martes, 30 de noviembre de 2010

Sueños rotos

Toboganes de sonrisas,
de dientes, de algarabía.
Resbalan por tus mejillas mis sordas palabras abrazadas a tus días.
Columpios en tus orejas,
tus cabellos, mi agonía.
El secreto de mis juegos, tu aliento animal sobre mi melancolía.
Se marchó el circo, se consumió el sonido, ahora quiero estar solo…
y masturbarme en la penumbra recordando aquellas noches de locos…
mientras maldigo, impotente, por beber de este elixir de sueños rotos.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Lisboa, mar de saudade

El polaco borde es eso, un polaco borde. Pero me cae bien, de hecho, es una de esas personas que ha pasado a engrosar mi lista de amigos inicialmente bordes. Se diferencian del resto de bordes insufribles y gilipollas análogos en que la primera vez que abren la boca después de haberte dirigido a ellos te entran ganas de sacudirles hasta la extenuación con el objeto contundente más cercano. Pero luego cuando hablas con ellos otro par de veces, descubres a gente que tiene algo más que mugre en la sesera, y con la que puedes estar cascando las horas muertas de los temas más diversos. Toda una sorpresa. Aquel último día en aquella izakaya tokyota se le ocurrió decirme que se iba a hacer el doctorado a Lisboa, craso error, porque mi cerebro tiene un porcentaje de RAM asignado a almacenar este tipo de información inútil (en detrimento de cosas más productivas e inteligentes), sobre todo si el lugar en cuestión es una ciudad o un país nuevo que descubrir. Sip, lo admito con vergüenza, nunca había estado en Portugal hasta el otro día, una verdadera pena. Pero más vale tarde que nunca!!!
Lisboa de Getafe queda a tiro de piedra, al menos para mi concepción de las distancias en coche (…aunque últimamente se me están haciendo más largas que cuando era joven). Supongo que el hecho de hacernos el trayecto en coche entre Getafe y Ginebra cuando era pequeño tiene que ver… No tenía pensado irme ese finde, pero la noche se me complicó y tuve que tomar la decisión de una semana para otra. Así que al final, ninguno de los candidatos a apuntarse a este road trip pudieron venirse por coincidencia de planes, con lo que me acabé yendo yo solo. No obstante, durante el nocturno viaje de ida pude disfrutar de la compañía de mi amigo gallego portugués que jugaba al rugby, pues él tenía que ir a visitar a su familia a Setúbal, que queda de camino a Lisboa. Ha sido una de mis víctimas que más ha resistido, pero finalmente también se quedó dormido, aunque sólo fue durante un cuarto de hora.
Lo malo de las carreteras portuguesas es que en muchas de ellas hay que pagar peaje (estoy mu mal acostumbrao a las autovías nacionales españolas…). Además, la única forma de acceder a Lisboa desde el sur es a través de uno de los dos puentes que cruzan la desembocadura del Tajo: o el del 25 de Abril o el Vasco da Gama. Y por supuesto, ambos pagando, aunque sólo sea para entrar en Lisboa. Pese a que el Vasco da Gama es toda una obra de ingeniería digna de ser contemplada de cerca, acabé entrando por el del 25 de Abril, que da menos rodeo. Pero amos, a nivel indicaciones deja bastante que desear, al menos para alguien que no es de allí (me atrevería a decir lo mismo de las calles lisboetas), yo me acabé metiendo por el carril de los que llevan la tarjetita adosada a alguna parte del vehículo, y al final tuve que hacer la pirula para recolocarme en alguno de los otros tropecientos carriles que hay.


Lo que pasa cuando se conduce de noche es que se suele llegar a la mañana siguiente. En otras palabras, que me comí todo el tráfico de entrada a Lisboa [un aplauso]. Y después del humor que se me quedó tras pagar casi 30 euros en peajes, pues como que no estaba el horno para bollos… En fin. Que tras maldecir mi suerte, comprobar que los carteles que indicaban Rua no sé qué o Avenida no sé qué no eran de fiar (parecían sugerencias más que indicaciones…), y dar mil y una vueltas por todo Lisboa, conseguí llegar a mi destino. Llamé a la puerta y me contestaron a voces por el balcón, algo muy sureño por otra parte, poco esperable de alguien de por aquellos países fríos. Vaya, pensé, qué rápido se está haciendo a la vida lisboeta… Daba la casualidad de que sobraba una habitación en la casa porque uno de los invitados se acababa de ir, así que al final pude disfrutar de una habitación para mi solo (el que me conozca sabrá que soy capaz de dormir en multitud de sitios y de posiciones…, pero si puede ser en una cama y calentito, pues mejor!!!). Dejar maletas, ducha, cháchara de cualquier cosa, saludar al italiano poco italiano que también vive en el piso, desayunar (a la una de la tarde hora portuguesa), echarse una microsiesta, mochila, mapas, metro, y hala! allá vamos a patearnos el centro histórico!



La primera impresión que me llevé de Lisboa me dejó un poco chof, y no sé si tuvo algo que ver el barrio en el que vivía el polaco borde (me recomendaron no llevar la furgoneta a Lisboa, pero como soy amante del riesgo [según los estatutos del blog follar a pelo fuera de una relación estable no se considera conducta de riesgo sino signo de primitiva incultura], pues me la llevé y ahí sigue, con matrícula española y sin ningún rasguño). Valep. Uno está acostumbrado a que en algunos barrios de Madrid la suciedad de las calles esté a la orden del día, no sé por qué yo me imaginaba que Lisboa sería una ciudad mucho más limpia, pero amos, está al mismo nivel que Madrid. Supongo que fue este prejuicio el que hizo que me llevara esa pequeña desilusión inicial. Sensación que se desvaneció totalmente después de cuatro días. Y creo que para saber exactamente de lo que hablo hay que haber visitado Lisboa. No sé si será el fado, las callejuelas de piedra empinadas entre casas de colores o las vistas del Tajo y del Atlántico desde los miradores de la ciudad. Pero a mi me dejó una huella peculiar difícil de describir, empapada a partes iguales de saudade y atardeceres bellísimos.
Primera parada, el castillo de San Jorge. Y es que a veces da la impresión de que Lisboa no sería Lisboa sin este castillo. Pero también dejo caer que aunque me gustara, no fue el monumento que más me llegó al alma de la ciudad. El polaco borde es una de esas personas que se junta conmigo y el combinado se vuelve una cosa de lo más aleatoria (otro de ellos es el mostoleño). Amos, que estuvimos casi una hora y media dando vueltas hasta que encontramos la entrada del castillo. Pero si es que todo parecía muy obvio: costa do castelo, lógicamente, cuesta del castillo [al menos para nuestra lógica], y venga a seguir la cuestecita y nada. Al final conseguimos llegar a la entrada reservada para los coches, y el tipo que estaba en la puerta, en una mezcla de portugués y castellano, nos dijo cómo llegar a la entrada correcta mientras nos señalaba con una rama seca en un mapa que se había dibujado él mismo en un trozo de cartón (creo que no éramos los primeros que preguntábamos…). La cosa ya clara (había que dar toda la vuelta y entrar justo por la entrada opuesta), pues nos paramos a ver el mirador de Santa Luzia, que quedaba de camino. Y weno, también para que el polaco borde se echara su cigarro de cada veinte minutos (él lo niega, yo no he llegado a cronometrarle pero juraría que ése es el intervalo de tiempo promedio).

























Y por fin llegamos al castillo de San Jorge. Murallitas, se sube arriba y abajo, se mira por entre los pinchos de piedra, se persigue a los pavos reales, se espanta a las palomas, se sacan fotos más o menos acertadas. Y como siempre, las vistas de la ciudad de Lisboa. Porque si hay algo de lo que la ciudad puede presumir es de tener unas vistas preciosas de sí misma.




































































Después, siempre acompañados por la incómoda maraña de cables que enhebran la ciudad (es lo malo de tener tranvía, como Ginebra) bajamos andando hasta la Praça do Comercio, muy espaciosa ella. Unos pasos más allá y estábamos en el mirador de Santa Justa, al que no subimos porque había que pagar no me acuerdo cuánto. Creíamos que sólo había que pagar por utilizar ese ascensor antiquísimo del siglo XIX, pero al final había que pagar incluso por subir al mirador. Así que ná, me conformé con las vistas que teníamos desde lo alto de la pasarela que une el mirador con las ruinas del convento do Carmo. Por cierto, este último, y por goleada, el lugar que más me gustó de toda Lisboa. No sé si sería porque estaba atardeciendo, porque tenía la cabeza como un bombo o porque llevaba ya casi cuarenta y ocho horas despierto habiendo dormido apenas un par, pero me pareció que aquel lugar tenía una magia especial.


























La última parada del día fue el mirador de Santa Catalina. Bonitas vistas, terracita en el parque, y una de las mejores limonadas que he probado en mi vida. Como la conversación de temas diversos se iba alargando, al final acabaron desfilando también las imperiales, y ya después de contemplar el anochecer nos fuimos a casa. Yo estaba para darlo todo, pero las horas sin dormir se notaban… Así que al final aprovechamos que había que hacer la compra para hacernos también con un par de litronas, así, a degustar en casa entre cigarrillo y cigarrillo de los veinte minutos. Pero antes nos dejamos caer por alguno de los bares de la zona, cosa de cenar un frango con patatas fritas (hay que joderse que el pollo castellano sea un frango portugués, con razón el camarero nos recomendaba el frango y yo asentía vale, vale, convenciéndome a mi mismo con probemos algo típico portugués, aunque luego pensara ya verás lo que nos va a traer…y al final resultó que el tal frango era un inocente pollo!!!). Caí fulminado en la cama después de la primera litrona.










Como no teníamos un horario muy definido, el sueño nocturno se alargó hasta las tantas. Tocaba ir a visitar la parte que se nos había quedado en el tintero el día de antes. Empezamos por la plaza de toros de Campo Pequeno, un lugar que si no hubiera sido porque ya sabía que era un plaza de toros habría dicho que era una especie de Kremlin con sabor sureño. Había amanecido nublado, y así siguió hasta que tuve que abandonar Lisboa, con sendos y generosos chaparrones los dos días siguientes. Desde allí bajamos hasta el museo Gulbenkian, café + cigarrillo + pasteis de nata (que en realidad son de crema), y a pasear por las salas contemplando variadas formas de expresión artística. Lo que más me gustó fue la exposición itinerante (no me acuerdo cómo se llamaba), y lo que es el Gulbenkian en sí me pareció una colección de caprichos aleatorios de alguien al que le sobra el dinero: pinturas, muebles de maderas nobles, jarrones chinos, alfombras persas, ofebrería, cerámicas y azulejos… Eso sí, no pongo en duda ni su valor histórico ni artístico… A estas alturas el polaco borde se tenía que ir por una reunión de trabajo en la universidad, así que al final acabé dándome una vuelta por el museo de arte contemporáneo, que tiene unas cosillas chulas, pero tampoco es que me entusiasmara mogollón.




















Habíamos quedado en la puerta del Hard Rock Café (dentro estaban celebrando una especie de fiesta de Halloween), así que el tiempo que duró la reunión del polaco borde, yo me dediqué a pasear por el parque de Enrique VII y a bajar la Avenida de la Liberdade, una vía llena de tiendas, algunas de ellas repijas. Cenamos en un bar cualquiera cerca de por allí, y el tiempo que duró la cena nos bebimos dos botellas de vino rosado. Una de ellas fue para acompañar el postre (esto es totalmente verídico). La noche empezaba bien…


































Mi amiga la novia de mi amigo informático con máster en vuvuzela me recomendó un sitio así a priori curioso. La descripción fue algo como es una taberna que no debe ser muy legal, el nombre está escrito en un papel en la puerta, hay actuaciones y cantan, pero luego para aplaudir hay que frotarse las manos porque si no se hace mucho ruido. A mi me dicen eso y ya me tienen en el ajo. Después de coger el metro y dar unas cuantas vueltas conseguimos encontrar el sitio. Serían ya más de las doce de la noche. Así a priori no parecía que aquello estuviera muy animado, es un bar pequeño, con un piano muy desafinado, una barra modesta en un lateral, sillas y mesas medio colocadas, cuadros y anuncios por las paredes, libros de partituras para guitarra con canciones en portugués, y un dueño súper bizco y muy majo (ponía los ojos casi a dos centímetros del vaso para atinar a verter los licores). Empezamos pidiendo algo light, unos portos, pero luego ya me moví a lo duro, amos, el vodka. Weno, en una ocasión tuve la mala idea de dejar que el polaco borde eligiera la bebida. Me trajo una cosa rara y a ratos imbebible, y desde entonces me reafirmo más en mi decisión de sólo beber vodka.




A nuestro lado había una pareja de italianos, él súper atento con ella, ella cantante amateur de fados, y estuvimos charlando un rato. Como tampoco éramos muchos, el polaco borde me propuso que usáramos para algo el piano, y como el alcohol desinhibe, pues ahí que te fuimos a hacer una improvisación a cuatro manos (el polaco borde también probó suerte con una especie de laúd pequeñito). Para lo desafinado que estaba tampoco sonaba tan mal juas juas… Durante nuestra actuación estelar habían llegado un par de portugueses, ambos fumetas de manual, y se habían sentado literalmente en nuestro sitio, a jugar al ajedrez. Supimos que eran portugueses porque también nos pusimos a hablar con ellos, es más, ambos compartían la misma amante polaca, todavía me acuerdo a uno de ellos preguntándome que si le podía preguntar al polaco borde para que le ayudara a escribir un SMS en polaco (lo que se hace por follar…).


El tiempo se me estaba pasando volao entre cubata y conversaciones transcendentales, no sé exactamente en qué momento de la noche entraron en el local cuatro o cinco hombres a los que todo el mundo ya conocía. Eran músicos habituales. Un par de laúdes, ¿alguna percusión?, y voz para acompañar la velada. Música en directo. La italiana se animó a cantar con ellos por momentos, yo me dedicaba a escuchar embobao mientras iba de la barra a mi sitio, y el polaco borde iba intercalando con los cigarrillos de los veinte minutos. ¿Que por qué me acuerdo tan bien de la pareja de italianos? Porque él tenía la mirada triste pero se esforzaba por sonreír, y ella tenía la infelicidad tatuada en el fondo de los ojos. Amos, que ella no era feliz y él lo sabía. He sentido esas miradas debajo de mi piel y las reconozco, es una sensación devastadora que te va minando por dentro. Y cuanto más se alarga toda esa situación insostenible, más te va consumiendo las fuerzas y la poca ilusión que te queda, dejándote baldao y para el arrastre. Me pregunto si siguen juntos. 





Me lo estaba pasando tan bien aquella noche que tampoco me di cuenta de el tiempo que pasó entre que los músicos recogieron el chiringuito y comenzó la siguiente actuación. Redonda, clara, firme, melancólica, una voz de mujer que pone los pelos de punta, cantando en portugués; una guitarra por acompañamiento, a veces un laúd, a veces una voz masculina. Una delicia. Digno de un concierto. La guinda de la noche, sublime. Allí no se movía ni una mosca. Y no hablaba ni el tato. Vale la pena escuchar el vídeo. Alfama não cheira a fado…



Al final nos dieron las cinco de la mañana. Y fuimos tan perros que nos volvimos a casa andando, unos cuarenta minutos. Creo que hasta desayunamos antes de caer cual sacos de patatas en nuestras respectivas camas. Por la noche llovió y tronó, y al día siguiente el patio trasero amaneció inundado. Mejor. Así se apagan con más facilidad los cigarrillos de los veinte minutos. El caso es que no hacía ni tiempo ni ganas para salir a ver cosas, pero coño, ya que iba a estar sólo cuatro días en Lisboa, quería aprovechar al menos para ir a ver los sitios más destacados. Así que decidí ir a Sintra. El polaco borde se quedó en el piso, más que nada porque con la que estaba cayendo nadie nos aseguraba de que al final se pudiera visitar el castillo a gusto. Pero weno, el que no arriesga no gana (aunque luego se parta la crisma).
La furgoneta llevaba aparcada en una de las calles aledañas desde hacía un par de días, y ya era tiempo de sacarla a pasear. Llegué a Sintra un par de horas después, culpables: diluvio 20% + no conozco el camino 10% + señalizaciones confusas 70% (lo de la señalización de las carreteras en Portugal es algo que escapa completamente a mi entendimiento…). Para subir al palacio de la Pena hay que meterse con el coche por unas cuestas imposibles con curvas improbables, que luego se convierten en un camino empedrado. Y cuanto más se avanza, más bonito se vuelve todo. Más verde, más salvaje. Más bosque, más musgo, menos asfalto. Más olor a madera, más aire fresco. Además, la lluvia de por la mañana hacía que todo estuviera humedecido, y por momentos tenía la impresión de encontrarme en medio de la jungla.




Definitivamente, es de tontos ir a Lisboa durante más de dos días y no dejarse caer por el palacio de la Pena de Sintra. Dejé la furgoneta en una especie de aparcamiento en medio de un bosque cercano, donde las plazas se señalizan con pivotes de madera clavados en el suelo, cada pocos metros. Desde la zona de las taquillas, donde adquirí un billete combinado con el que poder visitar otro de los monumentos cercanos a elegir, se puede subir andando o pagar un euro para coger una especie de autobús antiguo (yo ya iba pillado de tiempo así que al final me monté en el bus). El palacio data de cuando todavía existía la monarquía en Portugal, y visto desde afuera parece sacado de un cuento fantástico. Lo más llamativo para mi, los colores de la fachada. Y luego, toda la retahíla de detallitos que se pueden encontrar tanto dentro como fuera: grabados, acabados, azulejos, tallados, arcos, diseños, esculturas, patios, pinturas, frescos, muebles, mosaicos, telas… Como si cada rincón del castillo tuviera vida propia…
































Cuando acabé de seguir las indicaciones que te van llevando por las estancias del castillo me volví para coger el autobús, y fui testigo de una escena peculiar, algo así como un choque cultural juas juas. Hacía un viento de éstos que cortan si lo tienes que aguantar durante más de diez minutos, y además estaba chispeando. Un grupo de turistas japoneses se había refugiado detrás de un saliente del castillo, mientras que sus dos guías estaban esperando en la parada. Cuando llegó el bus, pues lo lógico, se sube a mogollón, como en el metro. Pero si se cambia el chip a mentalidad nipona, la cosa se convierte en llega el bus, y se sube de forma ordenada, por estricto orden de llegada. Si se sigue este último razonamiento, los japoneses debían subir primero, eran los que más llevaban esperando. Y el guía estaba dispuesto a que esto sucediera así. Mala idea tuvo aquel inglés sexagenario en intentar subir al mismo tiempo que todos ellos (no creo que en ningún momento tuviera la impresión de estarse colando), porque se encontró con que el guía bloqueó la puerta poniéndose en medio y no le dejaba pasar, se aferraba al autobús gritando en portugués nosotros estábamos aquí antes!!!... me sigue pareciendo sorprendente que no llegaran a las manos. De haber sido yo el inglés le hubiera calzao una hostia al guía y luego habría esperado amablemente a que entraran todos, porque el hombre fue bastante maleducado desde el principio. Las cosas en Japón se hacen a la japonesa. Y en Europa a la europea. Regla de oro para conocer otras culturas, respetarlas.
Mi entrada combinada me permitía visitar otro sitio, así que me decidí por el castillo de los Moros. Como me equivoqué al aparcar, al final tuve que darme una caminata de veinte minutos (se puede dejar el coche prácticamente en la entrada…), y cuando llegué arriba del todo una especie de guarda que le estaba echando de comer a unos gatos me dijo que estaba cerrado. Esto sí que me cabreó. En los letreros de acceso se podía leer hora de cierre: 18h, y justo debajo, venta del último billete: 17h. Yo aparecí por la puerta a eso de las cinco y media, pero el caso es que no tenía que comprar ningún billete, porque ya lo tenía comprado de antes. Creo que el cartel induce a error, en todo caso debería poner último pase: 17h. Y yo me hubiera dado la vuelta sin ningún problema. De todas formas, lo bueno de llevar un rotrin en el bolso es que puedes corregir este tipo de errores in situ para evitar que a algún otro descuidado le pase lo mismo…










Llegué a casa y el polaco borde se acababa de levantar. Yo no había comido en todo el día, así que ataqué los restos de Mars que pululaban por la encimera. Pasamos la tarde intercambiando música, weno, yo me traje sólo los CDs del coche, así que prometí que para la próxima quedada llevaría un recopilatorio de al menos diez gigas, que fue lo que le inyecté a mi portátil. Ya de noche fuimos a cenar a un restaurante indio que está a un par de portales, pero en el que también sirven especialidades portuguesas. A mi se me ocurrió pedir chouriço a la no sé qué, y aquello picaba como para morirse, menudos lagrimones… Volvieron a caer dos botellas de vino. La noche empezaba bien, de nuevo…
El otro sitio que nos recomendaron para salir de marcha estaba justo en la costa do castelo, lugar que ya teníamos visto y revisto del primer día. Si no me equivoco, pertenece a una asociación cultural, y tiene una terraza al aire libre, un restaurante en la parte de arriba, y una especie de sala de actuaciones en la parte de abajo, con sillones y mesas dispuestas para charlar y un pequeño espacio para mover el esqueleto. No es una discoteca (perdería todo su encanto!!), pero te puedes sentar a tomar algo tranquilamente, y si te apetece, pues bailotear un rato. Desde el escenario amenizaban la velada unas DJs, metidas de lleno en su movida psicodélica, atuendo incluido. Y así pasamos la noche, rajando y rajando [los temas no se tratarán en este blog, pero se puede observar la cara de circunstancias del polaco borde], mientras iban desfilando los whiskeys y los vodkas. De vuelta a casa, esta vez nos cansamos de andar y acabamos pillando un taxi, pero le pude sacar un foto al mirador de Santa Luzia de noche…




Lo que más me estresaba de tenerme que levantar al día siguiente eran un par de cosas. La primera, retrasar el reloj una hora. La segunda, un viaje de seis horas de vuelta a Madrid. Llegar. Y hacer las maletas para volver a irme el día siguiente. Y no me gusta conducir sin haber dormido lo suficiente (uno se hace viejo…). Así que me levanté, me duché, preparé café, me comí un bollo que encontré, y cuando hube recogido todos mis bártulos llamé a la puerta de la habitación del polaco borde. He preparado café, me piro. ¿Qué hora es? La una de la tarde, pero con el cambio se queda en las doce. Me levanto y me fumo un cigarrillo. Diez minutos después, salía escaleras abajo en dirección a mi última parada en Lisboa, el barrio de Belém.
En este barrio lisboeta hay al menos cuatro cosas que hacer, léase visitar tres monumentos y comprar comida típica. La Torre de Belém es una torre solitaria que se levanta en la playa, a la vera del paseo marítimo, en plan fortaleza desde la que disparar a barcos enemigos. Era domingo, gratis, y estaba hasta las tetas de gente. Da la casualidad de que las escalerillas para subir hasta la parte de arriba son de caracol y muy estrechas (apenas caben dos personas circulando en sentido contrario), así que se hacían unos tapones increíbles, y eso explica la cola que había para entrar. Andando unos diez minutos se encuentra el monumento a los Descubridores, presidido por una amplia plaza en la que las baldosas dibujan una gigantesca brújula. Se puede subir hasta la parte alta del monumento, pero me dijeron que las vistas desde allí no aportan nada nuevo, así que me dirigí hacia el monasterio de los Jerónimos, que queda al otro lado de la calle, tras atravesar un parque lleno de fuentes y arbolitos. Dentro, pinturas, bóvedas, y columnas esculpidas. Detalle minucioso tras detalle minucioso. Y esa especie de penumbra, tanto visual como sonora, que parece habitar dentro de todas las catedrales. Por último, fui a la caza y captura de una panadería para comprar unos pasteis de Belém con los que deleitar a mi familia a la vuelta.


























































El viaje de vuelta se alargó un poco más de la cuenta. No había salido de Portugal cuando me entró una modorra criminal, como si hubiera engullido de golpe cuatro platos de fabada. Así que paré para echarme un rato. Ya por Extremadura me paré de nuevo, tocaba echar gasolina (por muy increíble que parezca, es más barata en España que en Portugal…), y aproveché para comerme un bocata, que llevaba sin comer algo sólido desde el desayuno…
Llegué a casa sin más complicaciones, e intenté preparar la maleta para mi siguiente aventura, pero caí rendido en la cama… En pocas horas, saldría en un vuelo hacia Tánger, destino final, Rabat. Pero eso ya es otra historia…