Cosa de compactar temática, la entrada de hoy irá dedicada a los tres
únicos viajes que he hecho fuera de lo que es la zona urbana de Auckland (sin
contar el viaje relámpago a Wellington ni la estancia de dos semanas en la que
me dediqué a preparar mis muestras… Más detalles en próximas entradas). Amos,
para los que he tenido que montarme en algo de más de dos ruedas durante más de
media hora.
Empezaré hablando de Piha, un pueblo
al oeste de Auckland cuya mayor atracción es una playa bastante mona, y lugar
en el que encontrar un gran pedrolo llamado Lion’s
Rock. Sí, sí, leído pija,
entiendan ustedes lo que quieran dependiendo del tipo de castellano que
utilicen en su vecindario. El evento estaba organizado por los que surfean
sofás para conmemorar algo grande [se ve
lo que me informé al respecto], y yo, que hacía tiempo que quería ir a la
playa para fabricar un regalo de cumpleaños, me vino como anillo al dedo. Como
todos los eventos en estos días de modernez, la convocatoria se hizo por
Facebook, y por ahí también nos pusimos de acuerdo para distribuirnos en los
coches que la banda iba ofreciendo amablemente. De no haberlo hecho, el oprobio
y la ignominia habrían caído sobre ellos. Qué gente más maja!
A eso de las diez de la mañana apareció en el portal de mi casa el indio
empresario junto con la kiwi poetisa música, que hacía las veces de copiloto, y
la kiwindonesia de nombre repetido, junto a la que me senté en la parte de atrás.
La idea era que cada uno de los asistentes al picnic llevara algo para
compartir con los demás, así que media hora antes yo había aprovechado para
darme un paseo hasta el súper de los chinos y comprar fruta, ya que suponía que
a nadie se le iba a ocurrir llevar [¡bingo!].
Allí es bastante más barata que en mi súper de veinticuatro horas [good morning procrastination!], pero
también más madura-tirando-a-pocha. Por cierto, aquí en Nueva Zelanda los kakis
son poco menos del tamaño de los melones franceses, y todo el mundo AMA los
kiwis amarillos, cuando a mí me parecen, junto con los mangos [me dan náuseas sólo de pensar en ellos],
de las frutas más desagradables que hay (no así los kiwis verdes, a los que
debieran hacer un monumento)… También compré una bebida de aloe que está to
wena, y además viene con tropezones, ñam! Me dijeron que su efecto purificador
te deja los intestinos más reflectantes que las paredes de una cavidad láser.
Me pregunto qué efecto tendrá añadir esta bebida a una mascarilla de pepino…
El caso, que al ver que yo era el único que había comprado algo, creo que
les dio cosa presentarse al picnic de balde y decidieron pasar por mi súper de
veinticuatro horas antes de partir. Y pues ya que estábamos, yo también compré
mierduflas por si me entraba el hambre de camino.
Ni que decir tiene que a los diez minutos de haber salido de Auckland nos
perdimos, y empezamos a dar vueltas en dirección a ningún sitio específico. No
teníamos GPS, y el mapa descargado de Google que llevaba el indio empresario en
el móvil era de más bien poca ayuda, y fuente de tensión silenciosa entre él y
la kiwi poetisa música. A mí me suelen poner bastante nervioso los conductores
que ponen en duda todo lo que les dicen sus copilotos (especialmente si yo soy
este último), pero no hasta el extremo de para
en el siguiente semáforo que me vuelvo a Auckland, ya no me apetece ir a la
playa. Y es que ella se estaba violentando más que Pocholo hasta las cejas
de lavaplatos en polvo. Lo peculiar es que todo este nivel de enrarecimiento se
alcanzó sin que nadie hubiese levantado la voz en ningún momento… Mientras
tanto, la kiwindonesia de nombre repetido y yo parecíamos colegialas de
cháchara en la parte trasera, rajando como si nos conociéramos de toda la vida.
Y finiquitando una bolsa de patatas al queso azul.
Para ir hacia Piha hay que coger dirección Waitakere y desviarse después
hacia Titirangi (a quién coño le importa, ¿verdad? pero es que si no ponía los
nombre de estos lugares reventaba, algunos topónimos maoríes son muy
graciosos…). Deberían tardarse unos cuarenta minutos desde el centro, y no casi
dos horas… En total nos paramos cuatro veces en el arcén (aquí en NZ el
concepto de autovía no existe, casi
siempre son carreteras de un solo sentido), momento en el que los ocupantes de
los asientos delanteros se crispaban para ver quién interpretaba con mayor
exactitud aquella birria de mapa. La última vez que nos paramos, en un cambio
de rasante en lo alto de una colina, prácticamente engullidos por vegetación de
aspecto tropical, terminé preguntando la dirección a uno que estaba haciendo
footing [fui el dedicatario de una mirada
homicida por haber interrumpido su marcha]. Nos indicó justo en la
dirección contraria, pero por suerte unos metros más adelante aprovechamos para
hacer parada técnica [patatas] y le
preguntamos a un señor mu salao que se paseaba por allí, y que supo indicarnos
con bastante más acierto.
Una vez que llegamos al sitio convenido [camping],
nos instalamos en una pequeña explanada de césped en la que había unas mesas
grandes de madera con bancos a los lados, un área de recreo con todo tipo de
columpios y juegos para niños (admito que no pude reprimirme a subir en el cachirulo
giratorio ése en el que vas montado en el neumático), un sitio habilitado para
hacer barbacoas, y tres o cuatro casetillas compartimentadas que alquilaban
para pasar allí la noche, y en las que cabía una litera y un pequeño calefactor
(era principio de invierno). Prácticamente fuimos los primeros en llegar, y no
había nadie o casi nadie de los convocados.
Mientras acosábamos a las patatas y al pan a base de salsa de pesto con
nueces, el lugar se fue llenando de gente, y los kiwis y los kakis con los que
había contribuido se comenzaron a hacer amigüitos de platos de pasta,
salchichas, patatas, ensaladas, queso, y otras variedades de comestibles. Yo no
conocía a casi nadie, pero en aquellos momentos estaba bastante más social que
ahora, así que pasé la tarde rajando con el ser que tuviera más cerca.
Un rato antes de que atardeciera (yo quería sacar MI foto antes de que se
hiciera de noche), la kiwi poetisa música, la kiwindonesia de nombre repetido y
yo nos fuimos a dar un voltio por la playa. Durante un tramo se nos unió una
pareja (una canadiense y un irlandés) que estaban de paso por Auckland, ya que
su destino final era Wellington (o Christchurch, ya no me acuerdo). También nos
encontramos con frau gallega, que estaba costreando en la playa junto a al
colombiano dueño del traje de oso [sic.,
lo encontraron en el maletero de su coche] y la madrileña con cara de
vasca, que llevaba puesto el traje de oso.
Piha al atardecer no tiene desperdicio…
Decidimos volvernos cuando empezaba a refrescar. El resto de la noche pasó
sin mucha pena ni gloria, sentados en las mesas, charlando, comiendo, bebiendo,
incluso un par de atrevidos intérpretes se dejaron llevar por los acordes de
sus guitarras. Ya caída la noche, nos fuimos al club social de Piha [había que firmar en un librillo si no eras
parroquiano del lugar] y cada uno remató la faena como mejor le pareció. En
mi caso, a cervezas, cómo no :) Obsérvese cómo no pude aguantarme y me tuve que
sacar una foto con el traje de oso…
Volví a casa con las piernas comidas por picaduras de moscas negras, creo
que el hecho de llevar pesqueros tuvo bastante que ver. Y el picor me duró más
de una semana…
…
Lo del hāngi surgió a raíz de la celebración del Matariki, el año nuevo
maorí. El novio gabacho que recoge agua de lluvia me había comentado que él y la
arquitecta que estuvo trabajando en la India se habían apuntado a un taller
gratuito de cocina hāngi que organizaba el ayuntamiento de Auckland. En otras
palabras. Te apuntabas, pasabas un día entretenido, aprendías un poco sobre la
cultura maorí, y te ponías hasta las tetas de comer.
Quedamos el sábado por la mañana temprano al lado del Railway Campus, uno
de los primeros sitios en Auckland donde yo había estado buscando alojamiento,
y lugar de residencia del nigeriano que se sienta a mi lado en la oficina, la
china que está haciendo el doctorado en nanorrecubrimientos (uno de los temas
que yo también me había planteado en un principio), y la profesora china que
está de intercambio en la Universidad de Auckland. Cuando llegué no había
nadie, y si a eso se le suma que tardaron media hora en llegar, que yo no
llevaba gafas, y que sólo tenía un número de contacto en el que nadie me
respondía, se puede entender el estrés al que me vi momentáneamente sometido.
La arquitecta que estuvo trabajando en la India y su novio gabacho que
recoge agua de lluvia habían comprado una furgonetilla (las hay de segunda mano
a muy buen precio, aunque lo malo de vivir en todo el centro es que hay que
pagar aparcamiento, motivo por el cual no me termino de decidir…) con la que
poder recorrerse la isla Norte. Así que ahí que te fuimos todos hacia el lugar
de la reunión, en el sur de Auckland. Mola ira sacando la cabeza por la
ventanilla del techo mientras vas por la autopista…
Llegamos al marae un pelín tarde. Según la tradición maorí, una mujer debe
recibirte en la entrada, y hasta que no tiene permiso de jefes de la tribu que
se encuentran en el interior no puede dejarte pasar. Pero visto que no éramos
los únicos que habíamos llegado tarde y que esto era un taller divulgativo, nos
dejaron entrar saltándose el protocolo. Dentro, los organizadores, unos siete
maoríes sentados en sillas de cara a nosotros, hablaron un poco del Matariki y de
lo que íbamos a hacer durante el día. Como éramos unos treinta los que participábamos
en el taller nos dividieron en tres grupos, así iríamos rotando a lo largo del
día para preparar el hāngi. A nosotros nos tocó ser el equipo de Nati Tottara
(no tiene nada que ver con una señora que se llama Natividad), y al final del
día teníamos que hacer una especie de presentación acerca de lo que habíamos
aprendido/hecho/vivido durante la jornada. Tras el pequeño discurso inaugural
que alternaba partes en inglés y maorí, pasamos uno a uno a saludar en estilo maorí
a los organizadores, esto es, frente contra frente y mirando a los ojos. Y a
desayunar se ha dicho! [it’s free!]
Como en nuestro grupos nos encontrábamos los hombres más fornidos (sí, sí,
he dicho NOS), nos adjudicaron la tarea de cavar el hoyo. Para el que esté muy
perdido, el hāngi no es tanto una comida en sí como una forma de cocinar bajo
tierra, o al menos esa fue la idea que me quedó. Pero creo que quedará más
gráfico a medida que lo vaya contando. Lo dicho, que nos dejaron unas palas y
nos sugirieron amablemente que comenzáramos a cavar. Nos fuimos turnando hasta
que conseguimos vaciar de tierra un cuadrado del tamaño de las parrillas que
luego se iban a colocar dentro, lo suficientemente hondo para que hubiera sitio
para las piedras en el fondo. Terminada la faena, rellenamos el hueco con
papeles de periódico, hojas secas y taquitos de madera.
Llegados a este punto nos tocó rotar con el siguiente grupo para ir al marae,
donde nos enseñaron a tejer hojas de palmera. Al final quedaba algo muy
parecido a un remo (nos explicaron para qué se utilizaban, pero fue uno de mis
momentos estelares en la parra, o puede que en la palmera en este caso…). El
caso es que luego durante el día las utilizamos como manteles decorativos, como
bandejas para la comida, y para cubrir las parrillas antes de enterrarlas. Había
que ir pasando cada una de las hojas alternativamente por encima y por debajo
de las demás, comenzando desde la parte inferior del tallo. Repítase para cada
una de las mitades hasta quedarse sin hojas.
Tengo que decir que me encantan los marae. Los tallados y grabados en
madera son la caña, toda una colección de detalles mínimos, vaivenes de formas
y curvas onduladas que reconstruyen semblantes de seres extraños, monstruos
míticos que sacan la lengua mientras se ríen de tu careto, guerreros subidos a
hombros de otros guerreros, con las manos apoyadas en el culo, hasta dar forma
a una columna. Los artesanos maoríes tienen que haberle dedicado un curro
tremendo al asunto… Por cierto, y ahora que lo pienso, los motivos, cenefas, y
demás ornamentación de los marae se parecen sospechosamente a los utilizados
por los tatuadores tradicionales de estas regiones del Pacífico…
No habíamos terminado de tejer nuestros remos cuando nos llamaron para explicarnos
cómo hacer fuego. La idea consiste en frotar un palo puntiagudo de madera
contra una pequeña tablilla de madera blanda. Se obtienen así unas brasillas
que luego se vierten sobre briznas de hierba y virutas de madera seca, se sopla
un poquito, y se espera a que prenda. En nuestro caso habían metido el serrín
en una gran concha (muy grande para ser una almeja…), y una vez que las llamas
fueron lo suficientemente potentes, prendieron un periódico con el que encender
la fogata en la que íbamos a cocinar el hāngi. Mientras habíamos estado
tejiendo las hojas de palmera, otro de los grupos había terminado de construir la fogata, añadiendo grandes
troncos a nuestra obra, colocándolos de forma que fueran capaces de sostener la
montaña de piedras que iría encima (cuatro clavados a modo de pilares y el
resto a modo de vigas transversales). Digamos que aquí está el secreto de cómo
se cocina el hāngi: lo que se consigue con la fogata es calentar las piedras,
que terminarán en el fondo del agujero que cavamos cuando se derrumbe toda la
construcción de madera. Las bandejas con la comida van colocadas justo encima,
y como luego se entierra todo, sería algo parecido a estar cocinando al vapor. Lo
bueno de cocinar así en los tiempos antiguos es que ya podía estar diluviando
que podías dejar tu hāngi tranquilamente cociéndose sin necesidad de
preocuparte por mantener vivo un fuego.
Después de la demostración volvimos a terminar de tejer las hojas, que no
era plan de dejarlas a medias. Incluso, en nuestro viaje sideral por pensar en
algo para la presentación que teníamos que hacer por la tarde, estuvimos
considerando hacer una haka (la de los All Blacks), pero nuestro intento se
quedó en agua de borrajas. Incluso el abuelete malayo me estuvo enseñando la letra
y los movimientos, pero al final la idea no cuajó… Después de eso, un merecido
descanso para comer algo, amenizado por un concurso de elaboración de pan al
estilo maorí (al que sólo se presentaron dos participantes…).
Este pequeño descanso sirvió para que las piedras terminaran donde se
suponía debían hacerlo, en el fondo del hoyo que habíamos cavado, así que para
disfrutar del hāngi sólo quedaba medirse las barbas con la comida,
jaaaaaaarrrrrrr!!! A mí debieron verme cara de charcutero del reino (o de famélico
terminal, según estándares maoríes se entiende), porque me ofrecieron gentilmente
un cuchillo, dándome a entender que debía despedazar el cerdo en trozos más
pequeños (no así los pollos y las coles). Al mismo tiempo, los demás se
repartieron el trabajo para ir cortando las calabazas y las kūmaras (es el
nombre que le dan aquí en NZ a los boniatos), que fueron metiendo en bolsas de
tela, al igual que el pan que había ganado el concurso, con el que hicieron
algo parecido a unas migas con hierbas (lo de la bolsa de tela es para que al
enterrarlo no entre tierra en la comida). Finalmente, se colocó todo en las bandejas
de rejilla y se enterró en el hoyo que habíamos estado preparando desde por la mañana,
cubriendo la comida con hojas tejidas de palmera y telas empapadas.
Lo último que quedaba era esperar a que el vapor del horno subterráneo
hiciera el resto. Y para matar ese rato largo, aprendimos una canción típica
maorí. Nos reunieron a todos en el marae, y verso tras verso, intentamos reconstruir
algo parecido a una melodía, bastante melancólica por cierto. Al final
conseguimos que sólo murieran unos cuantos gatos. Por último, y antes de poder
ponernos las botas con la montaña de comida que estábamos preparando, nos
dieron media hora larga para armar la presentación de nuestro grupo (se suponía
que el grupo con la puesta en escena más cutre sería castigado con tener que
servir la cena, pero creo que sólo nos dijeron eso para que nos curráramos un
poco el asunto… ¬¬). No repetiré el desfile de ideas kafkianas que tuve el
honor de escuchar (la imaginación de la gente no conoce barreras)…
Y bueno, pues habrá
que cenar en algún momento, digo yo, que para eso habíamos ido, lol! Así que hala,
a desenterrar la comida, a cebarse, y a deslumbrar al mundo con nuestra puesta
en escena [jodorowskiana]. Sobró
tanta comida que la gente pudo llevársela a casa en improvisados tápers, creo
que la arquitecta que estuvo trabajando en la India y y su novio gabacho que
recoge agua de lluvia tuvieron para comer un par de días…
La velada se cerró
con una intervención en maorí de los organizadores, acerca del Matariki,
seguida de un cántico bastante sentido. Y como colofón, cantamos todos juntos
la canción que habíamos aprendido hacía un par de horas. Mientras, sobre el
tejado, caía un chaparrón de la hostia, creo que la sensación de estar metido
en una trituradora o en una lavadora deber ser parecida.
…
La última de mis
aventuras fuera de Auckland transcurrió en la región volcánica del Taupo,
concretamente en Rotorua y Taupo. Mi amigo el filipino auditor me propuso ir a
pasar el finde por allí, conduciría él y además tenía algún tipo de descuento
para el alojamiento, así que vistos mis ahorros de por aquel entonces (hace más
de un mes…), parecía que el evento estaba hecho a la medida de mi bolsillo.
Además, qué coño, que apenas he salido de Auckland y ya llevo viviendo aquí
seis meses, así que me apetecía darme un voltio por ahí. Aunque como le dije
una vez a los integrantes de la cábala cervecera, reservo los viajes importantes para gente importante. Por cierto,
ahora que están tan de moda en política los sueldos vitalicios, yo también
exijo un puesto vitalicio en futuras reuniones del cónclave.
Salimos de Auckland
el sábado, bastante temprano, cosa de plantarnos en Rotorua a eso del mediodía.
Cualquiera que haya viajado por NZ se habrá dado cuenta que las distancias se
magnifican. El límite de velocidad son 100km/h en autovía [de carril para cada sentido], y por mucho que se quiera ir más
deprisa, es físicamente imposible. Primero, porque el estado de las carreteras
hace que a mayores velocidades sea muy probable dejarse los neumáticos en el
asfalto. Y segundo, porque el magnetismo del paisaje hace que sea difícil
mantenerse atento a la carretera. Supongo que los kiwis ya estarán más que
acostumbrados, pero poder disfrutar de tal explosión de verde hace que los viajes
en coche o en autobús (o en tren, allí donde lo haya) merezcan la pena.
Matamata quedaba de
camino, y pese a lo gracioso del nombre, todos salimos vivos del lugar. Allí
está una de las paradas del tour oficioso
para ir a ver Hobbiton, el decorado
utilizado para las escenas de La Comarca en El Señor de los Anillos. Eran 60
dólares por dos horas y media de visita (contando la ida y venida desde
Matamata), y si tengo que ser sincero no sé hasta qué punto el precio está
demasiado inflado, es lo que tienen las actividades para turistas. Cuando
pienso en esto se me vienen a la cabeza imágenes de gente de mirada vil que
piensa vamos a exprimir a esta panda de
frikachos, mientras se frotan las manos y hacen cálculos y cábalas cual
niñas del cuento de la lechera. Supongo que no me habría importado pagarlo,
pero lo que me terminó de decidir fue la prohibición [documento firmado] de hacer públicas las fotos que tomáramos allí,
porque como están rodando El Hobbit han hecho ciertos cambios en el decorado
anterior. Y ni que decir tiene que si yo saco fotos en Hobbiton, esas instantáneas
van directamente a este gelatinoso blog. De camino a Rotorua nos paramos a la
vera del lago Tikitapu (Lago Azul).
Entre unas
mamarrachadas y otras, llegamos a Rotorua a las tres de la tarde. Y como por
estos lares los lugares turísticos suelen cerrar como muy tarde a las
seis (como muy tarde!! y más en invierno!!), decidimos que la comida podría
esperar. Además, ya nos habíamos hinchado a mierduflas durante el trayecto. Así
que nos apuntamos a la visita del Buried
Village, el pueblo enterrado. Nueva
Zelanda, al igual que Japón, es en sí misma un polvorín de desastres naturales
(cualquiera diría que me gusta vivir en sitios proclives a terremotos y
erupciones volcánicas), no sé en qué estarían pensando estos kiwis cuando
construyeron sus grandes ciudades: Auckland está asentada sobre una cincuentena
de volcanes, y Christchurch y Wellington sobre fallas tectónicas… ¬¬ El caso,
que a la vera del lago Rotomahana existían unas formaciones calizas llamadas
las Pink and White Terraces, kiwiatracción
turística por excelencia en aquella época, y que recuerda mucho a las formaciones
de Pamukkale, en plan terrazas a distintos niveles con aguas termales de origen
volcánico en las que poder bañarse. Hasta que el monte Tarawera decidió
explosionar en 1886 y fulminarlas, y ya de paso, cubrir de roca, cenizas y lodo
algunos asentamientos cercanos, entre ellos, Te Wairoa.
El Buried Village cuenta con un
pequeño museo donde se relata gráficamente la historia de la explosión, así
como del asentamiento europeo/maorí previo, sus tradiciones, y su forma de
vida. Se complementa con un circuito por los restos del pueblo propiamente
dicho, donde se puede ver el resultado de los trabajos de excavación, algunas
reconstrucciones, y vitrinas en las que se exponen objetos rescatados del
barro, que llegó a alcanzar los dos metros de altura en algunas zonas. Al final
del recorrido también hay una pequeña cascada.
Después de dejar los bártulos en el hostal, nos fuimos a ver el lago
Rotorua: yo quería sacarme alguna foto con el lago de fondo antes de que nos
abandonara el poco sol que hacía (sí, el tiempo fue un poco lamentable durante
los dos días…). También preguntamos los precios para dar una vuelta en barco,
pero justo cuando llegamos acababa de levar anclas el último del día, y el
primero del día siguiente era a las ocho de la mañana y duraba hora y pico, con
lo que no era seguro que llegáramos a tiempo de ver la erupción del géiser Lady
Knox. Así que al final desistimos. Y nos fuimos al museo de Rotorua, aprovechando
que todavía estaba abierto.
El museo de Rotorua ocupa lo que a principios del siglo XX fue una casa de
baños en la que los pudientes de todo el mundo iban a darse friegas, baños
eléctricos, y todo tipo de tratamientos inventados para mejorar su maltrecha
salud. El edificio me gustó mucho [un
intento eduardiano de construir un spa al estilo isabelino], con su mezcla
de madera y cemento, los detalles de los tejados y las torres. Como estaban reformando
todo el interior, el acceso a las galerías de exposiciones estaba cerrado, y lo
único que quedaba abierto al público era el ala dedicada a la historia del
museo, en la que se podían ver restos de las bañeras y aparatos utilizados para
los tratamientos, e incluso se podía bajar al sótano,
lugar donde se hacían las curas a base de barros, y a la terraza, desde donde
los convalecientes iban a deleitarse la vista (ahora no tanto porque han
plantado un complejo industrial justo en medio) en los momentos de descanso.
Nos tocó una guía holandesa, que nos hizo ponernos un pinganillo para
escucharla mientras ella le hablaba a un pequeño micrófono que tenía enganchado
en la pechera. Creo que para los que
somos no hace falta pinganillo, los dos únicos que íbamos a la visita
guiada éramos el filipino auditor y yo, así que me parecía una chorrada tener
que escucharla por el auricular cuando la tenía a menos de un palmo de
distancia, ya, a mí también me parece una
tontería, pero son las reglas del museo. Muy maja ella.
Terminada nuestra visita por el museo, fuimos a descansar un rato al hotel,
cosa de darse una ducha, y nos fuimos al centro a buscar algún sitio en el que
comer algo, que hacía ya tiempo que habíamos quemado las mierduflas. Después de
patearnos toda la calle principal de Rotorua en busca de algo barato, con el
fresquete que hacía y las gotillas de lluvia que caían aquí y allá, la gula nos
atrajo hacia un restaurante un poco carete, pero con una oferta de carnaza
insuperable: filete de ternera con bacon, vieiras y tiras de pollo sobre lecho
de verduritas. Amos, que por lo orondos que salimos del lugar mereció la pena.
La noche se cerró con una visita a uno de los muchos spas que hay en Rotorua,
que para eso es región de aguas termales (que no terminales! algo bueno tenía
que tener vivir sobre volcanes...). Y nada, a irse remojando en piscinas de
agua caliente con más o menos azufre [mode
onsen activado], vaya gustazo, aunque no hubiese jacuzzis con burbujas ni
parafernalia sofisticada… Eso sí, con vistas al lago Rotorua (o un peligro para
torpes, como se prefiera).
El día siguiente fuimos al lugar que más disfruté de todo este finde: la
región volcánica de Waiotapu. Teníamos que estar allí a eso de las diez y
cuarto que era cuando entraba en erupción el géiser Lady Knox, y claro, a uno
le da por pensar que siendo un géiser una formación natural, ¿cómo carajo
pueden predecir cuándo va a reventar? La respuesta es sencilla, le echan un
poco de jabón para inducir la erupción ¬¬
El géiser es sólo una parte de parque, y aunque sea una de las
atracciones de Waiotapu que se anuncian a bombo y platillo, me parece de lo
menos indispensable (vamos, que nos podíamos haber ido tranquilamente a dar un
voltio al lago Rotorua en barco). Lo que sí que es un pecado mayor que hacer
una tortilla de patatas con aceite de colza sería dejar de visitar el resto del
parque, que es donde está lo auténticamente interesante. Tres horas de paseo,
combinaciones de colores en piscinas y lagunetas aquí y allá, calderas que
bullen, cristales de azufre sobre las rocas, riachuelos amarillos y verdes,
embalses de puré de guisantes [nótese cómo
mi chaqueta verde va a juego], pasarelas que parece van a hundirse en las
burbujas volcánicas… Lo único que deslució la visita fue el mal tiempo, hasta
tuvimos que refugiarnos un par de veces y esperar a que escampara (los
calabobos que no mojan son muy traidores…), además el viento soplaba justo en
la dirección inoportuna, y no pude sacar la foto que a mí me hubiera gustado de
la Champagne Pool. Eso sí, lo de
estar apostado en la orilla mientras el vapor caliente te fustiga la cara, no
tiene precio. Aún a riesgo de que el objetivo de tu cámara tarde medio segundo
en tener el mismo aspecto que los cristales de un Ford Ka tras echar un kiki.
Pasamos el final del domingo recorriendo en coche la orilla del lago
Taupo, después de haber ido a comer al Burger King [no comments]. Es el lago más grande de Nueva Zelanda, justo en
mitad de la Isla Norte, y es el resultado de un petardazo volcánico ocurrido
hace 25600 años: básicamente se formó una caldera después de la erupción del
supervolcán Taupo, y el agua llenó parte de la tierra colapsada dando lugar al
lago. Un atardecer en verano desde cualquiera de las lomas tiene que ser una bonita
experiencia, de esas tardes de costreo entre colegas o de ñoñeo infinito entre
enamorados. Además, las olas le dan una impresión de playa, ideal para darse un
baño y meterse mano en las profundidades. Por cierto, entre tanta evocación descubrí
que todo lo que cuentan sobre los cisnes son patrañas, pura y sabrosa bazofia
de cuento Disney. Son animales violentos. Uno se hinchó e intentó atacarme
cuando le sacaba una foto. Juro que no pretendía propasarme con el bicho.
Weno, que me voy por esta vez. A ver si para la próxima que me dé por actualizar no pasan casi tres meses, que también manda huevos. Más noticias, como por ejemplo que me desahucian o que se me inundó el piso, en próximas entregas :)


















Me parto, chico... Muy buenas tus historias. Yo estuve en Piha tambien y la verdad que los atardeceres alli son espectaculares. Ahora cuando llegue el veranito y nos salga buen dia, ya nos iremos para alla un finde :)
ResponderSuprimirCarolina: Jaja, muchas gracias! Por supuesto que me apunto a ese finde, que cuando estuve me quedé con ganas de bañarme :)
ResponderSuprimirUn besote y muchas gracias por comentar!