absolutamente nada, incluso la estación de tren parecía la de cualquier pueblo remotamente alejado de la civilización en vez de la de una capital de prefectura. Pero yo sabía que la que se iba a armar allí por la noche era digno de aquel viaje a lo más profundo del campo…








 
Todavía con los bártulos encima, nos paramos a desayunar en una cafetería mu chula [fue difícil encontrar una], ambientada estilo años 40, y después de hacer una inspección rápida de la ciudad (visita a la oficina de turismo incluida), dejamos las mochilas en una de las megataquillas habilitadas cerca de la estación. Teníamos que matar el tiempo hasta la hora de comer, así que cogimos un autobús y nos fuimos a visitar el gran daibutsu (大仏) que se encuentra a las afueras. No es tan famoso como el de Nara, pero paradójicamente es mas grande que aquél, lo que pasa es que es de construcción reciente.
El sol pegaba que las chicharras se acababan friendo en su propio jugo [¡sabrosas!]. Aparte de la estatua del gran Buda, en el complejo también hay un par de templos, una pagoda, y un bosquecillo en el que se habían dedicado a plantar molinillos de viento de diversos y variados colores. Intenté sacar un vídeo de cuando soplaba el viento y se movían todos al unísono, pero después de varios intentos infructuosos, desistí.


















 
Efectivamente, el Buda es una cosa bastante impresionante, y se puede ver a la legua que es una construcción muy reciente. También se puede acceder al interior, trufado de figurinas, incensarios, reproducciones de deidades y una colección de proverbios colgados en las paredes. También se puede subir a la parte de arriba, aunque tengo que admitir que al final la sensación de moho y humedad en el interior de la estatua acaba siendo un poco incómoda… Por último, uno de los templos que nos habíamos dejado olvidados a la entrada, y de vuelta para Aomori en autobús (yo por supuesto fui capaz de dormirme durante el trayecto).













 
El día de fiesta empezaba a animarse, así que decidimos que ya era hora de ataviarnos con el hanetoハネト) para la gran celebración que tendría lugar por la noche, el Nebuta Matsuri (ねぶた祭). Se puede alquilar este traje típico en muchas tiendas dispersas por la ciudad, y además para participar en el evento es obligatorio llevarlo. La entrañable anciana de la tienda nos ayudó con las vestiduras, y se quedó con nuestras ropas occidentales para asegurarse de que devolveríamos el haneto. Complemento indispensable: los cascabeles [cuanto más ruido se haga al botar, mejor]









 
El mogollón de las fiestas empezaba por la tarde, así que aprovechamos el resto del día para comer algo y darnos una vuelta por el puerto. Queríamos comprar los billetes del ferry a Hakodate, pero por allí no vimos ninguna taquilla en donde poder hacerlo, así que al final no compramos nada, alargándose nuestra incertidumbre sobre cómo llegaríamos a Hokkaido el sábado noche. Antes de entrar a saco en todo el mogollón del Nebuta, fuimos a recoger el coche que habíamos alquilado, y así aprovechamos para dejar dentro todos los bártulos y no tener que depender más de la taquilla.





 
Y que el Nebuta comience, señores, que la leyenda renazca!! Que las carrozas de papel iluminadas con guerreros salgan a la calle!! Que los portadores anden hacia delante, hacia atrás, que den vueltas como peonzas!! Que los taikos y las flautas invadan las calles, que pongan música a los poseídos!! Y que los locos vestidos con hanetos bailen enloquecidos una sencilla danza de dos pasos, mientras avanzan con el resto de la comitiva, a la par que se desgañitan cantando su grito de guerra!! ラッせラ、ラッせラ、ラッセ、ラッセ,ラッせラああ! Rassera, rassera, rasse, rasse, rasseraaaa!!!!!! MEMORABLE!!!!

























 






Terminado el festival de luz y color [como era de esperar, yo me acabé disgregando del grupo, pero fue debido a un arrollamiento masivo, y esta vez no tenía batería en el móvil…], logramos reunirnos, fuimos a devolver nuestros atuendos y cogimos el coche (conducía el amigo temerario, noooooooorrrrr!!!!!), nuestro siguiente destino, el templo de Osorezan (恐山) en la península de Shimokita. A esas horas, desde Aomori, se tardarían un par de horas largas, aunque fue adentrarnos en Shimokita y empezar a descubrir lo que nos depararía nuestro viaje del día siguiente: carreteras pequeñas, llenas de curvas peligrosas y cerradas, con un canal para drenar el agua a ambos lados de la calzada (como para que se encasquetara ahí una rueda…), y todo rodeado de la vegetación más frondosa e inaccesible de las que he visto en Japón.
De noche, la explanada que hay enfrente del templo de Osorezan tiene un aura sobrenatural difícil de explicar. Según se va llegando, el olor a azufre se va haciendo cada vez más y más fuerte, pero el cielo estrellado compensa de sobra el tener que licuarse la pituitaria a base de tufo a huevo putrefacto. Aparcamos el coche y nos acomodamos para dormir como bien pudimos (a pesar de que había un mono inexistente rondando por los alrededores, pero como era de noche no podíamos verlo…). No todos los días se tiene la oportunidad de dormir en plan lata de sardinas, en un sitio mecido por una fetidez infecta, y que además representa para la tradición popular japonesa la entrada al mismísimo infierno. Bienvenidos al monte Osore, o en nuestra lengua vernácula, monte Miedo.
A pesar de la paliza que nos habíamos dado brincando, poco pude yo dormir a gusto, más que nada porque a las cinco de la mañana ya estaba el sol haciendo de las suyas y no había quien pegara ojo. Incluso habiendo pasado allí cuatro o cinco horas, creo que el olfato nunca se acostumbra a ese olor a azufre que mana en gases de la tierra. Dentro del templo de Osorezan hay un onsen bastante peculiar que utiliza agua sulfurosa, así que aprovechamos para bañarnos y quitarnos toa la roña del día anterior, que ya se estaba empezando a convertir en mugre.
Pasear por las entrañas del monte infernal es toda una experiencia. Los templos, las puertas, las figurinas, se mezclan con un paisaje desolador a base de chimeneas que escupen azufre gaseoso, pero que están paradójicamente rodeados de verde. Tras caminar durante un rato, se llega a una gran laguna de un azul intenso, rodeada de verdes montañas, flanqueadas ese día por nubes. Podía verse cómo el azufre amarillento se depositaba en las arenas de la playa, y el viento que soplaba y la forma en que pegaba el sol hacían que la estampa en aquella especie de laguna Estigia fuera una de las más bellas que recuerdo.























 
En estos momentos mi cámara murió, weno, el estado ese en el que entran las cámaras que si esperas un par de horas a lo mejor eres capaz de hacer un par de fotos todavía… Así que no hay testimonio gráfico del resto del viaje hasta bien entrada la tarde. La siguiente parada fue el valle del Yagen (薬研渓谷), donde pudimos disfrutar de un onsen de agua ardiendo lleno de tábanos (con vistas al río, amos que cualquiera podía verte en pelotas). Intentamos pasarnos por el famoso kappa no yu (かっぱの湯), un onsen gratuito al aire libre, pero estaba cerrado al público… Al final el hambre apretaba, así que nos acabamos parando para comer, yo me pedí un plato típico de allí de fideos cuya pasta incluía tinta de calamar.
Visto el tiempo que nos quedaba (teníamos que devolver el coche en Aomori antes de cierta hora), optamos por recorrer la península en coche e irnos parando en los sitios que nos parecieran más oportunos. Seguro que pocos japoneses han visitado Shimokita, y no me extraña, porque tiene unas de las carreteras más malas que he visto en mi vida, y mira que he visto cañadas de cabras en España… Acabamos conduciendo por una especie de bosque sin fin, por caminos de tierra llenos de piedras y plagados de charcos, donde apenas cabía un coche (sí, sí, eran de doble sentido), pero lo más jarto de todo esto, es que dichos caminos aparecían en el GPS como carretera nacional!!!!! Al final aparecimos en algún lugar de la escarpada costa de Shimokita…
 
Mientras volvíamos a Aomori, nos surgió uno de los más grandes interrogantes del viaje. Habíamos hecho un rasguño a uno de los retrovisores (seguro que estaría GuiGui conduciendo), y la última vez que ocurrió algo así querían que pagáramos 20000 yenes, algo menos de 200 euros. Y volviendo a releer nuestro contrato ponía que efectivamente, debíamos pagar ese dinero… Y como que no estábamos por la labor… Hasta que a una mente infinitamente lúcida se le ocurrió comprar un pintauñas de color azul para pintar el rasguño… pero como que la brillantina fantasía del pintauñas no pegaba mucho con el color del coche… Amos, que toda la experiencia resultó en un destrozo (dar pintauñas, pulir pintauñas, comprobar horrorizados el resultado, dar pintauñas, pulir pintauñas…), así que finalmente optamos por echar tierra encima, total, después de habernos metido por aquellos caminos el coche estaba lo suficientemente guarro como para que un poco de tierra sobre el capó y los retrovisores no resultara sospechosa… Funcionó, porque cuando devolvimos el coche no notaron nada, eso sí, después de lavarlo se cagarían en toda nuestra familia y futura descendencia…
Todavía quedaba un interrogante por resolver, y era la forma en la que iríamos a Hakodate. Llamamos a las dos compañías de ferry que operan entre Aomori y Hakodate, pero nos comunicaron que no quedaban billetes para ese día. No sé si tendría algo que ver que fuera el último día del Nebuta, cuando sacan las carrozas por la noche en barco. Así que al final terminamos comprando el billete de vuelta en tren (el de ida lo habíamos comprado por la mañana nada más llegar a Aomori). No lo hicimos así desde el principio porque el billete eran como 4000 yenes, y si pillábamos dos nos saldría por 8000 y pico (combinándolo con un ferry se quedaba sólo en 6000 yenes). Pero resulta que al pillar el billete ida y vuelta sólo cuesta unos 4600 yenes, así que al final hasta nos salió mejor la jugada. Y tendríamos más tiempo para disfrutar de nuestra estancia en Aomori y en Hakodate (los horarios de los ferries parecen hechos aposta para perder gran parte del día).
Terminamos de ver el espectáculo de los Nebutas (la cosa de que vayan en barco es que sólo puedes verlos desde lejos, mientras que el día anterior casi pudimos meternos debajo) mientras fagocitábamos cualquier cosa comprada en la feria, y tomamos el tren con destino Hakodate. Es un tren como el que une Francia y Gran Bretaña a través del canal de la Mancha, salvo que en este caso une las islas de Honshu y Hokkaido. El hotel quedaba cerca del monte Hakodate, así que vistas las horas que eran tuvimos que coger un taxi para llegar hasta allí. Instalación los cuatro en el cuarto compartido, birras que desfilan, mus hasta las tantas de la mañana (con nacimiento de rencillas irreconciliables hasta la fecha). Parece que no había cansancio aquella noche…
Al día siguiente nos levantamos apurando hasta el último minuto antes del check-out. Como nos quedaba relativamente cerca (después de tener que atravesar un cementerio), fuimos a visitar el cabo Tachimachi (立町), desde el que hay unas bonitas vistas del mar y los acantilados. Pero el hambre nos estaba jugando una mala pasada, así que poco tardamos en volver a recoger nuestras mochilas al hotel y tomar el tranvía en dirección al centro, donde queda el mercado de pescado. Allí nos vimos rodeados de centollas, cangrejos, pulpos, salmones, vieiras y erizos de mar, así que no nos quedó más remedio que unirnos a tal festival marisquero y terminamos comiendo en uno de los restaurantes que había por allí. Se puede observar que la comida de GuiGui hacía cosas raras…
 












 





Después de comer nos fuimos a dar una vuelta por Hakodate, y tengo que decir que la ciudad no parece para nada una ciudad japonesa, sino que en muchos aspectos podría pasar por una ciudad europea, ya sea por la organización urbanística, los viejos caserones (muchos de ellos eran antiguas embajadas) y las iglesias (creo que hay una católica, otra ortodoxa y otra protestante). También dio la casualidad de que estaban celebrando un festival de músicas y danzas del mundo, así que nos paramos un momento a escuchar a un grupo que tocaba el shamisen, y que estaban acompañados por unos percusionistas que tocaban unas especies de palanganas de metal con el interior moscado, de manera que emitían sonidos de altura definida y hacía que los pudieran tocar como si fueran xilófonos.


















 

La última parada del día fue la cima del monte Hakodate, a la que subimos en teleférico. Las vistas de la bahía son magníficas, y la estampa del istmo desde arriba, plagado de casa y carreteras, es irrepetible. Una pena que no hubiéramos podido subir una vez anochecido, ya que mi intuición me dice que ver aquel lienzo sólo dibujado con luces habría sido una experiencia aún más emocionante. Y weno, como teníamos tiempo para ir de aquí para allá hasta que saliera nuestro tren en dirección a Aomori, pues aprovechamos para bajar el monte andando, aunque eso supusiera atravesar un bosque y comer telarañas profusamente. Ojo al restaurante de Papá Noeles que nos encontramos una vez abajo…













Y weno, justo antes de partir de nuevo hacia Aomori, pues ya se sabe, un poco de tontuna por aquí (el cansancio ya se iba haciendo notar), un poco de arte en vivo por allá, un conbini para la cena, un taxi que muge… Y un tren que va por debajo del mar. Y un autobús nocturno. Mi último autobús nocturno aquí en Japón. No sé si sería porque no acababa de asumir que sería mi último gran viaje por tierras niponas, pero no conseguí dormir bien durante el viaje, y eso que yo caigo frito enseguida, y con una facilidad pasmosa. Y otra vez Tokyo. La Odakyu. Y mi habitación de veinticuatro metros cuadrados.




 

Se despide de esta aventura un miembro del Clan del Azul de Purpurina. Un pintauñas para arreglarlo todo. Un pintauñas para salvarlos. Un pintauñas para quitar todos los rasguños y mandarlos al Infierno.

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