sábado, 31 de diciembre de 2011

Cerebro chicle, año esponja


Otro año más que se va… En otras palabras, millones de neuronas desperdiciadas en cosas inútiles. Procrastinándose como si no hubiera mañana.  
Si el año pasado literalmente voló sin que tuviera tiempo para darme cuenta, la textura de este año ha sido algo más pastosa, menos fluida. Más blandiblú a punto de convertirse en moco reseco de baño público. Más mano de goma que ya no se queda pegada a la pared. Más plastilina barata trufada de pelos de can.
Empecé el año enamorándome aún a sabiendas de que me iba a venir a Nueva Zelanda. Los dos en la parra, tal para cual, ¿quedamos el 6 de enero? ; a lo mejor va a estar algo complicado con toda la gente que va a haber por la cabalgata ; cierto es, pero weno, ya nos apañaremos. Pillarse era algo que no entraba dentro de mis planes. Sería como reventarse contra el suelo haciendo puenting. Parece que desde lo alto de tu plataforma el terreno queda suficientemente lejos, así que saltas; y vas disfrutando la caída libre a cámara lenta, saboreando tu propia adrenalina. Incluso te deleitas del momento en el que tu cara se estampa contra el asfalto. Has oído dos palabras que no querías oír, y eso ya es morfina suficiente para que el corazón le salga con un jaque mate al cerebro. Y mientras, días de acordeón y vino en Logroño, siempre Logroño, y viaje relámpago a París y a Ginebra. ¿En serio hace ya casi un año de todo aquello? Podría escribir una entrada al respecto como si lo hubiera vivido hace un par de días. Todo esto se me quedó en el tintero blogueril en su momento, junto con el viaje a Marruecos y el camino de Santiago. Puede que algún día me dé por sentarme a escribir sobre ello, aunque sea con un par de años de retraso.
Llega mediados de marzo. Aeropuerto, vida de terminal, maletas que coleccionan kilómetros. La sensación no es la misma que cuando me fui a Japón, el cosquilleo en el estómago es distinto, lágrimas irreconocibles resbalan por dentro, una sonrisa se dibuja por fuera. Son tres años, es un billete de sólo ida. Me voy a hacer la tesis a la universidad de Auckland. No conozco a nadie, ni a mis jefes, salvo por una entrevista un tanto accidentada vía Skype. Es un cambio de tema en toda regla con respecto a la investigación que he estado haciendo anteriormente, pero yo lo he elegido. Si hay algo que tengo claro es que un ingeniero de materiales debe moverse como pez en el agua entre materiales (lo estupendo sería poder ser una enciclopedia andante jaaaarrrr!!!). Simultaneé físicas con la ingeniería. Me podía haber convalidado unos cuantos créditos optativos pero me pareció que mi formación sería entonces demasiado pobre. Te pueden gustar más unas ramas que otras, pero que estés especializado en aleaciones de litio no exime de saber interpretar un diagrama de bandas, al igual que dedicarse a nanoelectrónica no exime de saber interpretar una curva tensión-deformación. Que de tanto hilar tan fino parece que el olvido de lo básico está justificado. Un escultor, un pintor, un músico, o cualquier engendro que se haga mal llamar artista tendrá una cierta predilección por un material, una técnica, un instrumento, o algún tipo de aberración psicótica. La originalidad sin versatilidad es como un pastel de ocho trozos en el que siete fueran insípidos y el restante demasiado dulce tras un par de bocados. Me niego a creer que Hawking no pueda dar una clase de termodinámica, ni que Messiaen no pudiera dar una de contrapunto y fuga.
Que me salgo del tiesto. Llegué a Auckland y me di de bruces con una ciudad nueva, el verano todavía en sus últimos coletazos. Y a volver a empezar mi vida desde cero… Unas pocas penurias al principio (nunca vienen mal), y terrón de azúcar a terrón de azúcar, hacerse a la nueva rutina. Intentar levantar la tesis desde los cimientos, proponer ideas, mandar interminables mails, leer y releer, medir y remedir, estancia en Wellington, pasar las horas muertas enfrente de un microscopio, dar clases en la universidad. Y por supuesto, no obtener ningún resultado. Volver a echar de menos a los que están lejos (los mails, el FB y el Skype nunca serán sustitutos de las cañas y la charleta, aunque las postales desde Saas-Fee, Rijeka, Praga o Madrid me hagan sentir como si me fuera a dar la vuelta y encontrarme con mis seres queridos). Conocer a mucha gente para salir de copas y emborracharse pero terminar congeniando con sólo dos o tres que se convierten en parte de mi mundo. Ir rulando de cama en cama y que los revolcones sean poco más que un deporte divertido o deplorable, quizás una buena conversación. Incluso alguna amistad en los casos más favorables. Pero ni maripositas en los ojos ni chiribitas en el estómago. El ravioli ha vuelto a tomar el control de la nave, independientemente de la opinión de la patata.
Resumiendo, este año que se va ha sido como una especie de masa difícil de definir. Percola, sin tener claro cuándo gelificar ni si debe hacerlo. Y yo mientras disperso entre la fase sólida y la líquida. Muy disperso. Más disperso que de costumbre. Y eso que por primera vez en mi vida tengo la tesis contextualizada dentro de lo que me gustaría que fuera mi carrera profesional. Antes estudiaba sin tener muy claro qué quería hacer al terminar, hincar codos era un fin en sí mismo. Ahora sé lo que quiero hacer cuando termine el doctorado (salvo cambio radical de circunstancias), y estudiar ha pasado a ser un proceso, una simple herramienta. Por primera vez en mi vida mi cabeza va más allá de tres años. Pero no como en las entrañables historietas de patio de colegio sobre la edad a la que seríamos actores famosos o visitaríamos la luna. Yo siempre decía que si a los treinta no tenía pareja pondría un anuncio en el periódico. Y ahora pienso bastante más allá de los treinta. Y tener pareja o no es una variable que no entra dentro de la ecuación. Si surge, bien. Si no, también.
Me estoy haciendo mayor. Y aunque no me quite especialmente el sueño, consigue trastocarme mínimamente. No me desorienta, pero se esfuerza por jugar al corre que te pillo. No me da miedo el hecho de envejecer en sí, sino el hecho de convertirme en un autómata más de esta jungla social. Sota, caballo, rey. Estudia, trabaja, gana un buen sueldo. Cásate, ten hijos. Sigue la moda, aunque eso signifique ponerte unas gafas de sol que parecen una brida galáctica. No dejes de ver la tele y contrata un buen plan de pensiones (a este paso, esto último sí que me va a hacer buena falta…). Una dosis de realidad o de conformismo, no sabría por cuál decantarme.
Y dentro de todo esto, Nueva Zelanda, que me ha frenado en seco. A veces tengo la impresión de estar viviendo en un país primo hermano de Suiza, en el que este extracto se cumple a la perfección. Un lugar con un patrimonio natural envidiable, y una atmósfera intangible que termina por engullirte. Tardé seis meses en subirme a la onda kiwi, y ahora me costaría un ratazo acostumbrarme de nuevo a vivir en Madrid. Pero al igual que por un lado me ha ayudado a ver la vida con más serenidad, en mi caso también puede convertirse en un arma de doble filo. Llevo viviendo demasiado tiempo conmigo mismo como para saber que puedo estar tres meses encerrado en una habitación, chapando. Y que eso termine de minar mis relaciones personales. He llegado a pensar en reducir mi vida kiwi a la secuencia facultad/comer/dormir. No salir por ahí de copas ni al teatro ni a eventos culturetas. Si eso follar aleatoriamente para relajar tensiones y nada más. Y después de dos años y pico, a otra cosa. Amos, un huraño en toda regla. Un anacoreta contemporáneo. Un hikikomori con una meta temporal que le hace ser más irrespirable que de costumbre. El encaje de bolillos que ya me conozco entre trabajar en serie o en paralelo para optimizar el resultado.
Aunque este año ha sido inusualmente espeso, ha merecido la pena. Me sigo construyendo poco a poco, soy capaz de volver a enamorarme, y para mi deleite personal he vuelto a empezar desde cero. Todo sea por los sushis de oferta de a medio día seguidos del café con cookies, sin olvidar el paseo de ida y vuelta desde la facultad hasta Queen St. Solo o bien acompañado.
Feliz año a todos, aunque lo de estar en verano no ayuda a asimilar que el 2011 se termina esta noche…
Un abrazo fuerte,
Cooper.