Youssoufia es un laberinto de callejuelas que suben y bajan, plagadas de escalones, a algunos de los cuales se les han quedado las entrañas al descubierto de tanto uso. Por supuesto, ningún escalón tiene las mismas medidas que el anterior. Ni que el siguiente. Los hay rectangulares, triangulares, cuadrados, y hasta dobles, a distintas alturas. Flanquean estas callejas edificios de cemento sin ningún tipo de ordenación, con o sin terraza, de uno o más pisos. Más de uno parece querer derruirse a sí mismo. Los hierros corrugados del hormigón armado están al descubierto donde menos se podría imaginar, y siempre sobresalen por las terrazas, haciendo un efecto de valla mal acomodada. Los cables campan a sus anchas de una fachada a la de enfrente, enredados en manojos que se van deshilachando si te molestas en seguirlos durante unos metros. En el mercado local se puede encontrar de todo lo encontrable, y más los domingos, cuando los vendedores no habituales invaden las calles aledañas casi hasta las puertas del taller ilegal de coches. Según vas andando por la calle del mercado, las calles que discurren en perpendicular dejan de tener un letrero a partir de la calle 28 (la 19 y la 20 tampoco lo tienen), pero alguien siempre se habrá molestado en pintar el número correspondiente en la pared. Desde cerca del minarete, la estampa es cuanto menos curiosa: lo que más llama la atención es la marea de parabólicas que coronan todo este caos urbanístico.
Tengo un problema cada vez que me junto con mi hermana. Y es que nos falta la mínima excusa, el mínimo comentario estúpido tipo mira lo que he visto, la mínima proposición hecha casi de coña, para acabar embarcándonos en las empresas más variopintas y sorprendentes. El reclamo esta vez era irse de voluntario a algún sitio, así que después de estar mirando y remirando por Internet, dimos con una asociación belga que se encargaba de gestionar estancias de diversa naturaleza en otros países. A mi me gustaría haberme ido a construir un puente o una carretera, o a ayudar a reformar una escuela, pero al final por cosas de fechas y posibilidades (nos teníamos que costear el viaje hasta el sitio en cuestión…), nos apuntamos a una especie de intercambio cultural que incluía un curso de árabe en Rabat.
Como ninguna de las cosas que hago sucede tal y como la planeo (en global sí, pero en particular siempre sale todo al revés), el viaje empezó con un retraso de cinco horas en el vuelo que nos debía llevar desde Madrid hasta Tánger. Así que llegamos allí cuando ya había anochecido, habiendo perdido los trenes que llegaban a Rabat a una hora no intempestiva. Un par de llamadas y teníamos en nuestro poder la dirección y el número de un hotel en el que pasar la noche en Rabat, así que al final decidimos coger el último tren que salía de la estación de Tánger. Cuanto menos graciosa, nuestra primera toma de contacto con Marruecos.
Los trenes marroquíes de la compañía nacional están bastante bien, los asientos de la segunda clase son gigantes y cómodos (la única diferencia con la primera clase es que no tienes el sitio reservado), pero el único problema, al menos cuando se coge un tren por la noche, es que hace un frío del carajo en el interior (incluso yo llevaba puesta una chaquetilla que pasó posteriormente a denominarse la oveja). Ah, y que no avisan de las paradas que va haciendo el tren (traducción: había que sacar la cabeza cada vez que se paraba para comprobar dónde estábamos). Durante este viaje descubrimos que si los magrebíes ponen la música del móvil a toda tralla cuando van en la Renfe no es que lo hagan para ser guays (yo soy de los que se cabrea cuando voy en el tren y me pasa esto, al final siempre les acabo llamando la atención…), sino porque aquí en Marruecos es algo completamente normal, doy fe de que los hay en cualquier bus o tren... Llegamos a Rabat a las tres de la mañana, weno, concretamente a Salé, la ciudad próxima a Rabat en la que habíamos reservado el hotel. Después de darnos un paseíllo en petit taxi desde la estación de tren, enfilamos por la medina de Salé (la cara de mi hermana fue todo un poema) y acabamos encontrando el susodicho hostal.
El cansancio se acumulaba, así que las horas que conseguimos dormir fueron de lo más reparadoras. El sitio estaba bastante bien, la decoración mu cuca, todo muy bonito y cuidado, desayuno incluido. Habíamos quedado que el buen hombre de la asociación nos recogería en la estación de Rabat, y allí nos encontramos un par de horas después, le acompañaba en el coche una chica francesa que también se había apuntado al curso de árabe, y de la que seríamos compañeros. Dejaron a mi hermana con la que iba a ser su familia de acogida, y yo me fui a casa del organizador, ya que el que tenía que venir a recogerme no podía porque estaba en clase. Sip, pedimos expresamente estar en familias de acogida distintas, ya que si no veíamos que más que aprender algo de árabe íbamos a estar todo el día de cháchara.
Por la tarde tuvimos una reunión en la sede de la organización para conocernos todos, los voluntarios marroquíes que alojaban a gente en casa, y los que íbamos allí al curso de árabe, en total, todo tías menos yo, por nacionalidades: Francia, Finlandia, Suiza, Rusia, Dinamarca (x2, una de ellas era la bomba, parecía estar todo el rato en la parra, y se daba un aire de soy divina y los demás sois una gran mierda que me encantaba). Hablando del rey de Roma, no tengo palabras muy cálidas para la asociación que nos llevó todo aquí en Marruecos (no causa muy buena impresión que te pidan el dinero del curso mientras van conduciendo…), así que weno, pasando completamente, que es lo más inteligente que se puede hacer [si a alguien se le ocurre embarcarse en una aventura parecida a esta, que me contacte antes]…
Después de esta pequeña reunión nos llevaron a dar una vuelta por Rabat, y acertaron de lleno con el sitio elegido, pues a mi me parece uno de los lugares más bonitos y sugerentes de la ciudad, la torre de Hassan. Nos contaron la historia del lugar, pero yo, para variar, estaba en la parra y no me enteré. Se trata de una plaza muy amplia en la que se distribuyen columnas rotas de forma ordenada, un minarete lo vigila todo desde el centro de la misma, y en otro de los lados se encuentra el mausoleo de Mohammed V (el primer rey desde la independencia marroquí), en el que se encuentra enterrado también su hijo Hassan II (padre del actual Mohammed VI). Lo lógico es que te tomen por desequilibrado cuando te dedicas a tocar y volver a tocar una pared y mientras la miras a menos de dos centímetros de los ojos… pero es que quería asegurarme de que el forro interior del mausoleo era un mosaico… Ante mi insistente curiosidad, uno de los guardas se me acercó para decirme que tardaron diez años en acabarlo…
El día finalizó con un café después de haber visitado la antigua medina de Rabat, donde hay un gran mirador que da al mar, y desde donde se pueden ver cómo las luces de la ciudad Salé se funden y confunden con el oleaje. Para llegar hasta allí desde la torre de Hassan hay que dejarse caer por el paseo marítimo. El río, de noche, se convierte en todo un juego de luces y sombras…
Volvimos a Youssoufia, el barrio de Rabat en el que vivíamos, cuando ya era de noche. Se trata de un barrio de gente muy humilde, y según la familia que te tocara tenías más o menos acceso a unas u otras comodidades. En mi caso, vivía en una casa de dos habitaciones y una especie de recibidor donde cabían un frigorífico, un armario de grandes dimensiones, el lavabo, un horno de un palmo de altura, una bombonilla de butano, y una cocina de gas que consistía en dos fogones montados sobre una placa de piedra y conectados a través de la encimera a la bombona de butano, que se encontraba debajo. La sala pequeña hacía las veces de sala de estar, comedor, lugar de reuniones, y habitación donde dormían el padre (que estaba muy malito y apenas podía moverse), la madre y la hija. Tenía una mesita baja en el centro, y alrededor, tres colchones-sofás para sentarse en el suelo, pegados a las paredes. Enfrente, al lado de la puerta, un televisor montado sobre un estante lleno de papeles y libros, y por el que siempre pululaba algún móvil perdido. La sala grande, más alargada, era el sitio donde rezaban. En el centro no había nada para que se pudieran extender cómodamente las alfombras del rezo, y el resto de la habitación estaba ocupado por un sofá marroquí a lo largo de las tres paredes restantes, de modo que te podías sentar en cualquier lugar menos al lado de la puerta, donde había una mesa baja más grande que la de la otra sala. Aquí dormíamos el hijo y yo, cada uno en uno de los laterales del sofá (y aún así sobraba un lateral…). El único problema que tuve al principio para dormir fue que el sofá era un poco estrecho, así que tenía que elegir una postura para pasar toda la noche si no quería caerme al suelo o darme de narices contra la pared. Y no estoy exagerando…
En cuanto al baño… se encontraba al lado de la escalera. Uséase, fuera de la casa, en el pasillo. En un pequeño habitáculo en el que casi me daba contra el techo y podía tocar las paredes opuestas con los codos, se podía encontrar una taza al estilo marroquí, que es como coger un lavabo con un agujero más grande, flanqueado por un par de plataformillas moldeadas en la misma cerámica para apoyar los pies, y empotrarlo en el suelo. Con lo cansino que es cagar en cuclillas… Lo bueno es que se elimina el problema que supone para mucha gente sentarse en la taza. Y lo malo, weno, digamos lo incómodo, es que hay que limpiarse el ojete con la mano. Ahí es ná. El funcionamiento es fácil y reproducible. Después de haberte acomodado y haber escuchado el último plof, ese que indica que como sigas haciendo fuerza se te van a reventar las almorranas por efecto Joule, lo único que tienes que hacer es localizar un pequeño cubo, el grifo, y una pastilla de jabón. Vista la postura en la que se está, todo lo anteriormente mencionado anda por los alrededores. Se llena el cubo, y se procede a la limpieza. Lógicamente, y debido al cambio sustancial de color del agua del cubillo, hay que vaciarlo varias veces, en la propia taza (básicamente, entre las piernas), hasta que dicho cambio no se produzca. En estos momentos estaremos seguros de haber concluido nuestra tarea primaria con éxito. Aclarar los restos de jabón y secarse con una toallita que se supone que tenías que llevar contigo (…más de una vez me fui con el culo mojado después de un apretón criminal…). Por último, una vez de pie, comprobar que la descendencia estomacal ha huido por el desagüe, y en caso contrario, añadir cubos de agua hasta que no quede vestigio alguno de nuestros vástagos. Limpiarlo todo (no mola encontrarse regalos cuando te estás yendo por la pata abajo y necesitas usar el baño urgentemente), y tapar el agujero de la taza con una botella de lejía llena de agua. Este último procedimiento escapa a mi lógica, pero hablando con los demás voluntarios europeos me enteré de que en sus casas de acogida también lo hacen. Lo dicho, se me escapa.
Siguiendo con temas menos scat, pero sin abandonar el baño, hablaré de la ducha… Weno, de la no ducha, porque no había (eso sí, en casa hay parabólica y pantalla de plasma…). Entre el váter y la pared posterior, sobre la que lucía un espejo con las esquinas picadas, quedaba un hueco en el que a duras penas se cabía, y donde siempre podían encontrarse un taburetillo de madera y tres o cuatro cubos, todos grandes, organizados como muñecas rusas. Obviamente, había que ducharse a cazuelazo limpio. La caldera se encontraba fuera, en el pasillo, en un hueco justo al lado de la puerta del baño, tapado de miradas indiscretas. Para abrir el gas había que quitar un par de tablas de madera encajadas en la pared (qué jodío era volver a encasquetarlas después…!!), y me recomendaron darle golpes a la llave de la bombona con unos alicates que más bien parecían un arma blanca. Me dijeron que solía atascarse y que era la única forma de conseguir abrir el gas…
Las primeras veces que me duché entré al baño con la ropa puesta, pero como no había ningún sitio donde colgarla y corría el riesgo de mojarse si la dejaba en el suelo (se ponía todo perdido de agua…), al final acabé dejando la ropa en mi habitación y paseándome por la casa sólo con la toalla. De esta guisa me topé un par de veces con las mujeres del hogar (la madre se levantaba muy temprano a calentar agua para el té y a hacer el pan), y es cuanto menos divertida la cara que se les queda al ver cómo te pegas con la bombona, casi en pelotas por el pasillo, mientras maldices en una lengua que no entienden. Una vez asegurado el suministro de agua caliente, se vuelve a entrar en el baño, se vuela por encima de la taza (recordemos que está empotrada en el suelo), y se acomoda uno en el taburete. Y eso, que cubo a cubo, mezclando agua fría y caliente. A la antigua usanza. Lo único incómodo es que el hueco que quedaba tras sentarse en el taburete era bastante pequeño, así que tenía que esforzarme para no acabar resbalando dentro de la taza. Weno, ni resbalando ni cayéndome directamente, porque para llenar el cubo había que inclinarse por encima del cagadero para llegar a la altura de los grifos… Cabe resaltar que yo era la única persona de la casa que se duchaba todos los días, o al menos, eso creo… No negaré que mi concepto de la higiene y la limpieza dieron un giro radical durante mi estancia…
Por otra parte, la comida marroquí es como comerse un gran bocata. Y el que haya vivido Marruecos alguna vez sabe a qué me refiero. En mi casa había tajine todos los días, salvo los viernes que preparaban couscous (se supone que es el día en el que todos los musulmanes tienen que ir a rezar). Lo del tajine tiene su gracia, porque toma el nombre del recipiente en el que se cocina (es una especie de plato grande de barro con una cubierta cónica bastante llamativa, también de barro), así que yo le preguntaba a la hija que qué era lo que nos estábamos comiendo, y siempre me contestaba tajine, y yo me rallaba, pero si esto es distinto de lo que comimos ayer, y también me dijeron que se llamaba tajine… Pues eso, que los ingredientes iban variando, mogollón de verduras (me llamó la atención lo mucho que utilizan las berenjenas), y de vez en cuando algo de pollo [¿paloma?] o entresijos, se deja hervir a fuego lento, y voilà!! Todo ello sazonado abundantemente con especias, por supuesto, que estamos en Marruecos! Por cierto, mi madre de acogida era una excelente cocinera.
A lo que iba, que me pierdo. En el Marruecos que yo conocí se come con las manos. Concretamente, sólo debería utilizarse la mano derecha para comer, ya que la izquierda se debe usar para otros menesteres [nota: ver procedimiento de uso del váter]. Así que en vez de utilizar cubiertos, lo que se hace es ir cortando trocitos de pan con los que ir [literalmente] cogiendo la comida del plato, como si estuvieras arrebañando, de modo que desde que se empieza a comer hasta que se acaba, el equivalente es haberse comido un bocata. Parece una chorrada, pero hace falta técnica!! Yo al final conseguí disminuir la cantidad de pan que ingería durante todo el proceso, y encontré el punto para desbrozar las patatas pringándome sólo las puntas de los dedos. Por supuesto, todos comíamos del mismo plato, y me dio la impresión de que cada uno tenía su parcelita delimitada y no debía invadir la zona del comensal de al lado. El couscous también lo comen con las manos (yo en este caso pedía una cuchara, que lo de pringarse los dedos pase, pero lo de pringarse las manos era algo que no me acababa de llamar la atención…). En este caso, se agarra un poco del plato central y se amasa con ambas manos, se pone en el hueco de una de las palmas, se le da golpecitos con la otra mano para compactarlo, y hala, para adentro de un lengüetazo [totalmente verídico!!!!, me recordó cuando me lamía las manos de pequeño cuando me ponía perdido de helado…].
Acabada la comida, era tiempo de té. Uno de los momentos que más disfrutaba del día. Lo del té calentito, puede que acompañado de unas rebanadas de pan con mantequilla o de un trozo de bizcocho, es de lo mejor que hay. En casa tenían dos o tres variedades, y hasta me enseñaron cómo se prepara, pero admito que no me acuerdo bien, eran muchos pasos… :-S Eso sí, la única pega que le veo es la cantidad ingente de azúcar que le ponen (no apto para diabéticos!!)!!! Weno, no sólo al té, lo de tomarse un café en un bar y que me sobren la mitad de los azucarillos nunca me había pasado… Y de esos deliciosos pasteles, ya ni hablamos…
Y weno, para rematar el apartado comida, mencionaré algo a lo que no pude acostumbrarme, y creo que nunca podré. Me refiero a los ruidos que están bien vistos, socialmente hablando. Después de un año en Japón no fui capaz de sorber los fideos (oye, qué silencioso eres comiendo, ¿no te gusta? me decían), pues en Marruecos me pasó algo parecido con los eructos. Valep que en algún momento se te escape alguno en la mesa, de esos incontrolables que vienen de repente, pero eso de tirárselos aposta, con la boca tan abierta que se te puede ver el píloro, es algo que no me acaba de convencer. Todavía recuerdo a aquella señora que bien podría ser mi abuela, negro riguroso, velo islámico, y que había sido invitada a tomar el té en casa. Lanzó un bramido tan feroz, de una potencia tan mortal y turbadora, que me robó la inocencia. No te preocupes, aquí en Marruecos está bien visto me decían tras ver la cara de susto que se me quedó… En fin…
Por las mañanas, había que levantarse temprano para ir a clase de árabe (entre otras cosas, porque la ducha se podía alargar durante un buen rato…). El camino desde casa hasta el aula (sólo había una, en la que apenas cabíamos los nueve…) podía hacerse de dos formas. La primera consistía en enfilar por la maraña de edificios y callejas para acabar en la calle del mercado. Este trayecto no es recomendable si no se conoce el barrio, pero se llega antes, así que bien merecía la pena perderse un par de veces (a ser posible no de noche) hasta aprenderse el camino. Así además podía recoger a mi hermana, que vivía de paso, e irnos juntos. La otra forma de llegar era rodear por la calle ancha que sube hacia el minarete, para terminar también en la calle del mercado, pero en el cruce con la calle principal y el Mini-Park. Fuera por donde fuera, las cosas que veía me seguían flipando, y eso que de un día para otro apenas había cambios.
En la calle ancha los coches estaban aparcados en cualquier sitio, preferentemente encima de las aceras. Éstas perdían baldosines por aquí y por allá, lo que hacía del suelo una colección de hoyos traicioneros, a modo de calvas en un césped. Algunos de aquellos bólidos aparcados eran pura chatarra oxidada, pero a falta de sitio en los garajes y talleres que salpicaban la calle cada veinte metros, pues se iban amontonando en las aceras hasta que se terminaban de desguazar o de arreglar. Esto hacía que cada poco te encontraras con un charco de aceite, alquitrán, o líquido sin identificar que se deslizaba tranquilamente calle abajo, sorteando neumáticos colocados al azar, cáscaras de mandarinas fusionadas con envoltorios de diversa naturaleza, estanterías metálicas trufadas de bombonas de butano, lonas de plástico sobre las que había semillas al sol, o niños correteando alegremente. Completaban esta escena diaria los locutorios, que al igual que los talleres se distribuían cada pocos metros. Me da que servían para mucho más de lo que yo los utilizaba, básicamente para llamar por teléfono y comprar las tarjetas prepagadas para el móvil e internés.
La calle del mercado tiene su propia identidad. Sus propios olores a especias, a jabones, a polvo enquistado, a señores sudorosos que llevan semanas sin ducharse, a señoras envueltas en fragancia de almizcle. Su variedad de productos es insospechada, y los tenderetes se alternan sin ton ni son, amos, que puedes estar comprando chuletas mientras el de al lado grita las novedades musicales en cd (pirateados todos, se sobreentiende). Todo se remezcla, kebabs, bolsos, camisetas, puerros, tabaco, harissa, carbón, cebollas, bananas, monederos, la lona del pan mohoso, detergentes, cuchillos y navajas, manzanas, canela, champús (por muy raro que parezca, el gel de ducha es jodidamente más caro!!), botas, naranjas, mandarinas, herramientas, corderos desollados, alfarería, cubos… Y gatos, gatos, y más gatos pululando por doquier. Hay puestos de venta […no de gatos…] a ambos lados de la acera, los unos invadiendo los soportales y los otros ocupando más de la mitad de la acera, con lo que al final queda un pasillito bastante estrecho para el tránsito. De hecho, es más fácil caminar por el medio de la calle, aunque la probabilidad de que te atropellen aumente exponencialmente.
He de decir que lo del tráfico en Marruecos es otra de las cosas que me dejó perplejo. Básicamente, es un caos por el que circulan todo tipo de vehículos, cacerolas a pedales, carricoches con acelgas que salen por los lados, camiones a punto de colapsar, motos con varios ocupantes, bólidos de lujo lujo. Pero toda este revuelto tiene cierto orden, que es lo más asombroso. Como hay pocos pasos de cebra, la gente cruza por donde le da la gana (puedo confirmarlo, que al final yo también lo hacía!!). Y ya no es que los coches te intenten sortear, den frenazos, te piten o insulten (todo se queda en eso!!), el colmo del buenrollismo es que cuando vas a cruzar hasta le puedes hacer una señal con la mano al coche dándole a entender que vaya más lento para que puedas cruzar tranquilamente…
Creo que todo esto venía a cuento del curso de árabe, que se supone que era nuestra prioridad principal… Seamos sinceros. En tres semanas de clase (de las que ya había que descontar tres días debido a la fiesta del cordero [volveré a esta celebración en otro post]), no se puede aprender mucho. Y menos que sea útil para nuestra estancia, básicamente porque nosotros aprendíamos árabe clásico y en Marruecos se habla un dialecto que poco tiene que ver… Pero weno, al final conseguí aprenderme el abecedario, los días de la semana, los meses y los números. El resto del vocabulario se me olvidó, por mucho que nuestra profesora nos fulminara cada día con ristras de palabras poco relacionadas temáticamente entre ellas. Qué maja era, siempre me daba recuerdos para mi hermana (digamos que un par de días estuvo indispuesta, weno, mejor dicho, indigesta a causa de un pollo [¿paloma?] jeje) y para la hija de mi familia de acogida.
Así a nivel principiante, lo más peliagudo que tiene el árabe es que para escribir sólo se utilizan consonantes [exceptuando أ y las dos semiconsonantes ي e و, que ya me veo yo a los listillos matizando esta afirmación], de modo que las vocales cortas que acompañan estas consonantes se saben por el contexto. Así que cuando se está empezando a estudiar se utilizan los llamados haraket, símbolos que se colocan encima de las consonantes y te indican si ahí va una vocal corta, una aspiración, o lo que corresponda. Puedo asegurar que es un lío. Lo de verme intentando leer los carteles por la calle era gracioso. Y lo de los periódicos, ya era de risa.
Al día siguiente, después del curso, fuimos a visitar el museo de arte contemporáneo de Rabat, un sitio totalmente prescindible si la visita a la ciudad es corta. Para no andar muy perdidos durante los primeros días, quedábamos a medio camino entre la escuela y nuestras casas, justo enfrente del Mini-Park, y los voluntarios marroquíes nos acompañaban en nuestro periplo por la ciudad. No es algo sencillo coger un autobús urbano así de buenas a primeras… Ese día, y tras serpentear por entre las palmeras del paseo de la estación, también nos dejamos caer por la medina, un sitio donde, al igual que en el mercado de Youssoufia, se puede encontrar de todo lo habido y por haber. Y donde además el precio es directamente proporcional a tu habilidad de regateo. La mía es completamente nula, así que nunca compré nada… Ese día volvimos tarde a casa.
Hará ya más de dos meses que nuestra aventura marroquí se terminó, y aún hay mucho que contar de lo que acaeció por aquellas tierras. Pero después de haber vivido veinticinco días allí los recuerdos se agolpan aleatoriamente, así que terminaré este primer post sobre Rabat con la visita que hicimos a la necrópolis de Chella, cuando ya habían transcurrido un par de semanas de curso. Junto con la torre de Hassan, me parece uno de los sitios de visita obligada. Se trata de un antiguo complejo romano olvidado por la historia y convertido más tarde en necrópolis por los bereberes, allá por el siglo XIV. Curioso es que el lugar esté plagado de cigüeñas, pero aún más asombroso es que cuando alguna de ellas muere no la retiren de la copa del árbol…
Rabat tiene bastante más que ofrecer, pero es que como siga me puedo acabar eternizando… Merece la pena hacer un hueco para destilar otras cosas, como el viaje de fin de semana a Fez, la fiesta del sacrificio, nuestra expedición a las dunas, o los últimos vaivenes de nuestra estancia. Pero también para una de las cosas más gratificantes y enriquecedoras de este viaje. El haber tenido la suerte de zambullirse en la sociedad marroquí.
Madrecita!! Tus post son como un capítulo de un libro!! Aún así me alegro que lo pasárais bien!! (ya estáis aquí??). Desde luego te estás haciendo un auténtico aventurero (lo del váter me ha dejado horrorizada). A ver si nos vemos y me cuentas más de tu vida!!
ResponderSuprimirVeo que tu experiencia marroquí ha dado mucho de sí, y también veo que tras Japón el límite es el cielo jejeje.
ResponderSuprimirBesos.
adelgazar 8 kilos en 3 semanas más que indisposición es una putada!!!
ResponderSuprimirpuedes acostumbrarte a todo, pero desde luego en mi familia comían con las 2 manos, y desde luego...no había papel ni toallitas ni jabón...no comments!!!
He de reconocer que me reido bastante con la descripción de poner un huevo, o como quieras llamarlo, jajaja. Se echaban de menos las entradas. Yo lo tengo olvidado, a ver si lo retomo
ResponderSuprimirUn saludo!!
Woao, tremendo! viajasteis sin tener ni papa de árabe? en que idioma os manejabais por allí, ingles? Sin duda muy interesante, y por supuesto una gran experiencia personal, (suma y sigue)
ResponderSuprimirun saludo
Extrañaba leer tus escritos tamaño familiar, me dejas con miles de dudas, quizá no tantas pero son bastantes, empezando por ¿cual es la divina?, supongo que el hombre de turbante azul rey es el guarda que se te acerco para expresar que habían terminado el faro en 10 años, me encantaron tus fotos sepia, entre otras, es indescriptible la sensación al verme ver la arquitectura con sus detalles que se reproducen hasta el infinito, es la hora del desayuno acá y me has quitado las ganas de comer después de imaginar el baño.
ResponderSuprimirMe da gusto leerte, ¿donde andas ahora?.
Superdi: Cuánto tiempo!! :-) Pues lo de Marruecos fue en noviembre del año pasado, así que ya hace tiempo que estamos de vuelta. Lo del váter, es que tenía que contarlo jaaarrr... A ver si nos vemos pronto!
ResponderSuprimirChristian: Pues dio bastante de sí, lo de contar con la complicidad de mi hermana fue un plus en favor de la aventura jeje. El cielo todavía queda muy cerca, :-)
Rosalía: Eso explicaría que te pusieras tan mala después del couscous radiactivo. Por cierto, yo también adelgacé tres kilos...
Ayrton: Es que lo de plantar pinos fue algo que me marcó lol A ver si te veo pronto por el blog!
Fortuna y Gloria: Si te digo la verdad, nos hablaban hasta castellano por la calle, sobre todo en las zonas turísticas, aunque sólo fueran cuatro palabras mal aprendías. Utilizábamos el francés para comunicarnos, ya que lo habla una gran parte de la población. Toda una experiencia, sí!
niño de menta: juas juas la divina es una con gafas en el centro de la foto, me encanta! y sí, el hombre del turbante fue el que me dijo lo del mosaico, coincidió que me lo dijo dentro y luego nos sacamos la foto fuera (hay varios guardas que se van turnando). Me alegro de que te gustasen las fotos, y siento haberte estropeado el desayuno, pero tenía que poner lo del inodoro!! :-) En estos momentos ando por España, que mi presupuesto viajero está bajo mínimos...
Un abrazao a todos y muchas gracias por comentar!!
Hola, por casualidad la organización era FORUM COMMUNICATION DES CULTURES? Un amigo me ha dicho que ha visto en internet que tienen vacantes para voluntarios como profesor de inglés y también un curso de árabe, pero no he encontrado mucho en internet y agradecería tu opinión.
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