Cuando estás en el extranjero y te arrejuntas con otros extranjeros, alguien siempre acaba proponiendo un viaje de fin de semana, como si fuera una especie de norma no escrita pero de obligado cumplimiento. Para ser sincero, ésta vez yo no tenía muchas ganas de irme de expedición, no sé, había quedado con mi hermana en que iríamos al desierto en algún momento, eso ya lo tenía apalabrado y era inamovible, pero por otro lado me encontraba un poco desganao y además iba en very low budget, sí, lo de ir con el dinero contado al milímetro es algo que no me hace mucha gracia, pero es lo que había… Además, me consume una cantidad ingente de glucosa tener que andar haciendo cálculos para ratear de aquí y de allá, y al final mi mente está más pendiente de ahorrarse unos cuartos que de disfrutar de la experiencia...
Más que un viaje de fin de semana, lo que se había planeado era un viaje relámpago a Fez. Para el que no esté muy puesto, Fez es la tercera ciudad de Marruecos en cuanto a población se refiere, además de haber sido la capital durante varios periodos de su historia. Y efectivamente, el que me conozca habrá adivinado que este par de datos insulsos no fueron los que me convencieron para embarcarme en tan fulminante viaje. La coña que tiene la ciudad, aparte de que alberga la madrasa más antigua del planeta todavía en funcionamiento, es que su medina, que data de tiempos medievales, es la más grande del mundo musulmán, lo que además la convierte en la mayor zona peatonal del globo. Lo de ser Patrimonio de la Humanidad era sólo cuestión de tiempo.
Partimos un viernes. Implicados: la francesa que se iba a ir de estancia a Vietnam, la finlandesa profesora de inglés, la suiza preuniversitaria, y el aquí presente. Mi hermana había hecho planes con las jóvenes de su familia [volveré a este tema en otro post], así que no pudo acompañarnos. La idea: pasar el sábado en Fez. Habíamos quedado en coger el tren que salía por la tarde para llegar a eso de las siete si no recuerdo mal, asentarnos en el hostal, cenar, y levantarnos a la mañana siguiente para patear la ciudad. La francesa que se iba a ir de estancia a Vietnam y la finlandesa profesora de inglés habían quedado para ir de compras a Rabat después de la clase de árabe, la suiza preuniversitaria y yo nos fuimos a comer a casa de nuestras respectivas familias de acogida.
Para bajar a Rabat quedamos en el llamado meeting point, enfrente del Mini-Park, en la intersección de la calle principal con una callejuela, a medio camino entre una cafetería llena de señores en la terraza y una minúscula tiendecita de alimentación donde un chavalín se dedicaba a tostar almendras. Como sólo íbamos a estar un día en Fez cogí lo básico para pasar la noche, y como además tuve el gran fallo de no llevarme ningún macuto a Marruecos, pues al final mi hermano de acogida me acabó dejando la funda de un saco de dormir, que hizo las veces de mochila. No muy cómodo de llevar, todo hay que decir… El caso es que después de una semana, lo de pillar el autobús ya era pan comido (si te sabes el número, obviamente), el procedimiento me recordó mogollón al que utilizan en Tailandia, subes, te sientas, esperas a que el cobrador se acerque (es impresionante, no se les escapa nadie), le das sus 3,6 dirham (unos 30 céntimos de euro), mete el dinero en una especie de gran rulo de metal, y te da tu billete. Diez minutos más tarde nos habíamos reunido en la estación de trenes de Rabat con la francesa que se iba a ir de estancia a Vietnam y la finlandesa profesora de inglés. Por cierto, algunos autobuses siguen teniendo las indicaciones de la salida de emergencia en holandés.
Para ahorrarnos futuros sobresaltos, esa misma tarde compramos el billete de ida y vuelta a Fez. El tren llegó con un par de horas de retraso, así que mientras esperábamos en la estación nos pusimos a hablar de todo tipo de temas intrascendentes y potencialmente interesantes, amos, lo que se hace cuando hace poco que conoces a alguien… sí, ese tipo de conversaciones, sí! Y resulta que cuando ya oyes cómo va llegando el tren a la estación y piensas que el tiempo que has estado esperando hasta te merece la pena (previamente tu alma ha tenido que sobornar al destino para que no se te acabe el café tipo Starbucks), vas y te montas y te encuentras que todos los vagones están hasta las tetas. Yupiiiii!!!!!
Al final la suiza preuniversitaria y yo hicimos la mitad del viaje sentados en el suelo, en el hueco éste que hay en los extremos de los vagones, donde están las puertas correderas para pasar al vagón de al lado, los servicios en caso de que existan (y las fragancias que se desprenden), un tramo de pasillo y la puerta de entrada y salida. Las otras dos se recorrieron todos los vagones de segunda clase en busca de un sitio, pero no sé si se quedaron de pie o encontraron donde expandirse a gusto. Al rato, hubo una parada en la que se bajó mogollón de peña, así que aprovechamos para abandonar nuestro particular refugio y mezclarnos con la gente. Localizamos un par de asientos que habían quedado libres, yo me senté al lado de un señor que no dejaba de leer el periódico, y enfrente tenía a dos personas que no recuerdo (sí, me tocó en uno de los pocos arreglos de sillones para cuatro personas, esos que tienen una mesita desplegable fijada a la pared del vagón); la suiza preuniversitaria se sentó ocho filas más atrás. Ambos nos quedamos to pepperoni a los diez minutos.
Me desperté al sentir que la persona que se sentaba delante de mi se acababa de levantar para pirarse. Llamé entonces a mi colega helvética y nos reagrupamos. Pasó el revisor, billets, billets, yo le entregué los dos que llevaba, merci, merci, y la suiza preuniversitaria hizo lo mismo, lo que pasa es que ella sólo llevaba uno. Le falta un billete, señorita, cara de póker, pues yo sólo tengo uno, cara de ganas de multar, le falta el billete en el que se especifica el precio del viaje, cara de repóker, a mi sólo me han dado uno… Razón no le faltaba, claro, el billete donde venía lo que había costado el trayecto era uno de los dos que yo llevaba encima, lo que pasa es que al pedirlo todo junto en la taquilla nos habían dado un único recibo donde venía el precio total pagado. Se lo doy al revisor, ¿pero cuántos sois viajando juntos?, tras quedarse un poco extrañado de lo excesivo del precio para dos personas, cuatro, con toda la pachorra que me caracteriza en ciertas ocasiones, ¿pero y los otros dos?, tras asumir que la probabilidad de que los dos musulmanes sentados a nuestra vera vinieran con nosotros era muy baja, nu sé, por allí, en alguno de los otros vagones, señalaba yo con un gesto no muy convencido en dirección a la puerta corredera. Parecía que la explicación era suficiente, y que sería capaz de reconocer a un par de extranjeras despistadas con un único billete cada una.
Cuando llegamos a Fez ya era de noche. En Marruecos, lo que suele pasar cuando sales de una estación de tren o autobús y te ven cara de turista, es que los conductores de taxi se abalancen sobre ti y se ofrezcan para llevarte a donde sea que tengas que ir, generalmente por un precio módico. Los petit taxi, en los que caben tres pasajeros como máximo, tienen un contador. Así que, se introduce el…
Consejo nº1 para turistas y mochileros desubicados en Marruecos: nunca negociar de antemano el precio con un conductor de petit taxi, porque siempre os va a salir más caro (se las saben todas, y probablemente no seáis los primeros en pedirles que os lleven a un lugar concreto).
En este caso, como éramos cuatro tuvimos que tomar dos petit taxis, dirección Bab Boujloud (es el nombre de la puerta azul de entrada a Fez el-Bali, antigua medina de la ciudad). En cuanto le dijimos al taxista dónde íbamos, soltó un huuuuyyy, ese sitio está bastante mal, no tienen ni agua caliente (¡¡¡¡¡herejíiiiiaaaaa!!!!!), y nos aconsejó que fuéramos a otro. Obviamente, el otro era del algún conocido suyo. Al igual que el sitio al que nosotros íbamos era una recomendación del encargado de la asociación de voluntarios de Rabat [no comments…]. Lo que nos lleva al…
Consejo nº2 para turistas y mochileros desubicados en Marruecos: salvo que se vaya totalmente a la aventura, la mejor opción suele ser seguir con el plan que se había proyectado inicialmente, a pesar de todo lo que te puedan decir y ofrecer por el camino (puede que el precio a priori sea más bajo, pero si te has molestado en planificarlo a conciencia, lo más probable es que las condiciones de la oferta siempre sean peores).
Tal y como me comentó posteriormente una francesa que llevaba viviendo allí casi treinta años, en una zona turística, nadie que se te acerque por la calle a hablar contigo lo hará de una forma totalmente inocente, sino que siempre habrá algo de fondo relacionado con algún tipo de transacción. Los hay muy bordes y muy amables, pero siempre es lo mismo. Y me duele bastante decir que tiene mucha razón. Al final, como el taxista nos había metido el miedo en el cuerpo (puedo asegurar que después de una semana duchándome a cubazos una ducha normal se volvía imprescindible), terminamos llamando al hostal para preguntar si había agua caliente. Efectivamente, la había.
El sitio era bastante cutre, pero bueno, estaba dentro de la medina, justo al lado de Bab Boujloud. Dejamos los bártulos en la habitación, y tras dejarnos iluminar gastronómicamente por Le Guide du Routard que llevaba la francesa que se iba ir de estancia a Vietnam [la Lonely es Dios!!!! alabad a la Lonely!!!], nos fuimos a cenar a un restaurante algo carete que estaba en la Ville Nouvelle, la parte nueva de la ciudad de Fez. Dos cosas. La primera, es que me sorprendió que Le Guide du Routard incluya a Ceuta y Melilla en su guía de Marruecos. Si se hace caso al nombre, quiero pensar que el único motivo se debe a que la guía está pensada para moverse principalmente por tierra, y es más fácil visitar ambas ciudades estando en territorio marroquí. Lo segundo, es que un taxista se ofreció a llevarnos a los cuatro en el mismo petit taxi (de hecho nos llevó al restaurante y nos trajo de vuelta) tras apalabrar un precio que nos pareció razonable, nos dijo que nos apretujáramos detrás y que intentáramos escondernos para que no nos viera la policía durante el trayecto. Obviamente, nos estafó, de ahí el consejo nº1 para turistas y mochileros desubicados en Marruecos. El día siguiente hicimos el mismo trayecto pero cogiendo dos petit taxis y nos salió a mitad de precio…
Como decía, el hostal era bastante cutre. La habitación tenía dos camas de matrimonio y una individual, todas con sábanas y mantas (estas últimas tenían aspecto de estropajo por momentos), pero aún así pedimos un par de mantas más, ya que a la vuelta estaba refrescando bastante. Antes de irnos a acostar estuvimos pululando por los pasillos y acabamos subiendo a la azotea, desde donde se podía contemplar un cielo bellamente estrellado. Una delicia. También nos encontramos con un francés mochilero sentado en una silla y fumándose un piti, alternativo era el chaval, había pedido dormir en la azotea dentro de su saco térmico porque salía más barato que pillarse una habitación [opción a apuntar para futuros very low budget projects]. La francesa que se iba a ir de estancia a Vietnam se quedó de cháchara con él, los demás, después de darnos una vuelta por la azotea y comprobar cómo un par de chicos escalaban por un andamio para subirse a la terraza de enfrente, bajamos de nuevo a la habitación.
Había supuesto que en el hostal nos iban a dejar toalla y no me llevé la mía, craso error. Pero tenía clarísmo que me iba a duchar con toalla o sin ella. Me había tocado una de las camas de matrimonio, a la finlandesa profesora de inglés la cama individual (en su casa de acogida dormía en el salón con otras tres personas, se entiende que por un día necesitara una cama para ella sola…), y la otra cama de matrimonio la compartirían la francesa que se iba a ir de estancia a Vietnam y la suiza preuniversitaria. Estuve pensando en secarme con las sábanas durante un largo rato, pero al final se me ocurrió que iba a ser un poco jarto dormir sin sábanas en aquel lugar. Así que opté por un procedimiento intermedio, nunca mejor dicho. Me piré a la ducha vestido únicamente con ropa interior y playeras, exhibiendo mi cuerpo serrano por el pasillo, y después de haber estado media hora bajo el agua (en serio que lo necesitaba…), volví corriendo hasta la habitación (con el mismo atuendo pero más mojado, se entiende) y me zambullí directamente en la cama. La idea era secarme entre las sábanas de la mitad de la cama, que para eso era de matrimonio, y utilizar la otra mitad seca para dormir [sip, una vez dentro de las sábanas me cambié de calzoncillos…]. Si hubiera sabido que las sábanas se secaban tan deprisa hubiera utilizado toda la cama para secarme…
La noche fue algo movidita… La francesa que se iba a ir de estancia a Vietnam se quedó rajando con el francés mochilero [introdúzcase historia sórdida a gusto del consumidor] y volvió a las tantas, la finlandesa profesora de inglés se descolgó de repente con un ¿qué es esto? parece semen después de haber analizado concienzudamente las sábanas tras notarse algo incómoda, y la suiza preuniversitaria empezó encontrándose mal y acabó yéndose de varetas a las cuatro de la mañana tras haber estado vomitando profusamente [análisis diferencial: zumo de frutas]. Fantástico.
Habíamos quedado en que nos levantaríamos temprano por la mañana para que nos cundiera el día. Y así fue. Pero dado que nuestra amiga suiza preuniversitaria se encontraba fatal, nos dijo que prefería quedarse en el hostal todo el día, y que ya nos reuniríamos para volver a Rabat. Después de mirar el mapa y quedársenos cierta cara de haba porque no podíamos decir dónde estábamos situados exactamente, decidimos que sólo nos daba tiempo a visitar el barrio judío (Mellah) y alguna de las curtidurías la medina antigua (Fez el-Bali). Sí, sí, debe ser que lo de estar en la parra es algo contagioso… habíamos dormido dentro de la propia medina pero aún así seguíamos creyendo que estábamos en otro sitio…[no comments].
Según la guía, la Mellah se encuentra en la Rue des Mérinides, y claro, a nosotros no se nos ocurrió nada mejor que preguntar por esa calle. Craso error. En primer lugar, porque si le preguntas a una anciana que apenas habla francés, lo más probable es que te conteste en un popurrí franco-árabe apenas comprensible y te indique donde le dé la gana (al final resultó que la indicación que nos había dado esta señora era correcta juis juis…). Lo segundo, tener la mala suerte de que exista un hotel muy grande que se llame Hotel des Mérinides. Y que la segunda vez que preguntas para asegurarte de que vas bien encaminado, te manden en la dirección opuesta, saliendo de las murallas de la ciudad. En dirección al hotel, claro. El caso, que nos dimos un voltio de la hostia y acabamos apareciendo en lo alto de una colina adyacente desde la que hay una vista preciosa de la ciudad, se puede contemplar parte de la muralla derruida desde un paseo lateral paralelo a la carretera que deja atrás el museo de las armas, y además hay cada pocos metros unos señores que venden unas especies de hilos (¿hebras? ¿cuerdas?) enrollados, creo que eran cometas… Al final, como no llegábamos a ningún sitio concreto, preguntamos a unos policías que había en una rotonda (esta vez sí, por la Mellah), nos dijeron que sería mejor coger un petit taxi porque estábamos a tomar por el najas. Razón no les faltaba…
Para visitar el barrio judío había que entrar en la medina, así que otra vez al punto de partida [un aplauso]. Como serían las once y pico de la mañana, nos pasamos por el hostal a ver qué tal estaba nuestra amiga suiza preuniversitaria, resulta que se encontraba mejor, así que le dijimos que si se apuntaba al resto de la visita. Mientras se duchaba y terminaba de recoger, aprovechamos para desayunar en una de las terrazas cerca de la entrada del hostal, enfrente de la cual artesanos vendían dulces de miel. Nos los pedimos para acompañar el café. Riquísimos.
La medina de Fez es un puto laberinto. En el que se entra pero en el que es muy difícil encontrar el camino de vuelta sin conocer sus entresijos. Por todas sus callejuelas empinadas y recorridas por burros transportistas de bombonas (sería imposible que un coche entrara ahí dentro) se amontonan tenderetes y tiendas de lo más variopinto, la mayoría de ellos orientados a los turistas: especias, marroquinería, souvenirs, instrumentos musicales típicos, ropa, bolsos, mezquitas, tapices, madrasas… Y aquí es donde empieza el cachondeo de los encuentros desagradables.
Como he dicho, la medina es una telaraña de calles, con lo que lo mejor que se puede hacer es contar con un guía que te vaya enseñando los sitios más emblemáticos. Efectivamente, el viaje que habíamos planeado no incluía este tipo de servicios jeje. Fue poner un pie en la medina y aparecer como setas personas dispuestas a ayudarnos. En su mayoría solían ser estudiantes jóvenes o gente de mediana edad. Nada de mujeres, por supuesto. Ah, que se me olvidaba que hay que dejarles propina…
El primero de nuestros guías espontáneos parecía un chaval majo, nos dijo que estudiaba en la universidad pero tenía el día libre y lo dedicaba a hacer de guía voluntario de turistas perdidos por el barrio judío, que eso le ayudaba a mejorar su inglés y su francés. Le dijimos que no le íbamos a dar propina, y nos dijo que no había ningún problema. Después de meternos por callejuelas perdidas de la mano del hombre, soportales inquietantes de pintura blanca, y divertidas escaleras informes, llegamos a lo que quedaba del barrio judío, que además había que fotografiar desde una reja (no sé si he llegado a comentar que mi cámara murió definitivamente justo antes del viaje, estas fotos las hice con la cámara de la finlandesa profesora de inglés…). Después de contarnos un poco la historia del barrio judío, nos volvió a llevar hasta el lugar donde nos habíamos encontrado. Y allí fue donde nos pidió la propina. Efectivamente, no le dimos nada. Se lo habíamos dicho desde el principio.
Si hay algo por lo que Fez es famoso es por su proceso artesanal de teñido de las pieles, bovinas, ovinas y caprinas. Los curtidores suelen comprarlas directamente en las carnicerías, ya sean frescas o saladas. En el primer caso, las salan ellos en la curtiduría, dejándolas secar y almacenándolas; en el segundo caso, las almacenan directamente. Después de este proceso tienen que eliminar los restos de grasa y carne que suelen quedar firmemente adheridos a la piel, para lo que se dedican a rascar y rascar con un utensilio de hierro no cortante parecido a una llana de albañilería pero más pequeña (si no recuerdo mal…). Lo último que se hace antes de sumergir las pieles en los baños de tintura es someterlas a un proceso para eliminar cualquier rastro de pelo del animal, y eso se hace introduciéndolas en una cuba que contiene excrementos de paloma y sosa o cal, de forma que el pelaje se desprende o se disuelve dependiendo del caso. Por último se tiñen en un baño de cromo, quedando de un color azul-verdoso. Y para cambiar el color, se retiñen, ya sea en seco o en húmedo.
El segundo de nuestros guías espontáneos nos pescó desde su aposento entre tapices, mientras charlaba animadamente con otros dos contertulios. Nos preguntó que qué andábamos buscando y le dijimos que alguna curtiduría yo conozco una, si queréis os puedo acompañar se ofreció para echarnos un cable vale, ¿pero eres una especie de guía o qué? queríamos asegurarnos antes de entrar en el juego no no, es de unos amigos míos. Así que le dimos un voto de confianza y accedimos a que nos llevara a la curtiduría. De camino, nos asaltó un vendedor de perfumes, plantas, esencias, jabones y demás verduras aromáticas. Casi nos metió en volandas en su tienda y nos enseñó, cual maestro de ceremonias secuestrado por el éxtasis de su actuación, todo un arsenal de productos comprables, tarrito tras tarrito, haciendo que fuéramos exhalando diversos aromas a cilantro, almizcle, azafrán, comino, ras el-hanout, ámbar… Claro que nadie se llevó nada (yo si hubiera tenido dinero lo hubiera hecho…), y eso que nos había hecho un precio por ser nosotros… lo que nos lleva a…
Consejo nº3 para turistas y mochileros desubicados en Marruecos: antes de comprar nada, sobre todo en los puestos callejeros (en los supermercados no hace falta), preguntar siempre el precio de las cosas. Y a regatear hasta niveles indecentes de tacañeo, sin ruborizarse lo más mínimo, si el mercader se pica porque tu precio le parece insultante, eso ya es problema suyo… Nunca te abandona la sensación de que te están estafando (ése ya es problema mío), pero weno, al final el precio que te hace sentir a gusto contigo mismo es el precio que estás dispuesto a pagar en relación al valor que crees que tiene.
Tras atravesar un establo en el que un burro languidecía exhausto, llegamos hasta el corazón de la cutiduría, donde pudimos ver el proceso que desgrase de las pieles y el de inmersión en las cubas de excrementos. En fin, que cuando ya volvimos a salir a la calle principal, lógicamente, el buen hombre nos pidió una propina. Y efectivamente, no se la dimos. Así que empezó a seguirnos por la calle. Los que me conozcan sabrán que las ocasiones en las que hago de cabecilla de grupo son contadas, en este caso la francesa que se iba a ir de estancia a Vietnam estaba la mar de contenta con su papel de líder autoerigido de cuatro perdidos por la medina, iba con su guía, leía, releía, preguntaba, miraba, hacía y deshacía, se interesaba por todo, así que como había sido ella la que había estado hablando todo el rato con el guía, pues claro, éste se enzarzó con ella y empezaron una discusión que fue subiendo de tono paulatinamente según nos íbamos desplazando. Llegó un momento en que la chiquilla se empezó a violentar mogollón, amos, que el tío se estaba pasando, ése fue momento elegido por mi para intervenir, le solté unas cuantas frases súper secas con cara de mala hostia, y el tío dejó de darnos el coñazo y se volvió calle arriba, no sin antes llamarnos de todo…En fin…
Consejo nº4 para turistas y mochileros desubicados en Marruecos: si alguien interesado en guiarte o venderte algo te ve cara de turista, automáticamente ERES un turista. Les da igual que tu presupuesto de viaje y estancia sea de cincuenta euros [servidor] o de treinta mil, que seas un estudiante o un empresario prolífico, que lleves la funda de un saco de dormir por mochila o que uses bufandas de cachemira en rollo para limpiarte el culo. Eres europeo y eres rico (¡¡¡¡¡palabras textuales!!!!!). Y si no quieres aflojar la guita, eres un racista (este siempre es el último argumento, a mi me pasó un par de veces... aunque puedo asegurar que la segunda vez ya no sorprende).
Ya un poquito mosqueados por la actitud del guía, y dado que la experiencia en la curtiduría no había satisfecho las expectativas, decidimos ir en busca de otra curtiduría, pero esta vez juramos no hacer caso a nadie que nos saliera por ahí de repente vendiéndonos cualquier milonga, y de hacerlo, preguntar exhaustivamente todos los detalles de lo que fuera. Lo admito, hubiera sido mucho más fácil contratar desde el principio un único guía para todo el día.
El hombre que nos asaltó esta vez parecía más majo que los otros (siempre lo parecen…), y además el sitio al que nos llevaría era una cooperativa en la que se trabajan las pieles, con lo que a priori no había problemas relacionados con ningún rodeo turístico encubierto. Hasta nos llevarían a la terraza de la tienda, desde la que se pueden observar las cubas (cuando subías te ofrecían un ramillete de hierbabuena por si el olor de los baños químicos se te hacía demasiado fuerte), y nos darían una pequeña explicación sobre el proceso de curtido. Todo parecía claro.
Pero de este lugar tampoco nos fuimos con un buen sabor de boca, y eso que la visita podía haber sido perfecta. Claro que no cobran nada por dejarte ver las instalaciones. Pero luego hacen todo lo posible para que no te vayas de allí sin haber comprado algo. Y ahí es cuando se vuelven pesados. Yo me puse a mirar, sólo por curiosidad, unas chaquetas de cuero que me llamaron la atención, pasaron menos de dos minutos para que alguno de los vendedores apareciera a mi lado, ¿te gusta? ; sí, pero seguro que es muy caro, ¿cuánto cuesta? ; 200 euros [más menos al cambio] ; ya me imaginaba, es que yo sólo tengo 20 euros es lo bueno de no llevar dinero encima no en serio, ¿por cuánto lo quieres? el tío se creía que le estaba tomando el pelo no es que quiera un precio, es que sólo tengo 20 euros, ¿no me lo venderás por 20 euros, no? tardó un rato en convencerse de que sólo tenía ese dinero venga, te lo dejo por 150, precio de amigo ; que no es por no comprarlo, que es que sólo tengo 20 euros, o me lo vendes por ese dinero o nada… Al final desistió, lógicamente.
Peor suerte tuvo la finlandesa profesora de inglés, que vio cómo una oferta inicial de 150 euros se acababa convirtiendo en una de 50 (de ahí el consejo nº3). Pero para ese momento ya había sido víctima de un choque cultural con el vendedor, que se terminó enfadando con ella porque al final le dijo que no le interesaba (no fue por capricho, sino debido a que la presionaron demasiado para que comprara). Palabras textuales: si empiezas a regatear, es que estás interesada en llevarte el bolso, y si no, no regatees. Y yo pensé, pues vaya, entonces debo de ser el ser más odiado por todos los mercaderes de Fez…
Después de tres encontronazos el mismo día, pues ya no te fías ni de tu sombra. Pero todavía nos quedaba el último. Esta vez decidimos que era mejor preguntar a gente mayor, así que nos dirigimos a un anciano para que nos ayudara a llegar a los puestos de comida de la medina. Pero un hombre joven había visto nuestra maniobra, y según terminábamos de hablar con el abuelo se ofreció para llevarnos. Después de dejarle las cosas claras, le seguimos durante unos pocos metros, pero como parecía que no llegábamos a ningún sitio, y temiendo que nos llevara a visitar alguna tienda propiedad de sus colegas, pues al final le dijimos que por favor nos indicara la salida. Pero como la salida que nos indicaba parecía estar en la misma dirección en la que íbamos, pues nuestra autoproclamada líder se empezó a poner nerviosa y asumió que nos estaban tangando, así que terminamos enfilando por otro lugar diferente al que nos decía. Obviamente, el muchacho se sintió muy ofendido y se cabreó que te cagas. La conversación subió de tono, y terminó poniendo a caldo a la francesa que se iba a ir de estancia a Vietnam. A caer de un burro.
Extrañamente, salimos por la parte opuesta de la medina a la que habíamos entrado. Pero claro, no estábamos en condiciones de rodearla toda para volver al punto de partida (el interior es realmente laberíntico…!!), no habíamos comido en todo el día, y parecía que de repente todos los conductores de petit taxi hubieran desaparecido dejando sus bólidos aparcados en la calle, algo parecido a lo que sería la hora de la siesta jeje. En fin. Que de repente se cruzó en nuestro camino una pareja de franceses, ella súper mona y estupenda, diseñadora novel y empresaria primeriza (había adquirido un riad en la medina para reformarlo), él elegante y atractivo, ingeniero informático si no recuerdo mal. Le faltó tiempo a nuestra líder indiscutible para abalanzarse sobre ellos, con la esperanza de que nos pudieran echar un cable.
Coincidió que ellos también iban para la medina, así que nos dijeron que les acompañáramos y que cuando nuestros caminos divergieran nos indicarían cómo llegar hasta la salida. Qué majos. Por cierto, de vuelta volvimos a encontrarnos con el guía ofendido, veis, veis, es como yo os decía! me habéis tomado por mentiroso, sois gentuza, nos decía mientras íbamos desfilando tras la pareja de franceses, y se dirigía a mi para seguir poniendo de vuelta y media a nuestra amiga francesa (creo que lo hizo porque era el único chico del grupo, como si fuera yo el responsable de todas las féminas, flipante…!!) ésa, esa amiga tuya es una puta (¡¡¡¡¡…!!!!!), se cree que se lo sabe todo, es una mala mujer y Alá la castigará (¡¡…!!), me ha tratado como si fuera basura, sabes, sabes, si sigue así nunca encontrará marido (¡¡¡…!!!), acabará mal!! Por un oído me entraba y por el otro me salía. Sabía que no nos iba acompañar hasta la salida, así que pasando…
Nos despedimos de la simpática pareja, que nos dejó encauzados hacia Bab Boujloud. De camino, nos topamos por casualidad con la madrasa (escuela) de Bou Inania, que se convirtió en nuestra última visita turística. Además de como instituto, esta madrasa funciona como mezquita, y es la única de Fez que también cuenta con un minarete.
Serían más de las cinco de la tarde y todavía no habíamos comido, así que ya iba siendo hora de parar. Pillamos un par de petit taxis para ir hasta la Ville Nouvelle, y mira que aún dando las mismas instrucciones a los conductores nos acabaron dejando en sitios distintos, y bastante separados entre ellos… Estaba tan famélico que decidí ignorar los consejos de Le Guide du Routard y arrastré a la comitiva hasta el primer bar restaurante que me pareció medio decente. La verdad es que la idea funcionó, comimos por menos de tres euros por barba, y yo me pedí un couscous que estaba to weno…
Comenzaba a caer la noche, así que pusimos rumbo a la estación de Fez para tomarnos allí el café, y así hacer tiempo hasta que viniera el tren.
El viaje de vuelta fue agotador, creo que el cansancio acumulado tuvo mucho que ver, hasta nos dio la risa tonta ésta que da cuando se está mentalmente pa chopped, y las tertulias se tornan surrealistas de puro incongruentes. Como íbamos varios en el compartimento, al final acabamos cascando con un joven marroquí que estaba justo enfrente, iba a la boda de una prima suya, y la conversación se terminó a medida que nos íbamos quedando todos dormidos…
Llegamos a la estación de Rabat a eso de las doce de la noche, petit taxi, y de vuelta a las calles de Youssoufia…

































































menos mal que no fui que si no muelo a vuestro guía a palos!!jajajaja
ResponderSuprimiryo sí que hubiese sido una mala mujer jajajajaja en fín...
Bien, creo que después de leer tu post (y no porque sea malo eh?) se me han esfumado las pocas ganas que tenía de visitar Marruecos.
ResponderSuprimirBesos.
Interesantes lugareños (mode ironic on) aunque en el fondo supongo que no todo son fatigas. Espero disfrutaras como lo hemos hecho leyendo.
ResponderSuprimirun saludo
Rosalia: Miedo me das chiquilla!! Ya te estoy viendo... lol
ResponderSuprimirChristian: Jeje, dale una oportunidad hombre! Aunque parezca que despotrico, yo volvería! Si te digo la verdad, me da que la España de los primeros turistas debía ser algo por el estilo... Es que a mi lo de los choques culturales es algo que me encanta!
Fortuna y Gloria: Efectivamente, no todo son fatigas, y no te preocuper, que todavía quedan el resto de los relatos marroquíes... lol
Un abrazo a todos y gracias por comentar!! :)
La verdad es que os estoy viendo ahora mismo a los 4 guiris perdidos por una medina y perseguidos por los "guías". Pero la experiencia seguro que mereció la pena!!!
ResponderSuprimirSuperdi: Juas juas, claro que mereció la pena, pero es que el agunos momentos se ponían muuuuuyyyyy pesados! lol Menos mal que sólo fue durante un día jeje (creo que si hubiéramos estado más hasta nos habríamos hecho colegas).
ResponderSuprimirUn beso grande y gracias por comentar!