viernes, 1 de octubre de 2010

The sea inside. Okinawa (沖縄)

Creo que el viaje que hice a Okinawa (沖縄) ha sido el desplazamiento de más de mil kilómetros menos planeado desde que aterricé en Japón. Una vez aquí, con el mapa de Japón y de Asia en la mano, te miras los posibles destinos, los que así a priori te llaman más la atención. Luego filtras por los más baratos, y siempre se quedan en el tintero algunos de los que tú creías más interesantes. Pues eso fue lo que me pasó con el plan que tenía yo de ir a Okinawa. Hasta que un buen día va y pasa algo así: 

Mi amigo japonés que se va a ir a estudiar un Máster a Francia [de ahora en adelante, amigo japonés, o abreviado, AJ]: Estoy pensando en hacer un viaje a Okinawa, ¿te apuntas?

Cooper [de ahora en adelante, Cooper, o abreviado, Cooper]: Lo siento, pero es que ahora no tengo dinero… Y mira que ganas no me faltan!!

AJ: Es que a principios de agosto es mi cumpleaños, y si pillo un vuelo durante esas fechas me sale a precio reducido porque tengo la tarjeta de socio.

Cooper: ¿de cuánto estaríamos hablando?

…un par de días después habíamos comprado los billetes con destino a Naha (那覇). Teníamos alojamiento para tres de los cuatro días (sí, esto no es previsión a la japonesa…), y también habíamos alquilado un coche para desplazarnos por la isla principal de Okinawa.

Resulta que a pesar de tener el descuento por cumpleaños, salía más barato coger un vuelo a las tantas de la noche, de hecho salíamos del aeropuerto de Haneda (羽田) a las doce y pico y llegábamos a Naha a las tres y algo de la mañana. Ahora que hablo de descuentos, es flipante la cantidad de movidas y ventajas que se pueden tener con las tarjetas éstas de los aviones, yo también parezco tonto, con el viaje que me di de ida y vuelta Madrid-Tokyo habría acumulado mogollón de puntos, yo antes me reía del asunto, pero cuando AJ me dijo que después de un viaje a Europa desde Japón y otro par por allí ahora tenía la posibilidad de irse por la patilla a Estados Unidos, creo que la próxima vez que me coja un avión me voy a hacer todas las tarjetas que tengan. El caso es que cuando aterrizamos estaba literalmente diluviando, así que después de recoger las maletas fuimos a por el coche alquilado, y si en un principio habíamos considerado la posibilidad de irnos a un camping a dormir (visto la hora a la que llegábamos no valía la pena coger una noche de hotel), al final acabamos aparcando en la puerta de un conbini y durmiendo en el coche. Menos mal que la maraña inacabable de nubarrones no dejó que el sol hiciera de las suyas y pudimos dormir todo lo a gusto que se puede en un coche…







Nos despertamos poco antes de que fuera la hora de hacer el check-in en el hotel, así que al final acabamos desayunando en el coche y luego fuimos a dejar todos los bártulos. Y lo que se iba a ser un ducha y nos vamos a ver Naha se convirtió en un siesta de tres horas, ducha, y nos vamos a ver Naha. Amos, que cuando salimos ya era la hora de comer…

Tengo que admitir que la primera impresión que tuve paseando por las calles de Naha no fue nada fuera de lo común. La pintura de los edificios agrietada por la humedad y el salitre, la calle principal hasta arriba de coloridas tiendas de recuerdos, las palmericas por doquier… Es más, me pareció el típico sitio donde todo el mundo va de veraneo, algo así como un Torrevieja o un Benidorm. Mucha gente me comentaba entusiasmadísma que Okinawa era lo más, y otros muchos que tenían muchas ganas de ir (entre ellos algunos de mis amigos japoneses), pero si soy sincero, no me pareció para tanto. Valep, si te quedas casi todo el tiempo en Naha como nosotros, es como irse a tostar a cualquier sitio cutre del Mediterráneo. Otra cosa es que te vayas a visitar las demás islas y te dé por hacer deportes acuáticos, inmersiones, buceo y demás… Entonces admito que podría llegar a ser más interesante. El caso, que para comer nos pedimos Okinawa soba, un ramen típico de las islas. 














Con el mapa de la oficina turística ocupando casi todo el salpicadero, decidimos que con el tiempo que nos quedaba iríamos a visitar el sur de la isla. Yo había visto en un catálogo una formaciones rocosas que quedaban cerca de la playa y que me llamaron bastante la atención, así que como Naha está en la parte sur de Okinawa, pues aprovechamos para ver la zona antes de que anocheciera.

Aún con el tiempo revuelto, las playas de Okinawa tienen un inexplicable atractivo. El agua clara y cristalina, el que no haya casi olas, las combinaciones de azules y verdes aquí y allá, la cantidad de bichos, bestias marinas y peces colores… El único problema que tienen, al menos todas en las que estuvimos en Okinawa, es la arena. Weno, no es exactamente arena, es como una acumulación de conchas, esqueletos de coral de variadas formas y tamaños, y chinarros de todos los colores. Y según te vas acercando a la orilla, parece que se van amontonando más los componentes (había zonas de arena fina lejos de la orilla!!). Así que he tomado nota para la próxima vez que tenga que ir a Okinawa [nota mental: dejar de decir tonterías], a saber, llevarse unas chanclas de éstas de playa con las que te puedes meter en el agua, de las de plástico de toda la vida.

Como hacía un viento considerable y parecía que echaría a llover en cuanto nos descuidásemos un poco, al final nos dedicamos a pasear por la playa inspeccionando los animales que íbamos encontrando (un pez globo muerto, cangrejos ermitaños, minicangrejos que corrían que se las pelaban entre las rocas…), con alguna que otra incursión hasta las formaciones rocosas (es que descalzo también es jodido caminar por el agua!! que se te van clavando todos los cadáveres de moluscos en los pies!!). 




















El día se remató con una visita al Parque Memorial de la Paz de Okinawa, un lugar en el que se honra a las víctimas (tanto civiles como militares, independientemente de su país de procedencia) que murieron en la batalla de Okinawa durante la Segunda Guerra Mundial. Parece que el día lúgubre que nos acompañaba también estaba de luto por aquellas personas… 

















Y weno, como colofón, volvió a diluviar aquella noche. De cenar, pasta en cualquier restaurante de la avenida principal. Y la incomparable sensación de poderse quitar las sandalias y caminar descalzo por la calle, mientras los riachuelos que bajan por las cuestas te llegan a la altura de los talones, el agua se te va colando por entre los dedos de los pies, y puedes llegar a notar la presión de cada una de las piedrecitas con las que han asfaltado la vía.




Los planes del siguiente día eran muchos, además teníamos que desalojar el hostal en el que estábamos a la hora del check-out porque esa noche era la que no teníamos sitio fijo donde dormir. Después de coger el coche e ir a informarnos de los horarios de los ferries que van la isla de Zamami (座間味), pusimos rumbo al Katsuren-jo ato (勝連城跡), las ruinas de un antiguo gusuku (ぐすく), nombre autóctono con el que se conocen los castillos y fortalezas de la época en que Okinawa y las islas de la prefectura de Kagoshima (鹿児島) eran parte del reino Ryukyu, que fue más tarde invadido y anexado por los japoneses. Merece la pena ir a visitar las ruinas, bordear las murallas, sumergirse entre árboles, orugas, caracoles, y encaramarse a lo alto de la fortificación par contemplar cómo, tras un bosque enmarañado, se fusionan a lo lejos el mar y los edificios.


























Después nos fuimos hasta la isla de Miyagi (宮城島), que lo único interesante que tiene es que para llegar hasta allí hay que atravesar un puente superlargo construido sobre el mar. Nos paramos a tomar algo en la isla, y AJ aprovechó para comprar algunos recuerdos típicos. De todas formas la parada era premonitoria, ya que media hora después nos parábamos en medio de ningún sitio para comernos un bento, de camino a Zakimi-jo ato (座喜味城跡), otro complejo de ruinas de origen Ryukyu. Al igual que en el anterior, merece la pena darse un garbeo por sus entresijos, tocar sus paredes de piedra de donde casi brota el agua, y caminar por la explanada central de césped dejándose escaldar por el implacable sol.








































La última parada turística del día fue en el acuario Churaumi de Okinawa (沖縄中ら海水族館), el segundo acuario más grande del mundo (el tanque central es absolutamente gigante!!!). Donde además de ver peces (Nemos y Doris incluidos), mamíferos, seres vivos inclasificables y sucedáneos de moluscos de todas las texturas, tamaños, formas y agresividades, pudimos ver uno de los atardeceres más bonitos de los que tengo recuerdo. Por cierto, os dejo el vídeo de un cangrejo que me hizo mucha gracia (amos, que dudé de su inteligencia desde el primer momento), el bicho no dejaba de moverse mecánicamente de un lado a otro del acuario, como si fuera una pelota de ping-pong [nota: se permite mi lapidación pública por lo malo que es el chiste]. En algún momento me recordó a aquella especie de pollo del aviario de Hong Kong que no cesaba en su empeño de subir la cuesta para luego bajarla.































De vuelta a Naha aprovechamos para parar a cenar una hamburguesa en un A&W, ya que si no me equivoco Okinawa es uno de los pocos sitios en Japón donde hay restaurantes de esta cadena norteamericana. La coña de pararse en este lugar de comida rápida es que sirven la Root Beer, una especie de bebida que a mi me supo a regaliz, y que al contrario de lo que se puede suponer por el nombre, no tiene ni una pizca de alcohol. 




Y weno, a las últimas habíamos conseguido reservar un albergue juvenil barato en el centro de Naha, pero tuvimos que dar miles de vueltas con el coche hasta conseguir aparcarlo (ojo lo que sajan por aparcar!! infamia!!). En la pequeña entrada se amontonaban las zapatillas de todos los inquilinos, casi sin hueco para dejar las nuestras, había cuatro o cinco con pinta yonkarras en el salón, fumando porros un par, el otro tocando la guitarra, y varios de ellos en corro riéndose de algo para mi incomprensible. Tenemos reserva para dos esta noche, sacamos el dinero, pagamos, por aquí, síganme. Tengo que decir que el espectáculo que se abrió ante mis ojos al entrar en la habitación bien mereció la pena, era como una especie de nave alargada en la que había sendas literas gigantes (gigantes!!!!!) de madera a ambos lados, calculo que cabrían ahí cincuenta personas como mínimo. Weno, más que literas eran triteras, y estaban puestas de tal forma que se durmiera en perpendicular a la pared sobre la que estaban apoyadas. Si tenías la suerte de dormir en el primer o el segundo piso, te tocaban una especie de cubículos para una o dos personas, con unas cortinillas superfashion en la entrada, mientras que si como nosotros dormías en el tercer piso (de ahora en adelante, la terraza), casi dándote con el techo, tenías que compartir una especie de tatami continuo a lo largo de toda la tritera. Para que supieras cuál era tu sitio, tenías unas marcas justo en la escalera de subida, de las que se supone no podías salirte, amos, que como tengas la costumbre de dar muchas vueltas en la cama lo llevas claro… Si es que a mi estas cosas son las que me dan la vida!! Así a botepronto parece que aquello es un sitio sólo de paso para gente joven, pero tuve la impresión de que varios de los que dormían en la terraza llevaban allí bastante tiempo, uno hasta tenía una mesita y la ropa tendida, y el que estaba durmiendo a mi lado estaría a punto de jubilarse, la verdad es que al verle se me propagó un aire frío por entre las vértebras, sólo de pensar en cómo había acabado en aquel sitio… 


Por mucho que nos hubiéramos acercado el día de antes a ver los horarios de los ferries que van a Zamami, no se nos había ocurrido reservar [parece mentira que me siga sorprendiendo de mi mismo]. Nos faltó poco para volar por el puerto de Naha, bolsas con el desayuno en la mano, billetes de ferry recién comprados. Después de habernos sentado en el interior y de haberme tomao mi café con mi bollo mugriento, no pude reprimir mi deseo de salir a la cubierta (de esto ya hablé en algún momento). Y fue una buena idea no haberme salido con el desayuno, porque hacía un viento del carajo!!


















Una hora después llegamos a nuestro destino, y la primera impresión que tuve fue de un sitio abandonado y descuidado. Esta vez sí que nos aseguramos y nada más llegar compramos el billete de vuelta, esta vez en barco. Como sólo íbamos a estar allí medio día (los horarios de los barcos dejan bastante poco margen), y como resulta que la isla de Zamami es muy montañosa, pues nos alquilamos una bici y una motocicleta para recorrer el terreno y poder llegar hasta las playas. AJ no tiene carné de moto, así que por eso no pudimos alquilar una dos plazas y tuve que conformarme con ir en bici, ya que tampoco tenía el carné de conducir internacional. En buena hora… Mira que cada día me doy un viaje de ida y vuelta al curro en bicicleta de casi una hora, pero es que Zamami son sólo cuestas muy empinadas!! Para ir a la primera playa no hubo ningún problema, pero para subir al observatorio después de comer casi muero en el intento, me acabé bajando después de diez minutos (y bastante que aguanté)!!! exagerao!!! 










En la primera playa en la que estuvimos había poquita gente, y efectivamente, la arena no era arena, era una colección de conchas y demás movidas calcáreas. No obstante, me aguanté en dolor en los pies y me fui a remojar un rato (yo es que tengo un problema cuando voy a la playa, una vez que me meto en el agua puede pasar bastante rato hasta que vuelvo a salir convertido en una pasa…).












Después de pararnos a comer katsudon (cómo lo voy a echar de menos en España!!) y probar de nuevo un goma-tofu, cogimos la moto y la bici y pusimos rumbo al observatorio que está en lo alto de la isla. A los diez minutos me tuve que bajar porque parecía que la cuesta no se iba a acabar nunca, así que seguí andando. En algún momento AJ me prestó la motocicleta, pero me estampé contra una de las paredes laterales (teníais que haber visto la cara de susto del pobre) porque se me olvidó preguntar donde quedaban los frenos [al que se le ocurra comentar esto morirá]. Y weno, después de muchos intercambios, medio me subo a la bici medio me bajo, conseguimos llegar al observatorio, y tengo que admitir que sólo por las vistas mereció la pena… 














La segunda y última playa en la que estuvimos era muy parecida a la primera, salvo que en esta sí que se hacía muy necesario haberse llevado las chanclas. Había mogollón de grandes rocas y corales diseminados por el suelo, y a veces no era muy obvio intentar pisar sólo la arena… Y después de ponerme las gafas de bucear y comprobar que entre los recovecos de las rocas estaba trufado de erizos de mar, pues como para ir descalzo por allí…!!! También había pececillos azules, naranjas, amarillos, negros, amos, un bonito espectáculo visual.








Caímos absolutamente rendidos en el barco de vuelta a Naha. Yo intenté dormirme, pero el aire acondicionado hacía que la sala pareciera un congelador, ni tapándome podía librarme de la sensación de frío, así que al final me salí a la cubierta. Una idea genial. Recogimos el coche y nos fuimos a cenar. Izakaya típica para una cena de cumpleaños. Yakisoba (焼きそば), takoraisu (タコライス, arroz con tacos mexicanos (¡¡¡sí sí!!!), una especialidad de Okinawa), tontoro (豚トロ), y la primera vez que me cobran el agua en Japón. 






















El último día fuimos a visitar el Shuri-jo (首里城), un castillo de la época Ryukyu reconstruido, a diferencia de los demás enclaves en ruinas. Lo que más me llamó la atención fue el color granate que lucían todos los edificios. Como entrar al castillo eran 800 yenes, al final sólo nos dimos una vuelta por los alrededores, y también nos quedamos a ver una representación de danza típica Ryukyu. 

































Después de meternos un ramen entre pecho y espalda, nos fuimos a dar nuestro último paseo por las calles de Naha, donde además coincidía que se celebraba un festival de música, y al mismo tiempo nos dejamos caer por mercados y recovecos donde vendían de todo. No pude reprimirme y me acabé comiendo un kakigori de melón, jeje…




















  
Tres horas, y el avión aterrizaba en Haneda. Creo que después de este viaje me acabó de quedar claro que si algún día tengo hijos quiero que crezcan en un sitio con agua. Hasta entonces, seguiré buceando mar adentro, donde descansan los sueños. Donde mis dedos se mecen enredados en tu pelo. Y tus labios y mis párpados se confunden en un beso. 

2 formas de ver las cosas:

  1. Que grande Cooper, si esta era la ultima entrada, inventate otra tio, da gusto pararse a leerlas y olvidarse de lo que pasa a tu alrededor;)

    Un saludo!

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  2. Ayrton: Juas juas, no era la última, todavía quedan un par! A ver si las cocino en breve, que si no se me acumulan y luego me pasa como siempre...!

    Un saludo y muchas gracias por comentar!!

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