Mis primeras andanzas por el mundo de los blogs se remontan a una época bastante convulsa de mi vida, más o menos el momento en el que me di cuenta de que el deseo y la cobardía mueven el mundo. O lo que es lo mismo, el follar y la incoherencia. Por supuesto, implosioné, explosioné formando una gran onda expansiva, y lo puse todo perdido. En ese orden, si no recuerdo mal.
El resto de mi vida ficticia se remonta a mucho antes. Por caprichos de la cigüeña acabé naciendo en la cosmopolita Ginebra (yo soy más de vodka), donde ya me decía mi madre que acabaría dedicándome al oficio de la peluquería, aunque siempre he dudado de su objetividad (todavía puedo ver en mis pesadillas las Barbies convertidas en adefesios pornográficos tras pasar por mis manitas inocentemente pervertidas). Pero el destino quiso que nos mudáramos a vivir a Getafe cuando yo tenía siete años. No sé si aquel cambio de aires me sentó bien o mal, pero sí que sé que algo queda de aquel tiempo que estuve viviendo en Suiza, a veces me siento una especie de español incompleto, pero me gusta. Qué coño, me encanta.
Una sucesión de decisiones más o menos acertadas, más o menos meditadas, y más o menos aleatorias hizo que acabara estudiando física e ingeniería de materiales en una conocida universidad púbica de Madrid (sí, incluso los frikis echan kikis en los baños de la facultad de físicas). No sé si lo llamaría los mejores años de mi vida por cómo acabó todo aquel puré de vísceras y huesos, recordemos que implosioné, explosioné formando una gran onda expansiva, y lo puse todo perdido, pero tengo que admitir que mereció la pena mientras duró.
Desde que acabé de estudiar, me dedico a coquetear con todo lo que me parece interesante y me supone un reto intelectual en algún sentido, aparte de intentar triscarme a todo lo que se mueve. Por supuesto, todo esto va encaminado a unos fines muy concretos, léase, comprarme una moto con sidecar, una Volkswagen Caravelle del año de la tana (la que llevaban los hippies), y un topo como animal de compañía. Esto me llevó a vivir un año en Japón, memorable en todos los sentidos, con una redondez de tres capas atómicas de variación máxima. Y esto me ha llevado a donde estoy ahora, haciendo una tesis en Nueva Zelanda.
No soy muy hablador, si no tengo nada que decir me suelo callar. No me asustan los silencios incómodos. Me encanta pensar. Y odio pensar. Soy menos espontáneo que una lata de judías, puedo contar el chiste más gracioso del mundo sin llegar a esbozar una sonrisa. Me gusta nadar. Soy el paradigma de la tranquilidad mental, un modelo de discreción, y un domador de impulsos. Mi lógica escapa a la de muchos, incluso mis amigos me siguen mirando raro, sobre todo cuando me entran ataques de risa sin motivo aparente… El piropo que más agradezco es que me digan que después de tanto tiempo sigo siendo una caja de sorpresas, los te quieros forzados me ponen triste. Muy triste. Muchas personas van desfilando por mi vida, pero sé que los que realmente valen la pena son sólo unos pocos elegidos por mi corazoncito y mis circunstancias.
Algún día mandaré todo a tomar por culo y acabaré abriendo una panadería. O lo dejaré todo por la música (suponiendo que la música no me abandone antes…). O venderé mis memorias en un mercado de abastos tras haberme agarrado una cogorza infecta con mis amigos de toda la vida, que para entonces ya estarán casados, con hijos, divorciados, o habrán caído en el alcoholismo y/o las drogas. O puede que incluso decida finalmente dedicarme al porno. Pero creo que para eso tendré que esperar a la próxima implosión, explosión que forme una gran onda expansiva, y lo ponga todo perdido.
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